



Es medio día, un sol canicular azota ahora a la Plaza de Bolívar de Pereira, ahí estoy sentado como cualquier viejo vagabundo que se respete en una de las bancas que forman la sala de esta ciudad en donde paso mis últimos días asilado, luego de un recorrido fatigoso (siempre haciendo crónicas y reportajes) por esta inmortal Colombia. Bueno, vamos con ella:
Intempestivamente un muchacho se sienta a mi lado. Es caridelgado, nariz aguileña, no tan grande como la mía.
Metió la mano en un morral de lona que cargaba a las costillas junto a una guitarra vieja. Sacó un libro, de reojo vi el nombre: “La Montaña Mágica” de Thomas Mann, nacido en el siglo antepasado en Alemania y cuya muerte se produjo en 1955. Estas es una obra inmortal.
--Es muy interesante esa obra, le dije al muchacho, en voz baja.
Giró unos ojos negros como el carbón, no tan vivaces, me miro profundamente.
--Claro, Thomas Mann siguió la corriente de Arturo Schopenhauer, Friedrich Nietzsche y Richard Wagner.
--Hace largo tiempo ese libro me pareció que está en todo su contexto, digo, La Montaña Mágica, bañado por la ironía, los problemas entre la mente y el cuerpo, la enfermedad o la salud y el tiempo parecen fascinarle a su héroe, Hans Castorp, este Thomas Mann encuentra en la novela que duro doce años escribiéndola el mejor medio de expresión para el ensayo físico y moral.
--¿Es pensionado?
--Tengo una media pensión de 75 mil pesos mensuales por parte del municipio de Pereira, eso ayuda un poco.
-¿Usted creen en la Biblia?
--Sólo puedo decir que es el peor de los libros sagrados, exclamé haciendo una mueca de total incredulidad, no promete nada en esta Tierra, tiene una concepción esquizofrénica, confunde la fantasía con la realidad, rinde culto a los muertos que ya no sirve para nada. Además se desarrolla en una cultura que no es la nuestra, como tampoco de la gente de estos tiempos. Ese librejo está escrito por locos y quienes lo siguen se fanatizan y terminan volviéndose como enfermos mentales, creyendo, como los curas, que Dios está en la hostia.
El muchacho cierra el libro, pierde su mirada que se detiene en las copas de los 20 mangos de la Plaza de Bolívar y luego salta por encima de los seis edificios que están al frente para perderse en el horizonte. Se queja:
--Tengo un problema el berraco.
--¿Cuál?
--Estoy enamorado y la HP vieja no me da ni la hora, estoy mamado de rogarle como un huevón. ¿Qué hago, la boto o la persigo hasta hacerla suicidar?
--¿Y qué quiere hacer?
--Matar esa demente y comer del muerto. Es que he estado tentado. No sé qué día la vi pasando por aquí (Plaza de Bolívar) cogida de la mano con el mozo, un pirobo…realmente no se qué hacer, ¡Ayúdeme, por favor, deme un consejo sabio ¡
--Pues si piensa que matándola arregla el problema, hágalo.
--No puedo hacer eso, su consejo no es sabio, me estoy equivocando respecto a usted, es que no soy asesino. Lo que tengo ganas es de formarle un escándalo, pero el berraco, y buscar al mozo y soplarle la mano.
--Esa puede ser una buena idea.
--Usted me está llevando la cuerda como se hace con los locos.
--Vea, cuando alguien le pida un consejo no le diga qué debe hacer, ni cómo hacerlo, ni que es lo que más le conviene, pregúntele que quiere hacer y dígale que lo haga. Porque la gente casi nunca oye consejos, termina haciendo lo que quiere.
--Tiene razón, ah, voy a dejar que las circunstancias marquen los hechos, es que en el amor es donde se ven las cosas no como son sino como no son, ese estado es susceptible de grandes sufrimientos y pocas alegrías. Es fácil dejar de amarla, eso haré.
--Amar o no amar no está en sus manos. Sobre el amor nadie levanta su imperio, siempre permanece el hombre en un completo estado de inconsciencia.
.--Pero cómo me quito la traga, cómo…
--Préñela, ahí la naturaleza lo suelta, porque ya cumplió lo que ella quería.
--Le presento excusas, es muy sabio lo que dice, pero me quedo sin amor, con el hijo y con el problema.
--La naturaleza no le importa eso, lo que le interesa es que no se acabe la especie, toma victimas todos los días. El amor no deja el sensorio quieto.
--Ah, entonces todo lo que me está pasando es producto de la pasión, mejor dicho, la arrechera, una vez pase la arrechera soluciono el problema, ¿cierto?
--La arrechera solo pasa por si misma después de la paternidad.
--Y queda uno jodido toda la vida manteniendo zánganos.
--La Naturaleza indica que debe velar por la prole hasta que se defienda a sí misma, pero la cultura que está casi en todo muy distante de la naturaleza, dice lo contrario. O si no vea los animales, es el mejor ejemplo.
--Pero yo no soy animal, soy humano.
--¿Cuál es la diferencia?
--¡Cuánta razón tiene señor!
--Voy a dejarle eso a Dios.
-- Él no está hecho para solucionarle problemas personales a nadie, es sólo ecológico, nada más nada menos. Bueno, señor, feliz tarde. Voy para la universidad, está carrera de Filosofía es para locos.
--Es la ciencia de la sabiduría.
--Hay veces pienso que es pura basura, palabras y más palabras para enredar locos, hoy la gente está pensando en la tecnología, que tiene un pensamiento limpio; creo que es más feliz ese señor que vende helados que lo que fue Thomas Mann, es más natural en todo, la Filosofía es para limitados mentales. Adiós, hace señas con su mano derecha, sube uno a largas zancadas los cuatro peldaños de la escalera que dan acceso al andén de la carrera séptima y se pierde entre la multitud con su caminar agachado, sus antiparras, su mochila, su antigua guitarra y su libro La Montaña Mágica, el libro de los libros, una novela que educa, una novela que tiene como destino una muerte incierta.
Me quede pensando si en realidad el vendedor de helados es ahora más feliz de lo que fue Thomas Mann, ¡vaya uno a saberlo!

