21 de Noviembre de 2014
1 Diciembre de 2012 | Denuncias | (Colombia)

Sobre Gerlein, el Congreso y el otro inquisidor

Sobre Gerlein, el Congreso y el otro inquisidor

Por Joaquín Robles Zabala

Decir que Colombia es un país católico es, en términos populares, llover sobre mojado. Es reafirmar nuestro conservadurismo y, antes todo, defender el status quo: unas costumbres que seguramente heredamos de Colón y de una larga lista de personajes siniestros que, a lo largo de casi cuatro siglos, no sólo saquearon nuestras tierras, sino que, en nombre de un rey que no conocimos y de un dios etéreo, nos impusieron una doctrina que ha sido la punta de lanza de los más horrendos crímenes de la historia de la humanidad.

De manera que borrar ese lastre de un plumazo, como quien borra un tablero, es en realidad una misión casi imposible, pues si hay algo que puede resultar inamovible a la hora de enmarcar un debate son las ideologías. Por eso no es de extrañar que en Colombia hasta los que se precian de ser liberales, resulten conservadores, así como lo es esa izquierda recalcitrante que, desde las montañas, pretenden cambiar el rumbo del país con tiros de fusil, secuestros y otras acciones que resultan repudiables para cualquier sociedad civilizada.

El debate que ha suscitado en los medios de comunicación y en las redes sociales las expresiones homófobas de un ‘digno representante’ del Senado, no debería, en realidad, sorprender a nadie, ya que defender el status quo implica defender unos patrones que son productos de unas estructuras mentales que tienen su origen en la Edad Media, un periodo que es definido por Federico Nietzsche como el momento pueril de la humanidad. En otras palabras, el tiempo de la niñez y de la irresponsabilidad, pero sobre todo, el de la incapacidad para diferenciar la realidad de la fantasía.

Son estos mismos patrones los que han dividido a las sociedades entre buenas y malas, entre ricas y pobres, entre blanca y negras. Y han alzado enormes murallas de prejuicios que han propiciado numerosas guerras, tanto étnicas como religiosas. La no aceptación del otro es la negación, en primera instancia, de aquello que nos hace diferente, pero, ante todo, el desconocimiento de unos derechos que surgieron gracias a la Revolución Francesa y que a lo largo de los siglos se han ido ensanchando para cubrir esas rendijas diferenciales que van más allá del color de la piel, las manifestaciones religiosas y las tendencia sexuales.

No hay dudas de que el desconocimiento de la historia nos lleva irremediablemente a su repetición. Creo que esto es lo que está pasando con el ‘excremental’ Gerlein y el ‘inquisidor’ Ordóñez, quienes, más allá de la camándula y su retórica católicista, lo que ponen de relieve en sus intervenciones es la ignorancia manifiesta de unos hechos que marcaron profundamente la historia del hombre.

Es desconocer que para una civilización tan avanzada como la Antigua Grecia, maestros del arte y la filosofía, la mirada sobre las conductas sexuales no insertaban el concepto de pecado. Estas eran parte de un abanico cultural que se extendía a lo largo y ancho de todas las esferas sociales. Por esto, era completamente normal que el gran Sócrates, al igual Platón y Aristóteles, tuvieran sus mujeres y, al mismo tiempo, se les viera por las calles de Atenas agarrados de la mano de un jovencito. Era tan normal esta situación que, incluso, en los ‘altos estratos sociales’, se habían creado escuelas donde los padres llevaban a sus hijos para que fueran instruidos tanto en el arte de la política del Estado como de los menesteres de la cama.

La aparición del cristianismo en Grecia, llegó de la mano del gran Imperio Romano, que impuso, bajo la fuerza de la espada, una religión que pregonaba la existencia de un dios único, omnipotente y omnímodo, que odiaba a los homosexuales y que no permitiría por ninguna razón que alguno de estos ‘raros’ entrara al reino de los cielos, pero que se contradecía al asegurar que todos éramos hijos del mismo padre; es decir, del mismo dios.

Es por estas mismas razones que desempeñar un cargo público --cualquiera que este sea-- no implica el rompimiento de unas barreras culturales, o la superación de las tarras mentales impuestas por una axiología dominante que ha pretendido establecer un orden social único y mostrarlo como si fuera el verdadero. Un orden que, a lo largo de muchos siglos, mantuvo a la mujer amarrada al espacio de la cama y la cocina, donde su libertad tenía igualmente sus límites. Un orden que ha permitido los asesinatos selectivos, la quema de libros, la persecución de opositores en nombre de un dios ‘amoroso’, la justicia primitiva del ojo por ojo y la declaración de guerra a todas aquellas religiones que estuvieran en contra de los principios cristianos.

No es de extrañar entonces que el ‘insigne senador’ de ultraderecha, sea implacable con aquellas manifestaciones morales que se salen de su libreto, pero permisivo con la corrupción de la que ha hecho parte a lo largo de las cuatro décadas que ha pertenecido a ese recinto de ‘hombres memorables’. Tampoco ha de extrañar que sea ese mismo recinto el que haya reelegido como Procurador a un señor que representa todas aquellas razones –o por lo menos una gran parte de ellas-- por las cuales se le dio vida a la carta magna de los Derechos Humanos.

Un señor teocrático que cree que su función sigue siendo la misma que desempeñó la Inquisición, y que como tal sigue viendo herejes; sigue quemando libros y, de paso, sacando de la carrera política a todo aquel que piensa distinto; sigue odiando a los homosexuales y cuestionando la independencia de la mujer y el derecho de decidir sobre su cuerpo; sigue mirando la paja en el ojo ajeno pero ignora la viga en el propio; sigue actuando con mano de hierro sobre aquellos que manifiestan una posición diferente, pero trata con guantes de seda a todos los políticos de su costal que tienen el poder de mantenerlo en el cargo.

Esa doble moral de un empleado del Estado que tiene como función la vigilancia de las conductas de los otros empleados públicos, se ha puesto de manifiesto repetidas veces en sus sentencias, que, por cierto, se han constituido en el hazmerreír de los programa de derecho de las universidades del país porque van en contravía de toda lógica y a favor de los intereses de los investigados. Fue esta misma razón que lo llevó a pedirle a la Corte Suprema de Justicia la absolución de un personaje siniestro como Javier Cáceres Leal, un expresidente del Congreso de la República que luego fue condenado a nueve años de presión por tener nexos con grupos paramilitares.

Sin embargo, esgrimiendo razones contrarias, no vaciló un segundo en firmar la sentencia que despojaba a la senadora Piedad Córdoba de su curul y la inhabitaba por 18 años para ocupar cargos públicos, todo por razones que aún no son claras, pero que resultaron suficientes para un señor que todavía cree, como lo ha manifestado hasta la saciedad la Iglesia Católica, que la única función del sexo es la procreación, y que cualquier otra interpretación más allá de esta es, sencillamente, ir contra la naturaleza humana. Y, por supuesto, contra la voluntad de Dios. Es decir, la que él representa desde los estrados del Ministerio Público. Vaya payaso. Y después nos preguntamos por qué no salimos del ostracismo mental en el que estamos sumidos desde el siglo XVI.

Por: Joaquín Robles Zabala/

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Comentarios

analitica25

analitica25

2 Diciembre de 2012
6:13 pm

Gerlein y Ordoñez Alejandro: en la cara se les saca el sumario... y no es muy bueno

colext

colext

2 Diciembre de 2012
2:25 pm

El fanatismo no solo puede religioso tambien puede ser materialista

colext

colext

2 Diciembre de 2012
2:23 pm

Puede la verdad ser homofobica?
Las expresiones de gerlein podran ser incomodas para algunos pero solo narran una realidad palpable.

analitica25

analitica25

2 Diciembre de 2012
6:13 pm

La verdad de quien o la verdad para quien?
La verdad, el bien, el mal, pueden ser subjetivos.
Lo que para mi es bueno, para Ud. No puede serlo.

ESCRIBANO13

ESCRIBANO13

2 Diciembre de 2012
12:59 pm

Si quieres ver lo anquilosado del ser humano en su mínima expresión, solo basta echar una mirada a nuestros políticos recalcitrantes; los cuales, sin lograr de ser homínidos, siguen enarbolando su anquilosada naturaleza, escondiendo entre las piernas la cola de su involución, arropados con el falso triunfo de una cultura decadente, dada a la censura, la corrupción, el señalamiento inquisidor y el conservatismo esgrimiendo un poder insulso que va contracorriente de los verdaderos valores de vida, libertad y justicia, que más temprano que tarde los arrasaran.
Nota esclarecedora
Buena tarde.

criticoncolombiano

criticoncolombiano

2 Diciembre de 2012
8:22 am

hasta cuando el pueblo seguirá con la venda en los ojos....

jogafi

jogafi

1 Diciembre de 2012
10:52 am

Lastimosamente los colombianos seguimos enfrascados en discusiones estériles y polarizaciones innecesarias, respecto a temas del derecho a la intimidad y sexualidad de cada ser humano, mientras nuestros "Poderes" con base a densas cortinas de humo, a incendios avivados con "excrementales" declaraciones se siguen atornillando al poder, para continuar haciendo de las suyas, tapándose con la misma cobija, desvalijando y regalando la tierra y la sagrada agua, entregando nuestros recursos, y literalmente "clavandonos" reformas tributarias y a la salud, que en nada convienen al grueso poblacional...
Saludo cordial.