



El efecto de las drogas en Occidente tiene sus raíces en la época colonial. Más concretamente a finales del siglo XIX y comienzos del XX cuando Inglaterra, por entonces una de las grandes potencias comerciales, en su competencia por controlar el mercado mundial llega hasta Oriente. Los británicos entran en Japón y China atraídos por los negocios. Son entonces los comerciantes y delegados gubernamentales los que primero traen de Oriente estas sustancias.
El marasmo y la sensación de placidez se extienden lenta y cadenciosamente a lo largo de las grandes ciudades europeas que están despertando a la modernidad. París es el centro de todo, la primera en tener alambrado eléctrico, la primera en estrenar el cine o en tener un metro. Es también el punto de encuentro de artistas, poetas, escritores, científicos, filósofos. Es bien sabido que el opio, el hachís o el láudano influyeron en la creación de varios poemas, pinturas y textos filosóficos, así como en la conformación de varios movimientos culturales.
No era un vicio económico, estaba reservado para las clases más pudientes de la sociedad, las cuales consumían estas sustancias en oscuros locales donde lo más elegante y noble de la sociedad se codeaba con el hampa. Desde ese momento comienza a forjarse una relación ilícita y peligrosa entre la criminalidad y la aristocracia. Una relación basada en el vicio, pero también en el desprecio y la codicia.
El uso de las drogas recreativas se fue cimentando lenta y silenciosamente en la alta sociedad. Con el tiempo su uso llegó a nuestras costas y se fue extendiendo, de manera subterránea, entre nuestras clases aristocráticas, siempre ávidas por acoger la última moda europea. Ya escribía sobre el tema nuestro querido José Asunción Silva en una nota de prensa, donde alertaba y catalogaba las múltiples sustancias psicotrópicas que amenazaban la buena crianza de muchos bogotanos.
Luego de la barbarie y desolación que dejó tras de sí la segunda guerra mundial, la sociedad, con su conjunto de normas, principios y morales se sacude, se estremece. Los sobrevivientes serán el último bastión de un régimen, que si bien no está extinto, si está en proceso de transformarse. Los hijos e hijas de esa generación trágica asumirán una actitud de rechazo hacía ese régimen social y su legado. Estos jóvenes están dispuestos a romper con la tradición, aunque solo sea temporalmente, e implementar un nuevo sistema social, que, como decía antes, si bien no acabó con el régimen antiguo, sí lo transformó.
El mundo o por lo menos su cara occidental, se hace un poco más incluyente, se atreve a explorar otras formas de asumir su identidad y su ser en el mundo. Esto por supuesto genera escándalo y miedo en las instituciones consagradas al cuidado y sobre todo control de la siempre tambaleante moral. La juventud de estos años ha roto con las normas, se ha liberado del yugo del saco y la corbata, del pelo al ras, de los vestidos hasta los tobillos, del matrimonio, la iglesia, del amor reprimido, de la virginidad, cambian la guerra por el amor, la música de salón por el desenfreno del rock & roll.
Son años de rebeldía, de emancipación, de movimientos de reivindicación ciudadana, de experimentación, en los surgirían nuevas problemáticas o se abordarían asuntos nunca antes pertinentes, como los derechos humanos, civiles o sexuales. Sin duda, uno de los elementos más determinantes en esta época de rupturas con la realidad convencional fue el uso de sustancias psicotrópicas. Su impacto fue tal, que es posible adjudicarle un porcentaje de culpa en la derrota del ejército norteamericano en Vietnam.
Como en la primera época de la modernidad, a finales de la década del sesenta e inicios de la del setenta, los jóvenes bien de las grandes ciudades se sintieron tentados por las revoluciones sociales, culturales y políticas que sacudían el mundo. Algunos se fueron a la guerrilla o a la clandestinidad y muchos otros se dedicaron al hipismo, el amor libre y por supuesto, las drogas que entre otras cosas, se daban aquí con la misma calidad que en Oriente.
El negocio comenzó a gestarse en los setentas, tuvo su gran auge en los ochentas y ahí se mantiene inamovible penetrando cada instancia de la sociedad, sin diferenciar entre gerentes de banco, generales de tres soles, senadores, presidentes, ministros, ejecutivos, estudiantes, padres de familia, etc. La drogadicción fue, es y será un mal social, pero también se ha convertido en un mal político, económico y porque no, cultural.
Parte del problema de las drogas son ellas en sí mismas, como también lo son el alcohol o el tabaco, por los daños que producen en la salud, tanto física, como mental. Sin embargo, el verdadero impacto de las drogas radica en lo que genera a su entorno: violencia y corrupción. La década del noventa fue brutal con la sociedad colombiana. Miles de muertos, atentados terroristas, masacres, miedo e incertidumbre. Los mafiosos colombianos fundaron grupos paramilitares, para ganar legitimidad como “grupo insurgente”, pero al mismo tiempo negociaban con las guerrillas, para tener acceso a sus rutas selváticas y sacar sus envíos. Su injerencia ha logrado permear las instituciones del estado, ha envestido senadores, jefes de policía, directores de agencias de seguridad, escuadrones del ejército, abogados, periodistas, orquestas, droguerías, supermercados, etc..
Pero no solo eso, han creado una tendencia cultural muy fuerte, muy arraigada en el lenguaje, en la moda, en la música, en los comportamientos. Si en los noventas los narcotraficantes y su entramado inspiraban miedo en las diferentes clases sociales, ahora generan aceptación, simpatía. Su estilo de vida, sus valores, son resaltados por los medios con lo cual son aceptados como válidos y legales. ¿Cuántas novelas, en los últimos años, han hecho referencia a la mafia? Varias, demasiadas. La imagen del mafioso o el sicario ya no inspira miedo o rechazo en la sociedad, al contrario, se ha convertido en una proyección. Gracias a este fenómeno mediático y comercial, en el imaginario colectivo, el mundo del narcotráfico es símbolo de éxito, a todo nivel.
La imagen del narco se ha transformado notablemente debido a que se ha vuelto un bien comercial y por lo tanto, su impacto en la sociedad cambia, los valores cambian. Si a esta característica le sumamos otros factores, como la carencia de un sistema educativo que promueva la formación de ciudadanos críticos, la falta de oportunidades laborales estables, la negligencia del estado y su propensión a la corrupción y la burocracia, la permanente sensación de injusticia, maltrato, inseguridad, arbitrariedad que intoxica nuestro entorno, tenemos una amalgama de valores, creencias y sensaciones altamente volátil que ya está mostrando su rostro más sombrío.
Como podemos ver, no se trata de un problema aislado, sino de una tendencia cuyo sustento nace de diferentes fuentes que se han ido complementando. La solución a esta problemática no es sencilla, no se trata solamente de legalizar el consumo, eso generaría otro grupo de problemas aunque sí considero que disminuirían los niveles de criminalidad, desde los grupos narcotraficantes, pues la dinámica cambiaría. Eso ocurrió cuando terminó la prohibición del alcohol en Estados Unidos.
Más allá del tema de la legalización, pienso que es necesario replantear los límites que se han ido diluyendo, hay que generar nuevos valores o por lo menos recuperar los extraviados. No es posible que los medios y el aparato mercantil sigan colocado todo a la venta y que nosotros sigamos comprando todo, sin detenernos a pensar, ejercicio que al parecer no vende y por lo tanto es, para muchos inútil.



Comentarios
Aracataka
1 Septiembre de 2010
1:58 pm
..contundente!! factores, actores imposible de negar! una trayectora con los resultados que estamos viviendo...un cambio de mentalidad y comportamiento mediante campañas educativas podrían hacer la diferencia! saludos cordialisimos!
numeroinverosimil
29 Agosto de 2010
11:38 am
Por aquí he estado para leer su artículo.
Un cordial saludo