22 de Julio de 2014
22 Noviembre de 2012 | Denuncias | (Colombia)

Sobre la agenda de La Habana, la paz y los vecinos

Sobre la agenda de La Habana, la paz y los vecinos

Por Joaquín Robles Zabala

De que las Farc quieran la paz, después de cincuenta años de tiros, secuestros y extorsiones, aún está por verse. Y está por verse porque ellos siempre han dicho una cosa y terminan haciendo otra. Han dicho que quieren la paz pero sus acciones desmienten lo que afirman porque siguen lanzando cilindros bomba contra la población civil, siguen secuestrando, siguen con su lucrativo negocio del narcotráfico, siguen asociándose con otras bandas criminales, siguen asesinando a miembro de la Policía a mansalva y, lo peor, siguen masacrando a aquellos que dicen defender: los colombianos de a pie.

Que el presidente Juan Manuel Santos les crea cuando aseguran que ya no secuestran, es contradictorio porque los informes del Ministerio de Defensa dicen otra cosa: las Farc siguen plagiando y mantienen en pie de guerra su máquina de la muerte. Y esto lo vemos a diario en los telenoticieros, lo oímos en la radio y lo leemos en los periódicos. Lo que pasó el 31 de octubre en el municipio de Pradera, al Sur del departamento del Valle, sólo puede ser concebido por una mente enferma que desprecia la vida: la activación de un artefacto explosivo cerca de un parque donde un grupo de niño celebraba las fiestas de Halloween. El resultado de esta acción dejó 35 adultos heridos, 14 niños en el hospital y dos muertos. Días después, en el municipio de Suárez, Cauca, otro cilindro bomba, colocado a pocos metros del sector comercial de la población, derrumbó 50 viviendas e hirió a 25 personas, entre ellas a un agente de la Policía que pasaba en el momento de la explosión.

Decir que las Farc quieren la paz mientras asesinan a colombianos indefensos es un acto de cinismo, como lo fue afirmar que las víctimas del conflicto son intrascendentes, por lo tanto no cuentan. No cuentan para ellos las 119 personas que volaron en pedazos aquel 2 de mayo de 2002 en Bojayá, Chocó, cuando el bloque 58 de esa guerrilla lanzó un cilindro bomba contra la iglesia donde la población se refugiaba de los combates que los hombres de Marulanda sostenían contra un reducto paramilitar. No cuentan las muertes del entonces gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria Correa, y de su secretario de gobierno, Gilberto Echeverry, fusilados por las espaldas, al igual que los ocho militares secuestrados que le acompañaban en aquella fatídica tarde de mayo de 2003. Tampoco cuentan los 11 diputados del Valle, masacrados después de casi seis años de cautiverio porque los ‘rebeldes’, dirigidos hoy por alias Timochenko, confundieron a miembros de sus tropas con soldados del Ejército. Mucho menos, se puede pensar, importan los tres indigenistas estadounidenses que alias el Mono Jojoy hizo fusilar y ordenó dejar sus cuerpo a la intemperie para que las aves de rapiña dieran cuenta de ellos.

Decir entonces frente a las cámaras de televisión y de un grupo de periodistas que se quiere la paz mientras que por debajo de la mesa se ordena seguir disparando, secuestrando y reclutando niños para la guerra, ha sido siempre una política de las Farc. Recuérdese que durante el proceso con el gobierno del presidente Andrés Pastrana, la llamada ‘zona de distensión’, un pedazo de tierra de más de 40 mil kilómetros cuadrados, que calificaron en su momento de ‘laboratorio de paz’, fue utilizado por Marulanda y su grupo como lugar de entrenamiento militar, hospital para los combatientes heridos, zona vacacional y de almacenamiento de droga, refugio para las otras bandas criminales con las que mantenían relaciones comerciales de cocaína y armas, sitio de reclusión de los secuestrados, desguazadero y comercialización de carros robados, oficina de diplomacia internacional donde alias Raúl Reyes recibía por igual a delegados de los gobiernos de Europa como a miembros de otros grupos terroristas; pero, sobre todo, fue una zona para planear las tomas más sangrientas de algunas bases militares y el secuestro, entre otros, del avión de la aerolínea Aires donde viajaba el entonces senador Jorge Eduardo Gochem.

Son por estas y otras mil razones que este nuevo acercamiento de ‘paz’ del gobierno con las Farc ha despertado entre varios sectores de la población colombiana un alto grado escepticismo y desconfianza que empezó a generalizarse después de la intervención de alias Iván Márquez en Oslo, Noruega, pues los cinco puntos acordados en ese primer acercamiento de exploración de la agenda temática se hicieron añicos, ya que para este grupo el cambio en la estructuración del país debe ser general, y abarca desde la derogación de los TLC firmados con Estados Unidos y otros países --pasando por la reducción del Estado y de las Fuerzas Militares-- hasta el modelo económico, que, según los representantes del gobierno, no está en juego.

Pero, como a las Farc les gusta la farándula, esta semana, aprovechando las cámaras de los medios de comunicación que deambulan por La Habana, el representante de esa guerrilla para los acercamientos de diálogo, Iván Márquez, ha leído un comunicado donde informa sobre un cese unilateral de fuego, una tregua navideña, como le han llamado, de dos meses. Un anuncio que, para muchos analistas políticos del país, es sólo propaganda política, un baño de publicidad con el que buscan lavarse las manos ensangrentadas y parecer ante la comunidad internacional como un grupo equilibrado y racional ante la irracionalidad de un Estado guerrerista que no le importa la vida de sus nacionales.

Recuérdese que el presidente Santos ha dicho reiteradas veces que las operaciones militares continuarán en todo la geografía nacional. Recuérdese que se ha negado a un ceso bilateral de fuego propuesto, una y otra vez, por esta guerrilla. Recuérdese también que durante el proceso del Caguán, las Farc se fortalecieron militar y económicamente y duplicaron el pie de fuerza en casi 30 mil hombres y aumentaron los ataques a la población civil en un cien por ciento. Por ese entonces, los corredores que utilizaban para sacar la cocaína del país se convirtieron en espacios propicios para introducir las más sofisticadas armas de guerra: desde fusiles de última generación hasta lanzagranadas. Y estaban ad portas de negociar con mercenarios internacionales que llegaban a ese ‘laboratorio de paz’ de casi 40 mil kilómetros cuadrados, la posible compra de misiles tierra-aire cuando el presidente Pastrana decidió, acosado por los desmanes de este ‘Ejército del Pueblo’ y la lluvia de críticas que cayó sobre él después del secuestro del avión de Aires, echarle tranca a los diálogos.

Quien escucha desde afuera las declaraciones de ‘Iván Márquez’ anunciando un cese unilateral de fuego, puede llegar a pensar que las Farc es, en verdad, un grupo que respeta la vida y lucha por un futuro mejor para los colombianos. Puede pensar que el presidente Santos heredó la intransigencia de su antecesor y que detrás de su posición de no ceder un centímetro del territorio nacional, hay sólo un afán de complacer a las Fuerza Militares y a un ‘grupito de oligarcas’ que les interesa mantener el status qou de una sociedad que sólo beneficia a unos pocos. Puede llegar a pensar que el Presidente tiene en su carpeta un plan B que le permita sin problemas la reelección si no llega a nada con los herederos de Marulanda.

Pero, como reza el adagio, sólo el que está bajo el techo sabe dónde cae la gotera, Juan Manuel Santos, quien fue ministro de defensa del presidente Uribe, y quien estuvo en las negociaciones del Caguán, sabe por experiencia que con este grupo hay que mantener la reserva. Y decir que les cree a las Farc se puede entender hoy como un acto diplomático o una estrategia para no tirar por el piso lo que había construido a lo largo de un año de acercamientos con un enemigo que, aunque debitado, tiene todavía capacidad suficiente para hacer daño.

Unos acercamientos que empezaron el mismo día de su posesión como mandatario de los colombianos, cuando prometió arreglar las relaciones con el vecino gobierno de Venezuela, que se habían deteriorado durante los ocho años en que Álvaro Uribe Vélez se mantuvo en el poder, hasta el punto que para muchos analistas políticos la posibilidad de una guerra era un hecho, como lo era también la presencia de las Farc en territorio venezolano y el apoyo que el presidente Hugo Chávez les había brindado desde que asumió el poder.

De manera que, visto a la luz de hoy, la propuesta de Santos fue siempre una estrategia que empezó por reconciliarse con un vecino molestoso, hablador y vulgar que, en sus alocuciones sempiternas no ahorraba palabras para calificar a su colega colombiano de mafioso, paramilitar y asesino. Pero que, igualmente, le pedía a la comunidad internacional que retiraran a las Farc de la lista de grupos terroristas y, a su vez, clamaba para le dieran el estatus de grupo beligerante, lo que, sin duda, ubicaba a los descendientes de Manuel Marulanda en un pedestal glorioso como en su tiempo lo tuvo Bolívar.

Sin embargo, no hay que olvidar que el presidente Chávez no da puntada sin dedal, y sabe que interviniendo en la reconciliación de las Farc con la sociedad colombiana tiene una luz de esperanza de filtrar sus ideas expansionistas hacia un territorio que le ha sido hostil. Sabe que apaciguando la bestia tiene la posibilidad de ensillarla y ponerla a correr para que sus alfiles políticos al otro lado de la frontera la recepcionen. Porque más allá de su diatriba de querer la paz para sus vecinos, está la idea ególatra de unificar América Latina bajo el proyecto del socialismo del siglo XXI, o la llamada Revolución Bolivariana, algo parecido a la Gran Colombia con la que soñó el Libertador, pero esta vez unificada no con la espada de la justicia y la verdad, sino con la chequera petrolera que es propiedad de todos los venezolanos.

Es sabido que al único mandatario latinoamericano que las Farc escuchan, es al presidente Chávez. Y lo hacen porque éste les ha brindado un apoyo que va más allá de lo estrictamente ideológico. Un apoyo que les ha permitido estar fuera del alcance de las acciones militares del Ejército de Colombia, y que ha beneficiado en gran medida a las cabezas visibles de esa agrupación calificada de terrorista por la Unión Europea y los Estados Unidos. Un apoyo que ha abierto una brecha insalvable entre la sociedad colombiana y el gobierno de un presidente que asegura ser democrático pero que coloca en la misma balanza a un grupo de asesinos y narcotraficantes y a un gobierno legítimamente constituido.

Es probable que, por presión de Chávez, las Farc se resignen a aceptar su reintegro a la vida social del país. Es probable que abandonen la montaña y regresen a la ciudad. Es probable que se les permita hacer política y se les asigne, por decreto, unos escaños en el Congreso de Colombia. Pero lo que no va a ser posible es que el país olvide ese río de sangre que se hunde en la memoria de cientos de familias que sufrieron los desmanes de los bárbaros. Eso va a ser imposible. Y por mucho que el presidente venezolano les ayude a lavarse las manos, siempre las tendrán ensangrentadas. Porque la sangre, reza un adagio, es más espesa que el agua. Y si hay algo no existe es el olvido.

Por: Joaquín Robles Zabala/

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