

Canadá, tierra de inmigrantes, Ontario “mío por descubrir” reza el lema en las placas de los carros, Toronto Urbe multicultural. Mississauga, Markham ciudades de de inmigrantes. Canadá Sí un país de inmigrantes y ser inmigrante es como vivir una vida doble.
Sí. Ser inmigrante es una dualidad, lo es por muchos motivos y razones, lo es por sentidos y sabores.
Ser inmigrante es luchar permanente por echar raíces profundas a sabiendas que nunca serán completas, luchamos por aprender el idioma y luego por eliminar el acento de hispanos, es también luchar por no olvidar aquellas raíces que son profundas y hemos dejado allí a miles de kilómetros de distancia, luego hablamos la lengua vernácula en casa, hacemos el amor en español y comemos caldo con arepa cada vez que podemos. Como decía Borges: “Ser colombiano es cuestión de fe.”.
Para algunos ser inmigrante ha sido una constante en nuestra vida…
Para muchos bogotanos de los tiempos de expansión de la ciudad el llamarnos bogotanos fue una lucha a brazo partido. Muchos llegamos a la ciudad en una edad que nos hacía recordar cada día el terruño de tierra caliente que había sido nuestra patria chica, con el río o la quebrada, con la plaza de mercado, con el terminal de flotas pero que compartíamos con el Parque Nacional, con la Avenida de las Américas o los prados de la carrera 30.
Con el paso de los días entendimos que no éramos ni de tierra caliente ni de Bogotá, se necesitaron varias décadas para que nos tornásemos en bogotanos de verdad y muchas veces fuimos literalmente invitados, ya por nuestros vecinos ya por nuestros compañeros de estudios, a abandonar la ciudad y estar de regreso a nuestros Departamentos de origen.
No solo se discriminaron a los costeños, también a los del Tolima y a nuestros primos del Huila a los del Caquetá , se popularizaron y con mofa los cuentos pastusos y el mal genio de los santandereanos se volvió creencia común y aun los cundinamarqueses de la zona cálida y templada fueron discriminados por el bogotano chapineruno o de la Candelaria, a fe mía que nos ganamos con lucha nuestro espacio en El barrio el Recuerdo, en La soledad, en el 12 de Octubre, San Fernando , en el Restrepo y en el Quiroga y hasta en los potreros del Minuto de Dios.
Las calles de la Candelaria fueron mudos testigos de luchas donde el espíritu gélido de los rancio rolos fue golpeado por nuestro ánimo de calentanos, batallas memorables verdad sea dicha…
Pero éramos inmigrantes y entonces como hoy éramos de dos partes de aquella ciudad allá en la cumbre de la cordillera y también de nuestra de tierra calienta, de aquellos pueblecitos que ostentaban pomposos nombres, como Ciudad de la Paz, Ciudad de los puentes, Ciudad Señora y otros mas..Similares , en fin, con el paso de los años cada vez viajábamos menos a nuestros pueblos de origen en las vacaciones y si comenzábamos a sentir que al ir al terruño de regreso de la urbe la encontrábamos pintoresca, pero chica, tranquila pero adormecida, cálida pero aburrida, con solo un teatro, len el mejor de los casos, también con pomposo nombre a pero donde no presentaban sesiones dobles como en el teatro Luz , ni existía tampoco el Imperio o el Novedades. Gozábamos si las quebradas donde los rolos perdían las escamas, engullíamos platos y platos de sancocho a orillas del rio y gozábamos a plenitud las ferias y reinados de la panela, de la subienda, en fin de todo lo imaginable.
También comenzamos a ver creer la urbe, ya era mas difícil ir de Santa Isabel a San Fernando para el juego de los sábados, en el Park Way de la Soledad se perdían más balones por reventones de carros, San Victorino se llenaba más de vendedores y la calle 19 se poblaba de casetas de ventas de libros de segunda amén de revistas porno.
El Salitre creció en importancia por el congreso eucarístico, la calle 26 se volvió autopista de El Dorado a partir de la carrera 42 y en los comienzos de los años 70s , se decretó un sorpresivo toque de queda por TV, se canceló por primera vez un semestre en la Nacional y se volvió una costumbre eterna, movieron un edificio unos metros al sur, el Segundo y el Tercer Puente de la siempre mal llamada Autopista Norte dejaron de ser lejanos y fueron engullidos por la ciudad y se perdió la cuenta de ellos.
Se quemó el edificio de Avianca y el Santafecito lindo fue campeón por última vez en el año 75 ya éramos parte de la ciudad casi bogotanos.
Pero aun éramos inmigrantes, y ya lo éramos en la tierra y en la ciudad, del pueblo y de la urbe. Las novias fieles dejaron de serlo se enamoraron de amigos y rivales, de primos y desconocidos y muchas se mudaron también a la ciudad y aquí nos volvimos desconocidos unos de los otros. Incapaces de atravesarla de sur a norte un domingo, bueno un domingo si pero no 52 domingos cada año… con el paso de los meses éramos más bogotanos, pero ellas ya no eran nuestras amigas y ellas y nosotros nos volvimos inmigrantes.
Como lo somos ahora, inmigrantes aquí en Canadá, inmigrantes allá en Bogotá, con amores divididos para una nación que nos acogió con brazos abiertos con una Colombia que un día dejamos buscando mejores oportunidades en otros horizontes o buscando horizontes en otras oportunidades Somos de aquí pero nos golpea la ausencia de la tierra madre, aprendimos Inglés y lo volvimos nuestra segunda lengua pero hablamos castellano en casa.
Usamos el subway y recordamos el bus de la carrera 30. Leemos sobre el Transmilenio su nacimiento, su auge y su decrecimiento, pero tomamos el “Go Transit” de regreso a casa.
Manejamos por la 401 y en medio del atasco de las horas picos sentimos un desazón similar al que se siente en un trancón de la carrera 30, vemos el cielo gris del otoño y sentimos la cercanía de las nubes allí en la altura bogotana, cuando visitamos Bogotá es difícil describir la nieve y su blancura.
Si vamos a la tierra caliente decir que en Toronto hace más frio que en Bogotá les resulta imposible de creer, porque solo Tunja puede ser mas frío, aquí en Toronto es casi imposible hacer entender que Bogotá es una metrópolis a 2600 metros más cerca de las estrellas, todo el mundo pregunta por la presión, la calidad del aire, si hay cultivos….en fin.
El sancocho no sabe igual por causa de la mazorca, pero compramos las promociones de maíz dulce en el supermercado cada verano y gozosos disfrutamos de platos de sancocho, no hay bagre pero nos llenamos con salmón y la tilapia es desabrida aquí y allá pero siempre está en nuestra nevera.
Mi vecino que es oriundo de Pakistán me mira cada día con ojos extraños, tan extraños como los ojos del Sr. Bermúdez en el Barrio Gran América que no concebía la vida sin sombrero, sin chaleco y sin paraguas, y que dubitativamente movía la cabeza cuando se le mencionaba la temperatura de Honda, aquí el Sr. Khan no asimila a Colombia a veces creo que ni siquiera la ubica en el mapa, para él Colombia es “Hispanic” y el castellano mío, le suena a México y por supuesto igual, no vale que le haya explicado una docena de veces nuestras semejanzas y nuestras diferencias, para el Sr. Khan es lo mismo.
Si he sido inmigrante toda la vida de dos sitios y de ninguna parte.


Comentarios
REGGISTRO
20 Septiembre de 2010
3:54 pm
Excelente reminiscencia de pasajes peculiares de la vida en Bogotá. Leí con agrado su escrito tratando de identificarme con una situación, que si Dios quiere, nos hará particulares a partir de diciembre próximo. Por ahora, bendiciones para Ud. y su familia en tan hermoso país, porque la verdad es que si "Colombia es Pasion", "Canada es Respeto". Nota: Le quedo debiendo las tildes para pasion y Canada.
moderador
15 Septiembre de 2010
2:09 pm
Maravilloso relato. Gracia spor compartirlo con los usuarios de Soyperiodista.com. Bienvenido a este espacio.