

En la sección “buzón del lector” de DIARIO DEL SUR el corresponsal identificado como Mario Hernán Ortega Agreda escribe una nota que es bueno reproducir por cuanto nos permite una reflexión necesaria por lo oportuna: “Con la reactivación del Volcán Galeras hay personas que se preocupan y otras ni siquiera se dan por enteradas. De todas maneras, las autoridades están en la obligación de llevar a cabo todos los mecanismos de prevención para que no pase nada. Los simulacros, las informaciones a través de volantes debe ser el punto central para que los habitantes de la capital nariñense y de los municipios vecinos los efectos de una posible erupción no nos tome desprevenidos. Si bien el Volcán no ha producido mayores daños hasta ahora, eso tampoco debe conducir a que todos seamos indiferentes anta una situación que es real”. Esta es una realidad a la que parece nos hemos acostumbrado y, lo que es peor, no genera una reacción de prevención en la comunidad.
Los constantes anuncios del Volcán nevado del Huila y del Volcán Galeras en Pasto hacen preveer una tragedia de grandes proporciones. La pregunta que nos debemos formular los colombianos, especialmente sus autoridades y comités de emergencia, debe encaminarse hacia la logística necesaria para afrontar un eventual hecho de esta naturaleza. ¿Contamos con centros hospitalarios, centros de salud, ambulancias, albergue apropiado y personal capacitado para prevenir efectos colaterales de una posible erupción volcánica o de una avalancha? Todo indica que no y las autoridades únicamente se dan por enterado cuando los medios de comunicación difunden imágenes de estos colosos advirtiendo sobre una inminente erupción.
Miles de millones de pesos se han dilapidado en la ciudad de Pasto en la construcción de unos albergues que no ofrecen las mínimas condiciones para resguardarse de un fenómeno de estas proporciones. No se ofrecen a los campesinos que viven en las faldas del Volcán Galeras sitios de reubicación permanente y definitiva a pesar de los continuos anuncios que este Volcán ha hecho en los últimos veinte años. Visitar estos albergues es darse cuenta de la desidia que existe en sus gobernantes. La inexistencia de unas verdaderas políticas de prevención es notoria y puede significarnos un número elevado de muertos. Si en verdad queremos prevenir una tragedia de proporciones mayúsculas debemos comenzar por una evacuación definitiva y por brindar las condiciones necesarias para que cientos y miles de campesinos puedan reubicarse en zonas seguras. Pero no simplemente sacándolos de su vivienda cuando ya el Volcán entra en erupción. Dinero ha existido para eso y en cantidades considerables pero todo se lo ha tragado la manigua de la burocracia y la imparable corrupción que hace gala de su presencia en momentos como estos.
Todo indica que en algún momento el Volcán Galeras hará una erupción y sus consecuencias serán trágicas por cuanto “nos hemos acostumbrado” a sus señales de alerta. Es común el escuchar a nuestros campesinos y a la ciudadanía en general expresiones como “El Volcán es nuestro amigo”, “nunca nos ha pasado nada”, “la Virgencita nos protege”, “es un simple catarro volcánico”. Frases y pensamientos que se han convertido en nuestros propios enemigos y que pueden culminar en una tragedia de proporciones mayúsculas y en el preámbulo de una tragedia anunciada. Nuestras mismas autoridades parecen estar contagiadas de estas expresiones populares al punto tal que en medio de una alerta roja y de una inminente erupción volcánica se continúa como si nada pasara y no se toman las medidas del caso. Nos sorprendió, por ejemplo, que las instituciones educativas llamen a sus muchachos como si nada pasara exponiendo de esta manera a cientos y miles de muchachos a una situación que podría desembocar en una tragedia anunciada y de proporciones mayúsculas.
En los hogares no se toman las mínimas prevenciones. Nadie porta un tapabocas y en las oficinas y establecimientos públicos no se conoce de medidas de contingencia que contribuyan a afrontar una posible erupción volcánica. La vida sigue como si nada pasara. Únicamente en algunas regiones se alerta a su población y se disponen de algunos mecanismos que permitan afrontar una situación de riesgo como la que nos pinta la presencia y reactivación del Volcán Galeras. Indudablemente no se trata de generar pánico innecesario y perturbador, pero si es necesario entender que en cualquier momento puede presentarse una erupción de grandes proporciones que puede cobrar vidas si no estamos preparados para afrontarla.
Comencemos por tomar medidas en nuestro hogar: agua, tapabocas, radio, linternas, rutas de evacuación y lugares de encuentro. En nuestros colegios: conformación de grupos de apoyo, demarcación adecuada y visible de zonas de riesgo, vías de acceso, simulacros, charlas, exigencia de elementos mínimos de prevención (tapabocas, botiquines). En nuestra oficina o sitio de trabajo iguales medidas conducentes a prevenir males mayores. Y en las vías de la ciudad o en rutas adyacentes personal capacitado y apropiado que nos permita conservar la calma en caso de reactivación volcánica.
Toda prevención es poca tratándose del bienestar de nuestra familia, de nuestros hijos y de todos y cada uno de nuestros seres queridos. En los medios de comunicación erradicar frases y comentarios que confunden a la opinión publica, urge capacitar a los periodistas en eventos como el que nos ocupa y preocupa en estos momentos. He escuchado a algunos colegas decir que “El volcán es nuestro amigo y no hay que temerle”. La historia puede cambiar en cualquier momento y no es bueno que nos acostumbremos a unos anuncios que por lo recurrentes nos parecen premonitorios. Nuestros gobernantes tienen el deber y la obligación de imponer criterios científicos sobre las simples especulaciones de fe de nuestro pueblo. Estamos ante una tragedia anunciada, ahorrémonos muertos tomando desde ya las medidas que el caso requiere.
peobando@gmail.com



Comentarios
moderador
3 Septiembre de 2010
1:57 pm
Muchas gracias por la advertencia. Con frecuencia vivimos el síndrome del pastorcito mentiroso que nos impide dimensionar la magnitud de las situaciones.