22 de Julio de 2014
12 Febrero de 2013 | Denuncias | (Colombia)

Percance de un poeta en un mundo brutal

Percance de un poeta en un mundo brutal
Foto:ARCHIVO

Percances de un poeta en un mundo brutal

Desde que tuve un percance similar o peor al que me tocó, en esa madrugada, hago miles de conjeturas para ir a sitios cerrados. Pero ese apego a la mundana bohemia me atrae.

En dos ocasiones había rechazado las invitaciones de José Luis y su mágico acordeonero Oscar de la Cruz. Ambas fueron a Ponedera .Yo las había rechazado porque se dieron mientras avanzaban las inundaciones y mi sentido humanitario de la vida ,para ese momento me impedía como un hueso en la garganta ,tomar mientras en los alrededores ,los habitantes de otras poblaciones como gitanos buscaban lomas altas como la tanga para defenderse de los embates de la naturaleza agreste .Yo mismo ,soy un damnificado en mi Guayabal del Olimpo.

Pero en esta oportunidad, volvieron, esta exitosa pareja musical, a invitarme a otra parranda.

Como poeta que soy, la intuición , ya que los poetas somos como las mujeres, me hacía reflexionar sobre mi posibilidad de aceptar o no, estaba dudoso.

Dos de mis hijos habían tenido sueños, en los cuales había confusión, armas. Gabo había soñado que un tiroteo franqueaba la casa y desesperado le decía a su hermano que no se asomara ,pero no le oía porque los audífonos ,mientras tecleaba en el computador, no se lo permitía.

Trilce soñaba que unos hombres armados perseguían a su tío Edgar .En ambos sueños, aparecía y o ,maniatado ,impedido para poder hacer algo por ellos.

Decidí romper el hechizo mokaná de los sueños que hemos heredado de mi madre, Dominga Zárate y acepté la invitación a tan especial lugar. Para estos años, piso seis como he oído decir a varios hombres, uno se afina en los placeres. Me coloqué mis zapatos jaibas y una hermosa guayabera roja, vino tinto que destellaba amistad, cariño, fraternidad, compadrazgo, virtudes caribeñas que yo me gozo como diría ese filosofo de la cultura del disfrute :Ley Martín. Yo pensaba que solo era famoso en el barrio El valle, San Felipe, donde soy conferencista el día del idioma. Y mis fotos aparecen en todas las tiendas .Soy el poeta de la vecindad.

Me fui con la mujer, dos de mis hijos y la novia de uno de ellos. Pedí una cara y hermosa botella como la trata el ñia Solano que me trajo como recuerdo la extraordinaria metáfora del músico urbano, Caín quien canta con su prodigiosa estatura que guajiro que se respete tiene un palo de Old Parr, en el patio de su casa. Hacia rato no sentía un trago tan sabroso.

Sin embargo, estaba desesperado, como pasa siempre en estos espectáculos que los conjuntos en vivo ponen a parir a sus seguidores. A estas alturas ya alguien me abrazaba y decía que me quería, debía ser –pensaba yo—uno de mis seguidores en las animadas tertulias con los vendedores del centro, que de paso los estoy quebrando porque no me quieren vender sus vainitas sino regalarmelas, con tal de que converse con ellos. Este amigo me presentó a los contertulios de su mesa como un gran teólogo. Una gran profesión para mí que he querido ser ateo, pero así es la gente.

Él presentador de José Luis Morrón, entró un poco alicaído pero entre el cantante y su acordeonero Oscar de la Cruz pusieron la energía suficiente para que los contertulios comenzaran a tirar pases del vallenato de Pivijay.

Me llama la atención que la gente de allí habla con el cantaito ese de la zona guajira que le da particular tono a esta música vernácula. El trago zumbaba al calor de la magia del acordeonero, los rostros rojos y gozones señalaban un grupo como dicen los pelaos de ahora, estrato seis. Comenzaron los inevitables saludos a los amigos del conjunto.

Hasta yo que soy una maleta bailando saqué a mi pareja, el hijo a su novia y tras, vienen para mi los plácemes del cantante para el poeta. Una sola nota humana me rastrillaba la conciencia, una hermosa morena al lado de nosotros era marginada, seguramente, por el color ébano de su piel. Tenía que suplicarle a su parejo que bailase con ella. Las demás parejas se entretenían con sus blackberry de todos los colores.

Hay un break que me sirve para dialogar con un pariente del político anapista, el finado Musa Tarud. Allí estuvimos varias veces dialogando con él. Nunca me imaginé que esta capilla política se iba a transformar en un sitio tan in, en la ciudad.

Y continuó Marciano Martínez, destacado compositor de la Junta, quien con su swing campechano que denuncian los movimientos del trabajo en el campo descrestó a la audiencia. El público frenético bailaba y se entonó en sus versos: “Y yo de tanto jugar al amor, sin un amor me he quedado en la vida” Golpeaba el corazón frágil de las elegantes damas con su canción Por jugar al amor. Demostraba maestría y sencillez. De pronto saludó al poeta. Mi corazón se exultó de emoción. Marciano resultó siendo hermano del amigo de la mesa vecina que me confundía con un profeta.

Por desgracia, el tiempo había transcurrido, ya habíamos escanciado la botella de licor. Planteamos la retirada familiar .Gabriel, estudiante de periodismo en Uninorte salió a llevar a su novia. Mala suerte, la llanta trasera estaba espichada. —llévala en taxi—le ordenó la mamá.

Con el optimismo que me caracteriza en situaciones amargas, comenté que a su regreso resolveríamos lo de la llanta. Tratamos de salir pero éramos detenidos por la mesa del maestro Marciano quienes nos brindaban trago.Pocas veces, había visto a Meira alegre y esa noche aciaga lo estuvo. Yo le insistí en salir porque me daba pena gorrear trago y salimos a la puerta a esperar a Gabo. Regresó rápidamente y después de rogar a un taxista se fue con su hermano Julio Mario, también estudiante de Politología en la Norte a arreglar la llanta.

Yo me retiré al bordillo, disfrutando la brisa suavezona que matiza el guayabo y estimula las ganas de beber, en la madrugada.

Rápidamente, encontré un contertulio, quien se me identificó como chófer de un industrial amigo de los músicos. Algo me decía que era guardaespaldas, en un país donde el que está un poquito mejor que el otro tiene su dobleespalda, no era difícil suponerlo. Eran eso de las 4.am. Cuando llega un carro que parquea a lo gringo, en rever y con mucha seguridad. Sin embargo, roza un zapatico.

El chófer y yo le sugerimos cívicamente que se parqué mejor, al bajarse de su carro. Arrogante con su pinta de bacan, pisando fuerte, obedece y hasta llama, como gritamos nosotros por lo celulares: “Hay camello”.

Ágil como un tigre zarpa hacía mi, veo su arma desenfundada. Sinceramente, pensé que era un comando que me venía a ejecutar, amenazado como he estado de muerte por mis críticas sociales y extorsionado también por la otrora bandola de Los alcatraces, que otra cosa podía especular.

Mascullaba como en las películas que me trasladara hacía el callejón de la puerta, ya arrodillado me gritaba: donde está tu blackberry? Respondo: yo soy corroncho, no uso teléfono. Tú reloj—insiste ahora--.soy alérgico, contesté, sin arrogancia ninguna.

Entregué mi cartera Vélez con mucho dolor, pues me la había regalado mi hija María Paulina, pero también con la alegría de haberme tomado la botellita de fino licor como las apoda mi compadre Álvaro Pardo, porque, en ese momento, como en los de siempre, ya estaba con muy poco dinero.

A los otros contertulios les sacaban sus billeteras, uno de esos jayanes inútiles que ofician de portero quería llorar, me imagino de la impotencia. Los asaltantes se notaban tranquilos, armados con armas sofisticadas, amantes como los muchachos de los buenos fons.

Adentro, mientras, sonaban las notas de las acordeones pelaban a los que guardaban el billete. Como en las películas se había producido un asalto cinematográfico. Surgen las mas diversas reacciones, mientras yo visionaba la muerte de mis hijos si regresaban, desconociendo el rollo que se había formado en la discoteca, alguien peleaba con Tarud la devolución de su botella de whisky, otro se lamentaba de que le habían quitado su anillo de matrimonio e incluso unos de los músicos, Beto con su cabello a lo Bob Marley gritaba por la inseguridad institucional. Meira Señas, madre de mis dos hijos se había dormido en el carro y por fortuna pasó como en un sueño, sin vivir, este percance cotidiano en Barranquilla.

El asalto como en el cd que se proclamaba esa noche había sido contundente. Uno de los policías lamentaba el hecho de haber llegado tarde, yo por lo contrario me alegré, en estas situaciones de caos, morimos los mas débiles

Y Yo el iconoclasta,el irreverente, doblegado en una catedral del placer por el único pastor que siempre he reconocido,en mis mamaderas de gallos,el grand Old Parr que mis hijos sin proponérselos guardan ahora como una reliquia más de la violencia que nos rodea por todos los flancos a los colombianos.

Por Federico Santodomingo

 

Por: federico santodomingo zárate/

Cómo le pareció esta publicación?
Su voto: Ninguno (3 votos)

Opiniones

0

Este es un espacio para la construcción de ideas y la generación de opinión. Este espacio busca crear un foro constructivo de convivencia y reflexión, no un escenario de ataques al pensamiento contrario.

Para opinar en esta nota usted debe ser un usuario registrado. Regístrese o ingrese aquí