Crónicas emigrantes - Sin igual y siempre igual | soyperiodista.com
19 de Mayo de 2013
23 Diciembre de 2012 | Crónicas emigrantes | (Colombia)

Sin igual y siempre igual

Sin igual y siempre igual
Foto:masonería ciénaga

 SIN IGUAL Y SIEMPRE IGUAL

El día en que Gabo fue a conocer el hielo, se bajó de un Buick 1938, después de Álvaro y de Mercedes. Pidieron dos bolsas de hielo para conservar la alegría de dos botellas de ron y pidieron helados. –Mercedes, parece que estuvieras embarazada, cómo se te ocurre pedir helados de corozo. Eso lo pueden afirmar desde la casa de la masonería, por la 14, cuando la tienda de Abram Baraque tuvo tan insignes invitados. Esa tarde quedó reseñada en uno de los folios secretos que todo ayudante de limpieza podía hojear. Realmente no pasó mayor maravilla.

Las empresas delirantes sólo se conservan en Ciénaga, Magdalena. Por eso la casa de los masones y el emporio de los Baraque que luego se hizo inmobiliaria a partir de vender hielo, subsistieron al paso de las hojas de almendro y los alcaldes malos.

Sobre la trascendencia de este pueblo, en una conferencia magistral el sociólogo Carlos Uribe Celis –cienaguero por devoción- hace dos meses en el Auditorio Camilo Torres de la Universidad Nacional afirmó que “la Costa fue escrita y Colombia fue reescrita desde la Sierra, con ojos extranjeros, desde Joseph Conrad hasta el demente senil de Aracataca, mirando la Ciénaga grande, donde las expediciones e inmigraciones construían el asombro”.

Y sabes, Álvaro Cepeda era hijo del duro de las cervezas, ¿Cómo así? Del mismísimo Santodomingo o cómo crees que se aguantaba semejante publicista tan parrandero, haber dime tú...eso le contaba el viejo Atilio quien reparte el Heraldo todas las mañanas en su bicicleta. Eso se lo contaba a Adrián Matías que abría a las seis y cuarto de la mañana el Granero La Estación por la calle 17, que es la vía principal de Ciénaga. Llevaba dos semanas reemplazando a su abuelo, Don Benito Sarmiento, quien había sido uno de los conquistadores santandereanos de la ciénaga grande, eso sí que se olvidó en Cien Años de Soledad.

La esposa de Atilio, Frida, lavaba la ropa en la casa grande y recordaban con cariño las propinas del heredero de Barranquilla. Mientras tanto, Adrián ordenaba y empezaba a masticar una de las tres granadillas que había traído al trabajo y a escondidas había sacado de la nevera de su madre, más conocida como Remedios La Bella.

El claxon de gaviotas árabes, le hizo alistar dos pedazos de pan blanco caliente, recién sacados del horno de su abuela, Marta Cecilia, la niña Ceci. Chicho Morán González, llegó como siempre a las siete de la mañana y se demoraría una buena media hora, mientras platicaba un tanto sobre la vida, y el pasado. Siempre ha sido un ser optimista y más de uno le diría profeta.

Acomodó su bicicleta blanca entre dos bultos de fríjol y se sentó a pedir un buen café. Como no era extraño, alguien vino a pedir su bicicleta prestada.

– Claro, mijo, Doña Eva no se levanta todavía y me quedaré para asombrarme un poco.

Adrián le preguntó por ese pueblo que tanto amaba y por el asombro. – Sabes, uno está para vivir y para morirse cuando el destino quiere, no cuando uno desea. Si tienes un problema y tiene solución, no te preocupes, si tienes un problema y no tiene solución, para qué te preocupas. Cuando se volaron el carro del alcalde Dangond en el 94 y tu madre hacía un par de años se había ido, a mí me llegó con quince días de antelación un papel que decía que no me montara en el carro rojo. Y los estimaba a ambos, a él y a su esposa, y ambos tenían carro rojo. Pues qué podría hacer, comprarme esta bicicleta blanca, la única bicicleta socialista que existe en este Macondo. Así no tenía que pedir un aventón nunca.

Dos horas después llegó el único hombre triste del pueblo, Rodolfo. Adrián con su corazón inmenso, le alistó un submarino no tan amarillo, como el de John Lennon. Pero alistó su alma, para saber escuchar. Eso se lo había aprendido a su madre.

Unieron sus manos y él escuchó. – Mira, no pierdas tu alma de colibrí, no dejes quietos tus ojos y tus sentidos, te vi de pequeño dormir y la luz de Dios no se quedaba quieta dentro de ti, nunca dejes quietos tus sueños.

Se despidió rápido y le dejó dos girasoles con dirección exclusiva a una mujer.

- Anda, a ti si te gusta meterme en problemas.

El cielo había hecho del día jueves, una maravilla en ventas y para Adrián, no era difícil despachar los suministros de sus clientes. Le habían dicho que Inés María, la Zabaraín, presentadora de televisión había regresado por estos días y con cualquier excusa pasaría por la cuadra siguiente a la Policlínica.

Pero al mediodía pasaría, cuando regresara a almorzar y doña Ceci le tuviera un poco de dulce de icaco y un buen almuerzo como era la costumbre de sus prodigiosas manos.

Don Benito llegó de sorpresa sobre las cinco de la tarde con una guitarra y sus amigos. Tocar el alma de la música siempre lo lograba su abuelo, de ojos azules y sangre betuliana y esos repasos de vida, para Adrián le aguitaban de felicidad su corazón.

Lo abrazó y bajo la lluvia cálida, mientras unos niños corrían por entre los charcos de la calle, ambos caminaban haciendo un día sin igual y siempre igual.

 

Por: Gustavo Enrique Ortiz Clavijo/

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