



Venía de Rumania y estaba orgullosa de ser europea. Trabajábamos vendiendo gas a domicilio. Hacíamos un grupo multinacional junto a ecuatorianas, paraguayos, colombianos, españolas, ucranianos, marroquíes y rumanas.
Rosa, así se hacía llamar. Nunca pagaba el café de las diez, alguien tenía que hacerlo por ella. Salía seducirnos con su voz celestial. Había sido mezzosoprano de la Filarmónica de Budapest antes de que Chousschesco fuera ahorcado en la plaza pública. Había en ella las huellas aun recientes de una irresistible belleza bajo una capa de nostalgia sin reposo.
Su esposo, al precio de un muerto, se había hecho con una maquina clonadora de tarjetas débito y crédito. Con tres oficiales, se colocaba cerca de los cajeros automáticos y clonaba los números de las tarjetas de los desprevenidos clientes. Se hicieron a millones de Euros, pero no disfrutaron un solo de ellos en España. Trasferían todo el dinero a los países del Este. Vivían del sueldo y las comisiones de Rosa.
Una mañana, Rosa llegó al café de las diez con la máquina en un bolso grande. Nos explicó para qué servía y preguntó quien la quería para regalársela. Su marido y sus tres oficiales habían caído ante las autoridades, les seguían la pista desde hacía meses. Nadie quiso el misterioso aparato, y como ella no tuvo el coraje de tirarlo a la basura, tuvo que llevárselo. En la frontera franco alemana la detuvieron por tráfico ilegal de tecnología.
@arturopradolima


Comentarios
osgir
27 Mayo de 2012
12:18 pm
Como todo lo bueno: breve.
luisalejandrodiaz
27 Mayo de 2012
8:32 am
Pasa todo los días y sin anestesia