



Debimos huir para librarnos de una muerte cantada por cuenta de la familia del difunto, dispuesta a vengarlo. Debieron de buscar sin ceder al cansancio hasta en los últimos rincones de la ciudad, pero miamor y yo embarcamos en otro navío con rumbo fijo a ninguna parte. En todo caso, atracamos en España donde permanecimos hasta cuando el agobio de la clandestinidad nos hartó y decidimos, disfrazados como menesterosos, regresar hacia Cartagena de Indias y buscar un nuevo refugio. Estuvimos viviendo un buen tiempo en Valledupar en casa de un juglar amigo, donde disfrutamos de grandes parrandas y con amistades sinceras, pero fuimos enterados de la presencia de extraños, merodeando.
Anduvimos a manera de peregrinos por otros pueblos y ciudades: Barranquilla, El Banco, Gamarra, Mompox, Magangué, etc., fueron más y diversos lugares (no recuerdo los otros nombres de memoria), donde unas veces éramos gitanos videntes y, otras, vendedores de libros. Sin duda, la Costa Atlántica no era lo mejor, porque el mar impresionante de los colombianos siempre nos mantendría cerca de nuestros enemigos. Entramos a Barrancabermeja, Girón y Ocaña, pasamos por Cúcuta, La Fría, San Cristóbal, Mérida y Caracas... La proximidad al mar seguía siendo un riesgo. De pronto estuvo Yasar agotado de sobresaltos y escondrijos, sobre todo de arrastrar de un lugar para otro, camuflada en seis costales de fique, una fortuna peligrosa que quieres gastar y no puedes.
Inventar un lugar, ausente de la vida ruidosa, fue la primera ocurrencia en la exploración de lo deseado. Recorrido medio país de acá y medio de allá por rutas inclementes y trochas imaginarias (en barcos de vapor o automóviles), atravesados caños de lodo y ríos encantados e infestados de cuanta bestezuela pare la tierra (en embarcaciones de aborígenes) y, por último, sumergidos en montes intrincados sobreviviendo al asedio pernicioso de fiebres caniculares (sobre incómodos lomos de mulos tiernos), descubrimos el imponente océano de las llanuras orientales: un paraíso de pampas radiantes como las habíamos imaginado juntos en nuestros sueños construidos con retazos de las historias desdibujadas de los traficantes italianos.
Arribamos a una población de aire arcano y legendario, en medio de la geografía fronteriza de dos países. Confieso que me costó —no sólo tiempo sino también esfuerzo— entender a cuál pertenecía, y sólo lo vine a saber porque miamor, con la indulgencia de un sabio maestro de escuela, me lo señaló por tanteo y error en un mapa, diciéndome está aquí de este lado, y lo marcaba con el dedo en el atlas, y yo le decía: parece de allá. Él reía estallado y decía luego: parece de ninguno. Por eso creyó que nunca iban a encontrarnos. Yasar estaba enamorado hasta del oxígeno que respiraba, y, en lo que a mí concierne, parecía un sueño cumplido: era el lugar fastuoso y perfecto donde tendríamos seis hijos y viviríamos felices para siempre. Así que, con las alforjas llenas de oro y joyas, llegamos negociando fanegadas de tierras y ganados que en poco tiempo vimos reproducir igual que el pasto verde en las praderas fértiles. Mi astuto marido combinó la ganadería con la extracción de pieles, mieles, aceite de palo de copaiba, caucho y plumas de garza, que luego intercambiaba por oro y mercaderías que revendía multiplicando por mil. Hizo construir en el pueblo llanero una mansión amplia y ostentosa, sujeta a mis caprichos, y una estancia cómoda en la hacienda, y ordenó el arreglo de la escuela y la iglesia, con lo que se ganó el aprecio de la gente del lugar.
El pueblo en realidad estuvo lejos de ser el remanso soñado. Una mañana, con las primeras luces del alba, mientras retozábamos dichosos y desnudos en la cama con una de nuestras amantes compartidas, advertimos los golpes del aldabón sobre el portón. Una sirvienta asomó con el recado de que requerían a Yasar, y él bajó. Jamás desatendía sus negocios ni hacía esperar a ninguno mucho tiempo, así fuera para atender al más insignificante de los hombres. Bajaba siempre a saltos con el arma en el pantalón, pero esa vez no lo hizo, imagino que por un asalto de abandono y confianza, porque sólo llevaba encima el quimono sedoso de levantarse. Desde la bañera oí el alboroto de la discusión y una detonación fuerte y seca que creó un eco lánguido durante unos segundos.
Desorientada, ansiosa y aturdida corrí escalera abajo. Recuerdo que me torcí un tobillo y caí rodando los dos últimos escalones, alcé la cara y reconocí a miamor como una sombra prendida a los pies del criminal, cuyo vistazo terrible de insolentes ojos amarillos me cubría toda. Jamás podré olvidar su perfil de rata inconfundible. Miamor tenía la quijada desviada, en su boca había una mezcla de saliva y sangre escanciada amenazando escurrirse en cualquier instante mientras convulsionaba con la mirada hueca. Su cuerpo grande yacía sobre una mancha roja, caliente y espesa igual que una jalea. No murió de inmediato, ésa fue la peor parte. El plomo en la cabeza le deshizo una oreja, le desbarató cierta parte del cráneo y le dejó un agujero como una boca gritando por donde entró mi mano asustada tratando de evitarle la hemorragia. Fragmentos del cerebro habían caído al piso (no me enteré hasta que el médico, antecedido de una tos académica, lo confesó con cierta jactanciecilla profesional) dejando a Yasar semejante a un mero tronco. Una tarde distante la muerte se lo cargó marchito y encogido.
Continuará…
© Favián Estrada Vergel, 2012?favian1969@hotmail.com?
© Editorial La Serpiente Emplumada, 2012?www.serpienteemplumada.com?
ISBN: 978-958-8502-29-8
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Comentarios
luisalejandrodiaz
27 Mayo de 2012
8:13 am
buena propaganda