26 de Julio de 2014
8 Noviembre de 2012 | Denuncias | (Colombia)

Sobre las Farc, terratenientes y otras pandillas

Sobre las Farc, terratenientes y otras pandillas
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Kool and the gang fue una banda estadounidense que a lo largo de casi cinco décadas de actividad musical puso a bailar a medio mundo con su inconfundible y pegajosa mezcla de sonidos soul, funk y disco. ‘Kool y la pandilla’ fueron los intérpretes de canciones tan populares en el ámbito discotequero como Celebration, Ladies’ night, Jungle boogie, Joanna, Let's Go Dancin y Cherish, entre otras. El Diccionario Real de la Academia Española en su edición de 2006 define ‘pandilla’ en su primera acepción como “grupo de personas o animales”; su segundo significado es el de “grupo de amigos que suelen reunirse para divertirse en común”. La tercera acepción encierra toda esa connotación que, comúnmente, los usuarios de una lengua suelen darle: “Liga que forman algunos para engañar a otros y hacerles daño”.

Cuando Robert 'Kool' Bell fundó su banda en 1964 en Jersey City, seguramente estaba pensando en el “grupo de amigos que suelen reunirse para divertirse en común”. Ese mismo año, en las montañas colombianas, Pedro Antonio Marín, más conocido por sus alias de Manuel Marulanda o Tirofijo, conformaba también una banda, pero no de músicos sino de aldeanos que buscaban la reivindicación de sus derechos y obligar al Estado, a través de las armas, a realizar una reforma agraria que beneficiara a los campesinos y equilibrara la balanza ante el latifundismo que, desde finales del siglo XIX, había empezado a abrir una enorme brecha entre ricos y pobres.

Mientras Bell y su pandilla recorrían los Estados Unidos y Europa, llenando estadios con sus conciertos y dando entrevistas para la televisión, la otra pandilla, en cabeza de alias Marulanda, cruzaba caudalosos ríos, subía y bajaba sin descanso las tres cordilleras que atraviesan de Sur a Norte el país, enfrentaban al Ejército en pequeñas escaramuzas en las que a veces mataban un soldado y en otras caía alguno de ellos. Eran los tiempos de la reivindicación social, de la protesta romántica que, en muchos casos, se volvió sangrienta, de los porros al aire libre y de los viajes utópicos inspirados por el LSD.

El triunfo de Fidel Castro en la Sierra Maestra les hizo pensar a los reductos subversivos y a un gran número ‘revolucionarios’ de América Latina que la consecución del poder por la vía de las armas estaba a la vuelta de la esquina. En México, el movimiento estudiantil de 1968, en el que participaron por igual profesores de la UNAM y del Instituto Politécnico Nacional, fue disuelto a tiros por el Ejército mexicano y pasó a la historia como la Matanza de Tlatelolco. Años después, en un recorrido por el país azteca, Bell y su banda visitarían la emblemática plaza donde se había alzado un muro con los nombres de los caídos en aquella remota tarde del 2 de octubre de 1968.

Robert Bell, hay que decirlo, no era un revolucionario en el sentido de ir en contra del sistema. Por el contrario, su meta era lograr el anhelado sueño americano, y para eso se había propuesto desde muy joven en convertirse en un destacado músico. Y aunque había nacido en Ohio en el seno de una familia pobre y se había criado en Jersey City, sus primeros éxitos musicales los logró en Nueva York, esa gigantesca ciudad de casi veinticinco millones de habitantes que para algunos fanáticos religiosos es la representación física del mal, razón por lo cual ha sido bautizada con el apelativo de la Gran Manzana, por aquello quizá del mito bíblico del paraíso y del pecado original.

‘Manuel Marulanda’, el pandillero de fusil al hombro y pistola al cinto, y quien seguramente creía que con sus acciones reivindicaría a los pobres del país, había nacido en una población selvática del departamento del Quindio, en el Sur de Colombia, en medio de gallinas, cerdos y otros animales de corral.

Era ascendiente de campesinos liberales y como buen hijo se marchó de la casa paterna antes de cumplir los quince años. En su peregrinaje por algunas regiones del país, desempeñó múltiples trabajos: fue matarife, panadero, comerciante, albañil, administrador de una tienda de pueblo y otros oficios que, en el contexto de algunos ‘violentólogos’ que han intentado descifrar la génesis del conflicto armado que atraviesa esta nación suramericana desde hace cincuenta años, forjó el carácter del futuro guerrillero.

Dudo de que esto sea tan cierto como se plantea. Pero si es así, es sólo parte de una verdad. Es sabido que los niños aprenden por imitación. Y que su interpretación del mundo exterior está directamente relacionada con las axiologías que giran como satélites en ese otro mundo que es el espacio de la casa. Así como el interés de Robert “Kool” Bell surge como una respuesta a los intereses de la familia por el jazz y el soul, se podría inferir que ese ‘espíritu revolucionario’ que muchos comentaristas atribuyen a Marulanda, tiene su origen en los ideales de sus ascendientes, pues no hay que olvidar que su abuelo paterno, Ángel Marín, un antioqueño de pura cepa, bebedor de aguardiente, mal hablado y mujeriego, fue un combatiente de la Guerra de los Mil Días.

Es probable que el futuro Tirofijo, en esos años definitorios de su niñez, haya escuchado por boca de sus mayores esas historias heroicas de su abuelo y de esas batallas sangrientas donde la figura del general Rafael Uribe Uribe era algo así como la representación del otro Bolívar, aquel que llevaría a la Nación a la libertad del nuevo yugo, impuesto desde el conservatismo por los nuevos terratenientes.

Dudo mucho también de que este campesino, integrante de esas milicias conocidas como los “Chusmeros” haya leído a Marx, las tesis de Lenin o los postulados de Stalin. Dudo mucho porque el hombre, a duras penas, había aprendido el abecedario. De lo que no hay dudas es que sus acciones tenían una justificación valedera que, en algún punto de la guerra, terminó perdiéndose. “De tanto combatir a tus enemigos has terminado pareciéndote a ellos”, le reprocha Úrsula Iguarán, airada, al coronel Aureliano Buendía, en una memorable escena de Cien años de soledad.

Algo similar, podría afirmarse, sucedió con Marulanda en su largo recorrido por los caminos torcidos de la guerra: los ideales que prendieron la llama de su sangrienta revolución contra el sistema, en la que la inequidad en la distribución de la tierra, el abandono del Estado a extensas regiones del país y la “cacería de brujas” que ejercieron las Fuerzas Armadas contra el Partido Comunista y su base campesina, fueron reacomodándose en el tiempo, transformando el corpus del ideario original en algo más cercano a lo que DRAE define en su tercera acepción de pandilla como la “liga que forman algunos para engañar a otros y hacerles daño”.

No hay dudas de que las Farc tuvieron su origen en la inconformidad de los campesinos y en el abandono en que los distintos gobiernos que se han sucedido en el poder por más de un siglo, han mantenido al país rural. Tanto, nos cuenta doña Lucy Nieto de Samper en un reciente artículo, que “hace 20 años (…) la guerrilla gozaba de un halo romántico y, según encuestas, 70 por ciento de los colombianos le tenían cierta simpatía”.

Tampoco hay dudas de que esa simpatía estaba más cercana a una organización menos violenta y menos sanguinaria como el M19, cuyos miembros afirmaron en alguna ocasión que “jamás harían un tiro innecesario”. El publicitado robo de la espada de Bolívar, el secuestro de algunos funcionarios corruptos, entre ellos un gran número de sindicalistas que habían traicionado lo que juraron defender, se constituyeron en verdaderos golpes de opinión que hicieron que la prensa pusiera sus ojos en ellos. Claro que a estos “actos histriónicos” también se le sumaron embarradas como la toma del edificio de la embajada dominicana en febrero de 1980 y la del Palacio de Justicia en el centro de Bogotá cinco años después.

Las consecuencias de estos actos aún están vivas en la memoria de muchos colombianos, pues el número de desaparecidos todavía no es claro –por lo menos en lo concerniente al Palacio de Justicia-- y a los sobrevivientes de este grupo subversivo ya no se les puede juzgar porque entregaron las armas e hicieron la paz con el Estado colombiano. Pero seamos sinceros: los actos violentos cometidos por Jaime Bateman, Álvaro Fayad, Iván Mariano Ospina, Antonio Navarro y Carlos Pizarro parecen hoy juegos de niños frente a las acciones desmedidas que realiza la pandilla de Manuel Marulanda, Alfonso Cano, el Mono Jojoy, Raúl Reyes, Iván Márquez y Timochenko, que sigue sosteniendo que es necesario todas las formas de lucha para lograr el objetivo que no han podido alcanzar a lo largo de cincuenta años de plomo, cilindros bomba y emboscadas contra las fuerzas del Estado: el poder a través de las armas.

La puesta en práctica de esta doctrina maquiavélica ha llevado a las Farc a asociarse con otras organizaciones delictivas del país y fuera de éste. Sus vínculos con grupos como ETA, IRA, Al Qaeda, y gobiernos comprobadamente antidemocráticos como los Al Gadafi, los hermanos Castro y Hugo Chávez ponen en evidencia, por un lado, el alcancé de sus tentáculos internacionales asociados al narcotráfico, y por el otro, el apoyo político e ideológico que algunos gobiernos de la región le siguen brindando a este grupo considerado por los Estados Unidos y la Unión Europea como terrorista.

Su asociación con los “Rastrojos”, los “Comba” y las denominas “Bacrim” ha llevado a esta pandilla, dirigida hoy por Timoleón Jiménez desde las ‘selvas venezolanas’, a una lucha sangrienta con otras bandas por el dominio de las rutas del narcotráfico. A esto se le ha sumado el despojo sistemático de tierras que han venido haciendo a un gran número de campesinos e indígenas en cinco departamentos del país desde hace dos décadas, y que alcanzó su punto más alto en los años noventa durante el intento de proceso de paz con el gobierno del presidente Andrés Pastrana.

Según fuentes de los Ministerios de Agricultura y Defensa, publicada recientemente por la prensa nacional a raíz de este nuevo intento de diálogo con la administración Santos en la Habana, Cuba, los dirigidos por Timochenko se ha apoderado de algo más un millón seiscientas mil hectáreas en distintas regiones del país, dejando sin techo, comida y trabajo a cientos de familias que vivían del campo.

La aplicación de la doctrina “todas las formas de lucha” ha incidido también en el desplazamiento forzado,que según un informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiado, alcanzó en Colombia en el 2011 los casi cuatro millones de personas obligadas a salir de sus regiones. Este hecho, según el mismo informe, ha convertido a los miembros de esta guerrilla en los más grandes terratenientes del país, especialmente en aquellas zonas que han sido consideradas tradicionalmente como de gran influencia subversiva: Guaviare, Arauca, Vichada Meta y el Sur de Antioquia.

Además, a la posesión de grandes extensiones de tierras, que permiten el fácil desplazamiento de sus numerosos frentes, las Farc han sumado a sus actividades de narcotráfico ---el cual, según informes del Ministerio de Defensa de Colombia, les permite ganancias superiores a los tres mil millones de dólares--- el de ganadería, que ejercen a través de una red de testaferros distribuidos estratégicamente a lo largo y ancho de estos cinco departamentos.

Lo anterior, ha hecho de Timochenko, Iván Márquez y del resto de los miembros de la pandilla de las Farc, uno de los grupos al margen de la ley más ricos de Colombia, superando incluso en ganancias netas a entidades legalmente constituidas como Bavaria, el grupo de refrescos Postobón, la aerolínea Avianca y el grupo económico Éxito. A esto podría agregársele los cientos de miles de dólares que reciben por concepto de secuestros extorsivos y boleteo, que según el mismo informe está por el orden de los quinientos millones de dólares.

Hace poco, en los recientes acercamientos entre los negociadores de la pandilla creada por Manuel Marulanda y Jacobo Arenas en ‘las montañas de Colombia’, y los representantes del gobierno Santos en Oslo, Noruega, se le escuchó decir a Iván Márquez, en un discurso que nos hizo recordar la matraca sesentera de Fidel Castro contra el imperio, que las Farc, organización que él representaba con mucho orgullo ---como si asesinar compatriotas y traficar droga fuera un acto altruista--- no secuestraba, no traficaba con droga y, además, ninguno de sus frentes tenía ‘retenidos’. Para ponerle más leña al fuego, agregó que ellos no eran victimarios sino víctimas y perseguidos del Estado colombiano.

Sin embargo, para la Fundación Nueva Esperanza, una ONG que se encarga de acopiar datos y registros de la Fiscalía y otros organismos de seguridad sobre el secuestro en el país, la guerrilla de las Farc tienen en su poder unos 694 ‘retenidos’, entre militares, civiles y extranjeros, de los cuales un poco más de la mitad obedece a ‘retenciones’ extorsivas.

Creo que a las Farc le pasó lo mismo que al coronel Aureliano Buendía: de tanto pelear con el enemigo, de tanto combatirlo, terminó pareciéndose a éste. Claro que en esta metamorfosis acabó asimilando lo más oscuro del otro, lo más podrido: el odio irracional por la diferencia y la insensibilidad por la vida. Todo un regreso a la Edad Media.

Por: Joaquín Robles Zabala/

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Comentarios

antonin

antonin

8 Noviembre de 2012
6:15 pm

Oiga,Joaco, a ud. casi se le olvida mencionar al verdadero ideologo de las farc,al angelito Jacobo Arenas... Veanlo ahi en la foto con los otros tres angelitos

D_cecilia

D_cecilia

8 Noviembre de 2012
6:08 pm

Joaquin, inicias evocando esos éxitos discotequeros que aún ponen a bailar a mas de uno.
Interesante planteamiento de lo que fué el inicio o causa de las FARC, que desde luego se crearon a razón del inconformismo de campesinos y del pueblo, lamentablemente como dices, terminaron pareciendose a sus enemigos, y aquí entramos a hablar de diferentes "pandillas" ellos como subersivos y del otro lado quizá la pandilla que mas daño le sigue haciendo al país: Una clase política y dirigente, absolutamente CORRUPTA, CINICA e INSENSIBLE.

moderador

moderador

8 Noviembre de 2012
11:26 am

Nota destacada en la red de portales. Gracias por su aporte.