



A las 4 de la mañana nos encontramos con nuestro guía en la estación de autobuses de Asuan, al sur de Egipto. A esa hora, una carabana de 50 a 60 autobuses salen rumbo a Abu Sambel, más hacia el sur, a orillas del rio-lago Nasser. El ejército escolta a la carabana hasta su destino y también de regreso.
Egipto ha militarizado el turismo por seguridad, pues es su principal fuente de divisas. Recorrimos todo el desierto en unas tres horas hasta llegar y pararnos frente a las gigantes estatuas del templo de Abu Sambel y Nefertari, mandados a contuir por Ramses II en el año 1284 a. de c. Hoy, hacen parte del Museo Libre de Nubia y Asuan.
El calor pasaba de los 4o grados a la sombra. Así que la admiración y el calor dejaron en mí un sentir desconocido. El concepto de garndeza se transformó en inmensidad. La belleza en divinidad. El pasado en grandeza futura, y los sueños se quedaron pequeños para tanta grandeza.
Y solo estaba frente a la fachada. Entrar a los templos es algo mágico. Decenas de estatuas nos miran desde sus altas y antiguas miradas. El pasado nos trastoca los conceptos básicos del arte que, al menos en mí, hacían parte de mi historial.
Los templos de Abu Sambel y Nefertari hacen parte del Patrimonio de la humanidad, y hay muchas organizaciones, encabezadas por la UNESCO dedicadas a su conservación para que esa inmensa esperanza de inmortalidad de los antiguos faraones egipcios siga siendo el futuro del arte universal.

