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22 de Mayo de 2013
25 Junio de 2012 | Entretenimiento | (Colombia)

El hechicero y la bruja (cuento)

El hechicero y la bruja (cuento)
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Arribaron en aquella ocasión al pueblo un hombre volatín y su hija de quince abriles. Traían maletas con telas de tafetán y curiosidades varias para exponer en las festividades. Instalaron el toldo a un costado del puente de maderos y cobertizo. Antes habían salido con tambores a pregonar la función y las ventas, así que los vecinos recostados en sus sillas más cómodas, bajo la penumbra fresca de los árboles de almendros, comentaban aquello, de manera que los niños percudidos y escuálidos andaban detrás de los artistas igual que una desordenada tropa.

Vendían tizas chinas para espantar hormigas, ungüentos de baba de caracol y caléndula contra las cicatrices, aceite de pata de buey contra dolores, linaza y concentrado de ciruelas pasas contra los malestares del colon, extracto de orégano contra las inflamaciones, valeriana y pasionaria. A los muchachos les ofrecían canicas de cristal por cientos, boliches de madera con palo y cazoleta, dados y naipes. Relojes de leontina, portarretratos, anillos, ábacos, alicates, gafas, dentaduras, martillos, sacacorchos y tijeras de latón para no tener que jalarse a la brava los pelos de la nariz. Traían espuelas, jaulas y embudos para pesar gallos.

Despacio fueron llegando los parroquianos, vecinos endomingados y grupos en corrillo de sabaneros enfiestados. Venían de las veredas o de los ranchos y casas del pueblo; algunos traían sus bancos para acomodarse mejor y muchos quedaron de pie con una expresión aniñada y feliz.

Sacarías Sarmiento, vendedor y volatinero, era enjuto, de maneras lánguidas (podría decirse que parecía en los puros huesos), pese a ello tenía la fuerza prodigiosa de diez hombres, salida de los confines de una naturaleza que no se le veía por ningún lado, porque hacía actos de saltimbanqui y de resistencia para asombrar a todos con la misma audacia de un taumaturgo. Partía tres bloques de ladrillos juntos con un puño, doblaba varillas imposibles con las manos y molía canicas con los dientes y las tragaba. Alistaba una cuerda fuerte entre dos estacas enterradas y de un salto se subía a un baúl y de otro se montaba sobre la tensa soga trenzada, así que, con habilidad y arte, andaba de espalda con un balancín mohoso y volteaba por los aires dando saltos mortales.

Hubo un momento de angustia en que todos callaron, parecía como si fuera a caer. Un hombre del pueblo, apoyado en una horqueta, decía:

—Se cae.

Y una mujer menuda que estaba a su lado y lo oyó:

—Del suelo no pasa.

Se irguió y comenzó a deslizarse con lentitud sobre la cuerda haciendo otros saltos y ejercicios acrobáticos más audaces.

Se alzaron gritos clamorosos y aplausos.

En cambio, la hija para nada se le parecía: era rubia de ojos melosos, fresca y cándida; lucía aretes gitanos en las perillas de las orejas y una ristra de trenzas haciendo moñas.

El sitio seguía llenándose de gente y de vocerío. Sacarías Sarmiento, luego de sus demostraciones, subió sobre el desvencijado baúl de melina a anunciar el último acto prodigioso de la tarde. Mi hija Raquel será la encargada, decía al público. Abría los brazotes de crucificado en tanto propagaba un vapor lacrimógeno que hacía llorar a los niños y adormecía los perros. Sonó la campanilla de atención cuyo badajo iluminaba, dio un gran salto, alzó la tapa y sacó del fondo un muñeco de trapo de tres palmos disfrazado igual que él: bombachos de húsar con tirantes y blusa curtida de manchas debajo de las axilas. Así cabal era el muñeco: narigón y encorvado. Parecía aquel títere conservado en vinagre y sal. La hija lo recibió, lo sentó en su regazo, luego de acomodarse, y, ante el embeleso del público, lo hizo hablar.

Al principio causó escándalo y prevención del público, inclusive la fuga de uno u otro campesino, pero como se trataba de algo nunca visto, que de seguro jamás volverían a ver, la mayoría prefirió quedarse. Estaban contentos, no era la labor del conuco ni la agotadora faena del llano ni el infierno de la pobreza, era otra cosa distinta y maravillosa lo que allí presenciaban. Quienes continuaron vieron dominar el muñeco con pericia y creyeron que tenía vida. El artista pasó la talega por el frente de todos. Pueden depositar cuanto a bien deseen, dijo. Al concluir la ronda sintió la bolsa repleta y pesada, mejor que en otras ocasiones en otros y distantes sitios.

De manera súbita se oyeron disparos y voces de mando.

La diversión acabó. Al tanto del asunto, el alcalde malinterpretó el acto y los envió a arrestar con un pelotón de hombres armados. A empellones se abrieron paso entre la multitud, los maniataron con sogas de amarrar mulas y los echaron a la fuerza a andar. Voces destempladas de ebrios se alzaron reclamando el espectáculo, otra gente huía saltando tapias y forzando puertas.

Se fueron dispersando. Mujeres y hombres comentaban los sucesos. Ellas con reticente displicencia y los esposos con etílica agudeza, decían:

—Pero que no creemos que ande ese viejo pervertido con la hija… ¡Qué de seguro es la querida!
—Pero que está el zorro bien de buenas, entonces —apuntó uno y luego remató—: a buey viejo, pasto biche.

Otro hombre decía:

—A la moza y a la mula, por la boca le entra la hermosura, ji, ji.

Y una vieja gorda, que pasaba envuelta en una mantilla, agregó con socarronería:

—A quien se casa viejo, muerte o cuernos.

El primero volvió a insistir:

—¡Dios, está su querida como me la mandara el médico!

Y su mujer con verdadero disgusto luego del codazo respondió:

—¡Qué haremos con estos babosos que no han visto mujer!

Los policías levantaron con cachivaches y maletas, y se alejaron. El último de ellos tropezó con la mirada complaciente de un sacerdote. El sujeto lo ignoró. Sin embargo, al tiempo que recogía las mercancías y sacudía ninguna arena del uniforme, con una ronquera de pájaro y la gravedad suficiente para que todo el mundo oyera, dijo:

—¡Es un hechicero!

Por el camino se oían las voces de quienes los apresaron:

—¡Cogimos al hechicero y a la bruja!

Al paso salieron los perros a perseguir a los prisioneros y se levantaba un largo coro de ladridos que iba pasando de casa en casa, encendiendo el alboroto de las gallinas en todos los corrales del vecindario.
 

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@FAVIANESTRADA

Por: Favián Estrada Vergel/

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Comentarios

luisalejandrodiaz

luisalejandrodiaz

25 Junio de 2012
7:33 pm

Muy buena narración del diario vivir

Favián Omar Estrada Vergel.

Favián Omar Estrada Vergel.

26 Junio de 2012
12:23 pm

En el mundo de las intrigas.

Favián Omar Estrada Vergel.

Favián Omar Estrada Vergel.

26 Junio de 2012
12:22 pm

Luis, este cuento refleja el abuso del poder en manos de los ignorantes.

Francaditalia

Francaditalia

25 Junio de 2012
1:48 pm

Me gusta este texto, es rico en vocabulario. Encuentro palabras que había olvidado o que se me extraviaron. Está escrito en el español de Colombia, lo cual nos trae el país que se puede borrar si no se lo escribe.

Favián Omar Estrada Vergel.

Favián Omar Estrada Vergel.

26 Junio de 2012
12:26 pm

Sí un Español colombiano que es muy rico. Gracias y cordial saludo.