Los males de la época se pasean impunemente por las calles de Envigado, carteles, matones, sicarios, ladrones, la escoria del siglo. En una de esas calles hay una casa que se llama “Casablanca”. Es una gran estancia que hizo parte de la finca de una familia de la burguesía antioqueña cuando Envigado era aún un pueblo. Fuera de la casa hay violencia. Dentro de ella también. Pero la violencia de esta casa no es irrespirable como la de afuera. En esta violencia contenida que rodea a una mujer, Débora Arango, pintora colombiana, el terror que ahí se encierra infunde una inmensa paz.
Débora Arango… pronuncio su nombre mentalmente. Es ella quien me abre la puerta de su casa. No me conoce. Puede ser mi abuela, puedo ser su nieta. Débora Arango me recibe, parece conocerme, o mejor parece reconocer a gente como yo. Llegué a su casa en busca de una entrevista después de descubrir uno de sus cuadros ojeando un periódico de los años 50.
La pintora tiene ahora 79 años pero su figura de anciana deja entrever la personalidad de una joven. Débora vive encerrada pero conoce muy bien los códigos del mundo que rodea su casa. Me habla reposadamente, a mí que vengo del tropel exterior. Siento su delicadeza, casi su afecto. Vengo del mundo que ella no ha cesado de amar a pesar de que la haya olvidado.
Entrar en su morada es como penetrar en un santuario. Sus cuadros me suscitan algo de miedo. Ella me tranquiliza diciéndome que la violencia en Colombia fue peor. Mi idea inicial era dialogar con ella pero la suya fue enfrentarme a su mundo, ver sus cuadros, de todos los tamaños, colgados en pasillos, salones, en su taller, una inmensa pieza.
Débora Arango contabiliza cerca de 8 mil cuadros, una parte de ellos están guardados en “Casablanca”. Hay oleos, acuarelas, dibujos. Ella incluye desde los que regalaba a sus amigas de colegio hasta los medianos y grandes lienzos trascendentales elaborados en su juventud y en su edad madura. A lo largo de su vida esta pintora es una figura de excepción en Colombia. Es la primera mujer artista del siglo XX en haber abordado la violencia, la miseria y la locura de los hombres y de las que ella denomina “las instituciones”, como temas esenciales para sus pinturas. Y a pesar de su inmenso trabajo es también hasta ahora la más desconocida de las artistas.
Débora Arango vive encerrada en “Casablanca” regocijada, tranquila y protegida por los recuerdos familiares, el recuerdo de unos padres depositarios de tradiciones, que sin embargo dejaron explayar en ella un pensamiento libre, crítico y temerario. La artista dice haber encontrado en la pintura figurativa, de realismo patético, el llamado expresionismo, el camino para moldear su natureleza impulsiva y beligerante.
Fue en Medellín, su ciudad natal, en donde su pasión por dibujar y pintar se reveló al mismo tiempo que aprendía el abecedario. El lápiz y el papel fueron sus primeras armas y las ideas, que nacieron en una cabeza “convulsionada”, que la ayudó a superar los rígidos preceptos religiosos y la pasividad burguesa de su clase y de su época. Débora quería pintar el motivo de su tormento interior, la sociedad colombiana de los años 40 y 50 que se descomponía a las puertas de su casa protectora.
Guiada por la imaginación, Débora Arango logra plasmar con patetismo escenas de erotismo y de violencia. Sus pinturas acaban con la figura de curas y de monjas, reivindican damiselas y locos. Al principio pintó impulsada por un instinto que más tarde en su primera juventud, sabría canalizar Pedro Nel Gómez, su primero y verdadero maestro.
Cuando caminaba por los corredores de “Casablanca” en compañía de este ser irreal, emprendí un viaje hacia el pasado. Una máquina Singer de 1930 conservada como nueva. Los terciopelos de los cortinajes enlazados, impecables a pesar de los años, un teléfono de pared que “antes sólo recibía llamadas de Medellín y ahora truena desde cualquier parte del mundo”, y los muebles, poltronas, sofás, inmensas mesas de madera, mecedoras… un tesoro.
El aire de antaño de la casona protegida además con crucifijos, forma una perfecta paradoja con los dos lienzos que se ven al fondo de un pasillo, dos desnudos de adolescentes con rostros de locos que por fortuna me sacan de este espacio que se parece también a una morada de clérigos. Es en este mundo donde transcurre el diario vivir de una mujer cuyo trabajo muy poco tiene que ver con este ambiente de tradiciones mantenidas y consagradas en los objetos.
Débora ha pintado sin cesar, como si toda la vida se le hubiera ido con el pincel y la paleta en la mano, de no haber sido por esos años que ella dice dejó de hacerlo para convertirse en enfermera de su madre.
Débora tenía 20 años cuando ingresó a la escuela de Pedro Nel Gómez. Fue buena alumna, tanto, que logró alcanzar el manejo del color y del trazo de su maestro. Sus primeros trabajos harían pensar al famoso artista antioqueño. Pero no era ese su camino. Las inquietudes de la artista se orientaban hacia la realidad social de su tiempo.
Débora Arango entra a la edad adulta cuando en Colombia se comienza a sentir el olor de los cementerios improvisados de campesinos masacrados por la violencia política de los años 40. “No podía quedarme con el asombro de la señorita de mi época, ajena a la realidad”.
Débora desistió del matrimonio. Nunca escuchó el último grito de la moda ni el alboroto de las reuniones de la alta sociedad antioqueña. Tampoco le interesó la vida de monasterio. Ella escogió encerrarse en su casa taller para hacer de un pincel un cincel. Un cincel que rompiera la monolítica sociedad antioqueña, incapaz de soportar su primera exposición de mendigos, locos y adolescentes desnudas. Su serie “Adolescencia” (1943) le valdría la excomunión artística y social en 1948.
Desde entonces Débora Arango no volvió a exponer pero siguió pintando a contrapelo de la vanguardia hasta lograr obras admirables como “Salida de Laureano”, “El almuerzo de los pobres”, “El manicomio”, ”Los matarifes”, “La Verónica en el matadero” , un cuadro me cuenta, que nació de la escena muchas veces presenciada por ella en Medellín : “el paso por la calle hasta la plaza de la Macarena del toro destinado al sacrificio, un trayecto en el que se le trataba como a un cristo”.
Cómo imaginar que esta mujer, que nunca ha pisado un bar de bajo pelo, lo pueda plasmar en sus cuadros con la misma intensidad. Las meretrices de Puerto Berrío aparecen en las pinturas de Débora con el mismo color caoba, enfundadas en vestidos floreados, zurcidos, obesas, abandonadas...
Débora nos transporta al manicomio, con sus escenas de pánico y de esquizofrenia. En su serie de 15 cuadros sobre la violencia de los años 50, los colores de la bandera colombiana se mezclan con figuras de buitres y de fusiles, micos burlones, sobre un fondo ennegrecido, formando un mundo de símbolos patrióticos sórdido, que ella salva con el toque poético de sus pinceles. La crítica de arte Marta Traba le sugirió alguna vez que quemara “todos esos cuadros”.
Débora Arango ha decidido salir por fin de “Casablanca” y su primer gesto ha sido donar una parte de su colección al Museo de Arte Moderno de Medellín.
¿Por qué un silencio de tantos años? Débora Arango confiesa que ni ella misma llegó a creer en el valor de su obra. “Me convertí en mi peor crítica”. Las burlas de sus amigas, el rechazo de la sociedad mojigata a sus desnudos, la censura de las instituciones, terminaron por debilitar a la mujer y a la artista.
En el fondo es una razón estética la que la empujó al ostracismo: “Hoy se prefiere trabajar el concepto de la abstracción y yo hago todo lo contrario. No creo que la abstracción se adapte a un país como el nuestro. La pintura debe tener un objetivo, debe mostrar una realidad, debe hacerla palpable a los ojos de todo el mundo. Debe despertar adhesión, rechazo o simpatía. Debe transmitir un compromiso”.
Débora ha vendido no más de 10 cuadros en toda su vida. Es cierto que la artista ha prescindido de los “marchands d’art”, de los cocteles y de las galerías.
Hoy cuando Débora piensa en los varios años de olvido en que la tuvo Colombia, ella se regocija más con el interés que despierta su arte en generaciones como la mía: ‘La vida siempre nos brinda momentos felices aunque ya no tengamos la misma euforia para disfrutarlos”.
¿Debo llamarla Maestra ? le pregunto antes de salir de su casa : “No, para la mí los únicos maestros ya no son de este mundo”.
Envigado, finales de los 80.
Trabajé este texto nuevamente para rendir un homenaje a Débora Arango, tomando en cuenta la exposición que le dedica el Museo Nacional de Bogotá hasta el 19 de agosto de 2012.


Comentarios
Dorita1923
25 Julio de 2012
2:21 pm
Gran mujer es Débora Arango...
osgir
25 Julio de 2012
9:51 am
Esta es la personalidad de una verdadera hembra.
luisalejandrodiaz
25 Julio de 2012
8:40 am
Gran entrevista, a la mujer desconocida como todas las colombianas