24 de octubre de 2014
16 Noviembre de 2012 | Denuncias | (Colombia)

Sobre democracia, alianzas y nuevas monarquías

Sobre democracia, alianzas y nuevas monarquías

Por Joaquín Robles Zabala

A la democracia, como al papel, le cabe todo. La palabra ha hecho un recorrido transversal por la historia y ha sufrido, al igual que los pueblos de la Tierra, sus cambios desde cuando los griegos apuntalaron el término en un papiro en las primeras décadas del siglo V de nuestra era. En un principio, su significado asustó a monarcas y emperadores y fue la llama que prendió la vela de las ideas revolucionarias. Pero no fue hasta 1789 cuando alcanzó su valor y estremeció los cimientos del Antiguo Régimen que había gobernado a Francia durante largos siglos.

Gracias a ese impulso, los galos lograron instaurar una nueva organización política que sufrió su revés 71 años después, cuando Napoleón Bonaparte se le ocurrió instalar una nueva monarquía tras un golpe de estado. Como los franceses han sido siempre un modelo cultural para el mundo, los gobiernos de facto se pusieron de moda. Sólo se necesitaba, para lograr el objetivo, ser militar, convencer a unos colegas de subvertir el orden y el negocio estaba hecho. Todo en nombre de la democracia.

Pero esta palabra, cuya significado denotativo es el ‘poder del pueblo’, encierra también sus paradojas porque las masas, generalmente, se equivocan. América Latina es el lugar del mundo donde estas equivocaciones han terminado siempre en autoritarismo, intolerancia y una violación sistemática de los derechos civiles y humanos. Recuérdese que Hitler ascendió al poder en 1933 con el apoyo de las masas y los fusiles. Recuérdese que después de esto instauró la dictadura más cruenta que la historia de la humanidad haya vivido. Miles de personas, a lo largo y ancho de Europa, fueron testigos de cómo la democracia mal concebida se puede transformar en absolutismo perfecto.

En España, la dictadura del general Francisco Franco cobró la vida de miles de personas y propició la última guerra civil que vivió la Península Ibérica. Argentina, en el Cono Sur, es quizá el país del mundo donde las dictaduras se amarraron al poder por más de cincuenta años consecutivos y dejaron un rastro incontable de desaparecidos y muertos. En Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil, Colombia y Venezuela, los gobiernos de facto se multiplicaron en nombre de una democracia que los recibió con panderetas, desfiles y bailes pero que, en muchos casos, los expulsó con revueltas populares y tiros de fusil.

En Cuba, Fidel Castro acabó con la dictadura de Fulgencio Batista e instauró otra tan cruenta y vulgar como la que ayudó a derribar. Ernesto ‘el Ché’ Guevara, siguiendo los lineamientos de Castro, intentó hacer lo mismo en Bolivia y fue fusilado por el Ejército. En Nicaragua, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, del que hizo parte Daniel Ortega, se alzó en armas para derrocar a Anastasio Somoza --un dictador multimillonario que dirigió los destinos del país centroamericano durante 15 años— y en ese acto libertario sumergió a la nación centroamericana en una guerra civil que dejó un saldo indeterminado de muertos. Lo curioso de este caso es que, una vez que los sandinistas alcanzaron el poder, hicieron todo lo posible por mantenerse en él.

La democracia, como ya se dijo, es una palabra que ha servido para todo. Ha sido el caballito de batalla para que un pueblo elija a su presidente, para que un presidente le declare la guerra a la nación vecina, para que una nación invada a otra, o, simplemente, expulse de su territorio a todos aquellos que considera indeseables. En nombre de la democracia, los Estados Unidos de América, el país más poderoso del planeta, ha llevado la guerra a muchos rincones del mundo, muy lejos de su territorio; ha depuesto mandatarios y ha levantado sobre sus hombros a insignes dictadores; ha declarado la guerra al terrorismo y al narcotráfico y provisto de armas a rebeldes de África y Centroamérica; ha asesinado a Osama bin Laden y lanzado su cuerpo al mar, en un acto que muchos no entendemos.

Creo que bin Laden merecía morir, pero antes que todo debía ser juzgado. La justicia es una herramienta de los pueblos civilizados, aquellos cuyas estructuras mentales han dejado atrás el salvajismo primario del ojo por ojos y han encontrado la armonía dentro unos lineamientos de convivencia que tienen como fin último el progreso de los individuos y, por lo tanto, de las sociedades.

Pero la democracia no es sólo abrir las urnas, han expresado maestros como Giovanni Sartori o Rüdiger Safranski, pues su significado va más de la trillada ‘voluntad popular’. En la última década, América Latina ha vivido una euforia democrática que se ha extendido como una explosión desde la Patagonia hasta México. El bipartidismo, que caracterizó durante casi un siglo a la región, sufrió su revés y florecieron nuevos partidos y líderes carismáticos y populistas que han logrado ganarse la simpatía de las masas.

En Argentina, el surgimientos de figuras como las de CristinaFernández y Néstor Kirchner le dieron al país, según algunos analistas, una estabilidad política y económico, pero después de tres periodos consecutivos en el poder, las bases que soportan los principios democráticos han empezado a tener fisuras, pues otro principio, tan importante como la voz del pueblo, había sido ignorado: la alternatividad del poder.

Pero como el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente, la fortuna de doña Cristina Fernández de Kirchner, al parecer, se ha triplicado durante sus dos mandatos y el de su esposo al frente de la Casa Rosada. A esto se le ha sumado la desaceleración de la economía en el último año de su gobierno y los rumores de que en el Congreso se está buscando introducir nuevos cambios en la Constitución Nacional para permitirle a la mandataria la posibilidad de un tercer periodo consecutivo.

Lo anterior, ha producido fuertes reacciones de sectores de la población que se han visto afectado por las medidas económica que el gobierno ha introducido, produciendo estragos en el bolsillo del ciudadano común y, por supuesto, en un gran número de empresas que son el soporte de la economía nacional. El resultado de esto se ha visto reflejado en las marchas multitudinarias que en las últimas semanas se han tomado las calles de Buenos Aires y que, para doña Cristina Fernández y su gabinete, debe ser una señal clara de alarma de hasta dónde están dispuestos los argentinos a ceder frente a una nuevo periodo gubernamental de una mujer que, aprovechando el carisma y la popularidad de su esposo, logró acceder al cargo más importante de la nación.

Pero al poder, hay que ser claro, no se accede haciendo buenas obras. No se llega a la presidencia de una nación diciendo verdades y no se logra amasar una fortuna regalando el dinero, pues la política es un juego de mentiras, intereses y alianzas donde hay que ser despiadado con los enemigos, e insultarlo, y aprovechar sus debilidades para ganar dividendos, y encasillarlo dentro de un marco de repudio colectivo para que su imagen se haga añicos. Esa es la política, o al menos así se ha venido haciendo en las últimas décadas en esta parte del continente, donde el cinismo descarado de algunos mandatarios no le deja espacio a la bondad.

En América Latina, la democracia ha servido incluso para fragmentar a las sociedades y polarizar a los países. Lo que está pasando en Ecuador y Venezuela es quizá uno de los ejemplos más significativos de esta división, pues sus líderes no escatiman esfuerzos para el insulto a la oposición a través de los medios de comunicación en unas largas cadenas que, sin dudas, son pagadas con los dineros públicos. Rafael Correar, por ejemplo, al igual que su colega venezolano, no sólo ha cerrado canales de TV. y emisoras, sino que también ha utilizado la justicia como una herramienta de coacción y persecución política contra todos aquellos que han alzado su voz para criticarlo. Y todo esto en nombre de los intereses del pueblo y, por supuesto, en defensa de la democracia.

Y fue en nombre de esa misma democracia, hay que decirlo, que Hugo Chávez, en febrero de 1992, intentó derrocar por las armas al entonces presidente Carlos Andrés Pérez. Y fue esa misma democracia la que lo amnistió y lo llevó al poder años después. Y gracias a esta modificó la Constitución Nacional de Venezuela para tener la posibilidad de permanecer indefinidamente en el Palacio de Miraflores. Y fue gracias a las ventajas que le ha dado la democracia, que ha cerrado canales de televisión, emisoras de radio, expropiado empresas, nacionales y extranjeras, y echado del país a una generación de hombres y mujeres que ha calificado sistemáticamente en sus alocuciones eternas y aburridoras de “pitiyanquis” y “lacayos del imperio”.

Pero la democracia, esa señora de la que todos hablan pero que muy pocos conocen de verdad, ha servido, incluso, para cometer los más horrendos crímenes. No creo que Fidel Castro no haya estado pensando en la democracia cuando derrocó el gobierno de Batista en aquella tarde de diciembre de 1959. Tampoco creo que Álvaro Uribe Vélez, el nuevo ‘Pacificador de Colombia’, no haya estado pensando en ésta cuando ordenó el bombardeo en territorio ecuatoriano porque allá se escondía alias Raúl Reyes y un grupo de guerrilleros de las Farc. Lo mismo podríamos decir de George W. Bush cuando tomó la iniciativa de ordenar un ataque aéreo contra la capital iraquí y destruir una de las bibliotecas más antiguas de la Humanidad.

Gracias a la democracia, podemos concluir, se han derrumbado imperios, se han violentado los derechos humanos, se han perseguido y encarcelado opositores y se han declarado guerras que le han costado la vida a millones de personas. La democracia, en palabras de un colega, es la dictadura implacable de las mayorías, pero también, podríamos asegurar sin temor a equivocarnos, es la cortina de humo perfecta de los gobiernos tercermundistas para cambiar las reglas del juego del poder y crear nuevas monarquías. Fue lo que pasó en Cuba, y está pasando ahora en Venezuela. En Argentina, Ecuador y Bolivia esto es sólo un proyecto. Pero como dijo el ciego, amanecerá y veremos.

*Joaquín Robles Zabala es profesor de comunicación y literatura de la Universidad Tecnológica de Bolívar.

Por: Joaquín Robles Zabala/

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