23 de Noviembre de 2014
11 Diciembre de 2012 | Crónicas emigrantes | (Colombia)

Una noche en lo más alto de Bogotá

Una noche en lo más alto de Bogotá
Foto:

El cerro de Monserrate y el mirador de la vía a La Calera son los observadores panorámicos más conocidos de Bogotá. Crónica de una noche en estos lugares emblemáticos de la capital.

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Esta noche hay niebla en Monserrate. El mirador más alto de Bogotá, ubicado a 3.152 metros sobre el nivel del mar, parece el escenario de una película de terror. De no ser por las figuras navideñas que emiten luces de varios colores, se podría pensar que no ha valido la pena pagar los $17.000 que cuesta durante las noches el trayecto de ida y vuelta en el teleférico, único medio de transporte habilitado después de las 6:00 p.m.

“Qué lastima”, dice Brian al intentar infructuosamente mirar a través de la densa blancura junto a los muros al lado de la iglesia desde los cuales, en condiciones normales, se puede divisar la ciudad. Él viene acompañado de una familia bogotana de 5 personas. Cuando la cabina transportada por cables subía hacia el cerro, había soltado un “¡Oh my God!”, mientras Bogotá empezaba a empequeñecerse y puntos luminosos que representan las casas y los carros se extendían hacia el occidente.

Ahora, a su alrededor, pequeños grupos de personas, todas elegantemente vestidas, desisten de su idea de acercarse al mirador. Jaime, uno de los operarios del teleférico, dice que cuando ha llovido no se puede ver nada desde arriba, pero que la visión es sobrecogedora en un día normal. “En época navideña es cuando más personas vienen” cuenta, pero el cerro está abierto hasta la media noche durante todo el año.

El ambiente es silencioso. La falta de visión al horizonte, sobrecogedora. Luego de dar un pequeño paseo por la zona del mirador, las personas se dirigen unos escalones más abajo al restaurante San Isidro, el único sitio que abre durante la noche en lo alto del cerro; hoy está lleno con las reservaciones hechas en días previos. Sentados en las mesas de madera del elegante restaurante hay parejas de esposos que celebran aniversario, extranjeros que quieren conocer la ciudad, familias que celebran cumpleaños u otras fechas especiales, y ejecutivos que hacen negocios. Música de ambiente acompaña a los comensales.

La calma que se siente en Monserrate contrasta con la bulla y la actividad en el mirador de la vía Bogotá - La Calera. Una hilera de más de 30 carros parqueados a un lado de la carretera y varias parejas sentadas en sillas de plástico observan la ciudad de lejos y señalan puntos intentando descifrar lugares. No es tan alto como Monserrate, por lo que la visión es clara y perfecta. Varias ‘chivas rumberas’ han parqueado en la zona y grupos de amigos con trago y reggaetón a todo volumen, gritan y se abrazan.

El ambiente es de fiesta. Doce vendedores ambulantes se reparten una parte del mirador; entregan sillas a los turistas que van llegando y les venden canelazo ($4.000 con licor, $3.000 sin licor), gaseosas, cerveza, agua, chicharrón y mazorcas. Varias personas se retratan con cámaras fotográficas, y el sonido de las conversaciones se pierde con la música.

Doña Adelaida Herrera lleva 30 años vendiendo mazorcas en el lugar. Cuenta que antes había sólo carpas, pero ahora hay tiendas con precios medios y restaurantes caros. Unos metros hacia el norte, los carros parquean en bahías privadas y cerradas que están frente al bar La Paloma, en donde, acompañados por música en vivo, varios clientes comparten aguardiente, ron, picadas, o un canelazo de $15.000.

El mirador de la vía a La Calera es el más visitado de Bogotá. No hay que pagar por subir y según Silvia, una visitante que piensa que la ciudad y los problemas se ven mejor desde arriba, hay planes para todo tipo de necesidades. Ella suele ir con sus amigos al mirador, “debería ser un plan obligatorio”. Monserrate, por el contrario, siempre es costoso. En San Isidro hay platos desde $19.000 hasta $100.000.

La actividad en la Calera está en su punto máximo a media noche, cuando el último teleférico está bajando de Monserrate. A las 3 de la mañana los vendedores ambulantes y los bares comienzan a cerrar. La ciudad sigue siendo un grupo de puntos luminosos, pero la bulla baja y son pocas las personas que permanecen con sus vehículos. Cuando van retomando la carrera séptima, las personas vuelven a la ciudad que observaban desde lo alto. Ya no hay niebla, ahora hacen parte de las luces titilantes que se extienden al horizonte.

Por: José Vicente Guzmán Mendoza/

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Comentarios

Francaditalia

Francaditalia

12 Diciembre de 2012
3:46 am

Muy buena crónica.