

La fiesta está en su fulgor en los patios del Theaterhuas Mitte am Koppesenplaz, donde hemos leído poemas, bailado y cantado con motivo de la segunda fiesta mundial de la poesía de Berlín. Hay vino y cerveza para todos. El trata de tomar la mano de la mujer que se sienta a su lado y parece ser su esposa. Quiere imaginar su antigua dulzura. Es una mujer rubia, del porte de ella misma, de espaldas anónimas y cintura de alambre. En sus manos antes vivía una manda de cisnes.
Un negro argelino la invita a bailar y ella se muestra diestra en una cumbia colombiana que sale por las ventanas y se riega en las calles del viejo Berlín. El esposo, rubicundo y alto, interrumpe a la pareja, que baila a toda prueba, para ofrecerle a su esposa un cubo de queso parmesano ensartado en un palillo. Ella lo rechaza con ojos, boca, nariz y cuerpo completo, sin decir nada.
En seguida es el esposo quien la invita a bailar. Ella no puede negarse, la sorprendió con la guardia baja. Entonces el negro argelino toma otro cubo de queso parmesano en la punta de un palillo e interrumpe el baile de la pareja para ofrecerle a ella el queso parmesano. Se lo acerca a sus labios, carnosos, suculentos.
Ella recibe el queso entre sus dientes, esquivando los labios para no despintarse el rojo de ciruela, lo degusta hasta el límite, y le agradece a gritos, para que todo el mundo la oiga. En un silencio entre dos canciones, el esposo le pide una explicación a la que parece ser su esposa. “Es muy simple”, dice ella, “las alemanas no somos racistas”.



Comentarios
ARTURO PRADO LIMA
15 Enero de 2012
4:52 pm
Un relato elemental más. Que lo disfruten. Un abrazo.