

Hernán fue uno de los que logró huir de la casería pinochetista de los años setentas. Era un cineasta en ciernes por entonces. Se afincó en la Alemania Oriental.
Una tarde, pasada ya la euforia de la caída del Muro, pasando el puente Humboldthafen Brucke, sobre el río Spree, se encontró, de frente, con la sombra de Julio Cortázar. Pasó de largo la sombra, larga, barbada, y algo como un saxofón en los largos brazos. Iba de prisa la sombra, persiguiendo a algún perseguidor de sombras.
Hernán quiso seguir a la sombra, pero se enredó en un mar de confusiones. El dramatismo del acontecimiento lo anonadó. Debió filmar, ya que llevaba una cámara, y de las buenas. Llegó a casa espantado.
Su mujer, una hermosa rubia de 24 años, camarera profesional, era la protagonista unánime de las películas de Hernán. Cuando lo vio llegar, tratando de hallarse así mismo y hablando de la sombra de Cortázar en el puente, ella supo que su viejo (Hernán tenía por entonces 75 años), era el loco más maravilloso que había conocido y conocerá jamás.
En silencio, por la noche, ella empezó a dar forma al personaje de la sombra, aunque no pudo comprender muy bien el papel de los perseguidores de sombras. Lo abrazó al amanecer, expectante, dulce, húmeda: si te mueres antes de hacer esta película, le dijo, te mato.



Comentarios
Elsa Tobon
23 Octubre de 2011
8:11 pm
Excelente!
ARTURO PRADO LIMA
23 Octubre de 2011
3:20 pm
Este es un realto más del libro "La Memoria y otros relatos breves".