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17 de Mayo de 2012
17 Mayo de 2010 | Denuncias | (Colombia)

Yo primero y el resto que me importa

Yo primero y el resto que me importa
Foto:http://hastaotrodia.files.wordpress.com/2009/04/20061006105354-egoismo.jpg

Vivimos en un país complejo, complicado, manchado por la desidia, la indolencia y el egoísmo. Un país donde se privilegia el "yo primero".

Lo vemos a todo nivel, desde el gesto de colarse en la fila del banco o del cine, hasta no pagar los impuestos o parquearnos en una zona no autorizada. No faltan los que se ubican en las puertas de transmilenio aunque se vayan a bajar hasta el portal o el que pasa por encima de todos, empuja y golpea a los demás con tal de sentarse.  Este comportamiento arbitrario, desafiante, irrespetuoso con los demás nos hace ser ciudadanos coléricos, defensivos, intolerantes. Aunque seamos profesionales, educados, cultos, la insolencia y la brusquedad de los demás nos hacen llegar a límites insospechados y ajenos a una conducta decorosa y digna.

¿Cuál es la razón para llegar a estos extremos? el abuso. No hay un solo día en el cual no nos sintamos abusados. ¿Quién nos abusa? Comencemos desde lo más general hasta lo más particular. La corrupción, la burocracia, los impuestos desmedidos, los servicios públicos, las compañías o empresas para las cuales trabajamos, los bancos, el sistema de transporte, los supermercados. Todos y cada uno de ellos viven en función de explotarnos, manipularnos y robarnos. Si no me creen, es solo cuestión de acudir a alguna oficina de reclamos de cualquier entidad pública, de cualquier compañía de celulares, de cualquier E.P.S, de las empresas de servicios públicos, y les aseguro que las filas son interminables.

Ahora veamos ejemplos particulares, peatonales. Un banco tiene dos filas, la normal y la VIP o de clientes, ¿cuál es la diferencia? el nivel de arribismo del banco. Entonces resulta que usted entra en el banco pensando en los mil problemas de todos los días  y hace la fila eterna en la bendita fila VIP y usted no es más que un simple empleado, una hormiga, no el presidente de la British Petroleum, que entre otras cosas estoy seguro de que no va al banco a hacer fila en la fila VIP. El caso es que usted se resigna a hacer la fila, a aguantar el calor que siempre parece anidarse en esos lugares, a llenarse de paciencia ante la lentitud pasmosa de los cajeros, a resistir el quejido de su estómago, porque solo tiene la hora del almuerzo para pagar los recibos, el tiempo pasa y la fila casi que no avanza.

Luego de interminables minutos, se acerca a la línea, en su mente cuenta las cabezas que le faltan para llegar a la meta. El momento ha llegado, el cajero odioso le hace la seña para pasar y usted avanza, el dinero en la mano, el recibo listo para recibir el sello que lo libera de la responsabilidad y de quedarse sin luz. Es entonces cuando el cajero, con aire altanero, le indica que usted no es un cliente VIP, que por lo tanto no puede recibirle el pago, que tiene que hacer la fila normal, que por supuesto va hasta la puerta y a usted solo le quedan 10 minutos de su almuerzo y hoy se vence el recibo de la luz. Si protesta, todo el banco lo va a mirar con repulsión, lo van a sacar a las patadas los de seguridad y si las cosas van realmente mal, puede terminar preso por terrorismo.

Después de semejante jornada, llega a su casa exhausto, con ganas de relajarse, ver el partido de fútbol, o leer el periódico y se encuentra con que los vecinitos universitarios están de fiesta. El vallenato se cuela por entre la puerta de su apartamento, por entre las rendijas de las ventanas y con él, las voces estridentes, las risas sobredimensionadas, la algarabía. A usted le incomoda la cosa, pero es una persona tolerante, respetuosa y piensa que todavía es temprano, que colocando usted música o la televisión el escándalo se reduce, pero las horas pasan y su esperanza de que los vecinitos se vayan con su algarabía a otro lado se desvanece.

A las once de la noche, el bullicio, los vallenatos o el reggaeton, siguen sin alterarse, pero usted ya comienza a preguntarse hasta cuándo va a durar el jolgorio. Son las tres de la mañana y nada, ya es la tercera vez que llama al portero adormilado y ellos sin inmutarse. Cinco de la mañana y cada carcajada retumba en su cerebro como un trueno. Son las seis, las siete, las ocho, las diez, es de tarde, entra la noche de nuevo y la rumba sigue sin alterarse. Ya ha llamado a la policía, incluso al administrador del edificio y no hay resultados. Dos días de lo mismo y nadie hace nada, nadie responde, los vecinitos se burlan, alardean de su provocación y usted debe decidir si se resigna o baja al apartamento con un bate de beisbol y les apaga el vallenato a las malas. Si lo hace, puede exponerse al ridículo, a una pelea con su esposa por su comportamieto agresivo, a una demanda por agresión o a una jornada en el calabozo, ah porque ahí sí que va a aparecer la policía. Si no hace nada, pues se expone a que cada fin de semana los hamponcitos levanten el edificio a punta de Diomedez o cualquiera de los ilustres cantantes populares.

Estos dos ejemplos ilustran una realidad cotidiana, que aunque parezca graciosa o incluso irrelevante, es una de las semillas de conflicto en nuestro país. Esto debido a que estamos permanentemente siendo violentados, maltratados, provocados. Por lo tanto, sentimos que nosotros también tenemos derecho a hacer lo mismo que otros nos hacen.

Vivimos para violentar a los demás, para agredirlos con nuestro ruido, nuestra basura, para empujarlos o no dejaros salir de transmilenio, para colarnos en la fila del banco o del cine, para cerrarlos con nuestro carro o moto, para parquear donde no se debe y así interrumpir el tránsito o hacer que el peatón se cruce por la calle, para no proteger las construcciones y evitar que una viga mal puesta lesione a alguien y después no querer asumir nuestra responsabilidad, para no pagar las pólizas de seguros, aunque sea válida la causa del reclamo, para conseguir el pase de conducción de manera fraudulenta, para insultar al otro por cualquier motivo, para sentarnos en el piso del transmilenio si no hay asientos y así estorbar a los demás, para éxigirles a nuestros empleados trabajar 45 y 50 horas a la semana, fin de semana, festivos, navidades y año nuevo, para controlarles hasta cuantas veces van al baño, todo por la miseria del salario mínimo.

Ser conscientes de los demás, no es tan dificil, solo piense en aquello que no quiere que le hagan y no lo haga, es así de sencillo. No le agreguemos más leña a un país que lleva ardiendo demasiado tiempo.

Por: Juan Felipe Ladrón de Guevara/

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Comentarios

blumen

blumen

30 Mayo de 2010
11:22 am

estoy total mente de acuerdo con usted,! esta narrando el dia dia de una cuidad cualquiera de un pais culaquiera wow
pienso todo esta en la educacion, no todo esta perdido, debemos empezar por la buena educacion con valores en los pequenos, en nuestras familias, en las escuelas, esta en nosotros cambiar, hacer un mundo mejor, aunque paresca imposible, pero podemos mejorar aunque sea un poquito,

Aracataka

Aracataka

24 Mayo de 2010
7:56 pm

..wow!! cuantas verdades cita Usted! desafortunadamente y dolorosamente es muy cierto todo lo que narra, todos de alguna manera sufrimos en carne propia estos atropellos en alguna parte..muchas veces! la falta de repeto, sencibilidad, tolerancia es evidente en este pais..por eso estamos como estamos, no existe cordialidad, ni consideracion de ningun tipo, todos atropellan a todos...pero aun a pesar de eso, con los cuantos pocos que si practican aun reglas basicas de urbanidad, hacen que se prefiera vivir aqui...por unos cuantos no deben pagar todos! aun hay mucha gente amable! que lastima que no sean todos!! pero en todas partes se cuecen habas...en otros paises tambien hay atropellos y demas...pero esto no nos justifica....

moderador

moderador

18 Mayo de 2010
10:05 am

Gracias por su aporte en Soy Periodista. Bienvenido a este espacio.