31 de Julio de 2014
15 Noviembre de 2012 | Entretenimiento | (Perú)

Cómo ser un buen padre sin morir en el intento

Cómo ser un buen padre sin morir en el intento
Foto:

Lo primero que sentí al saber que iba a ser padre fue miedo. Sí, un miedo del carajo. Nada de mariposas en el estomago, ni estrellitas en el corazón. Perdonen mi realismo. Es que en un poema se puede ser romántico, pero en la vida real las oscuras golondrinas sirven para hacer estofado y las piedras blancas se usan para hacer pachamanca. Así es. Cuando me dijeron que iba a ser padre, sencillamente, me cagué de miedo.

“Salió positivo”. Así de simple fue la respuesta del otro lado del auricular. “Vas a ser papá”, continuó. ¿Estás segura? Pregunté, guardando un atisbo de esperanza en que todo se tratara de una joda para Tinelli. “Muy segura”, sentenció. La prueba de sangre tiene un porcentaje de certeza del 98%. Así que ya no había marcha atrás. Iba a ser padre.

En ese momento el mundo, mi mundo, se detuvo. Me quedé como dibujado sobre un fondo de plástico. ¿Papá yo?, me preguntaba una y otra vez. ¿Cómo? Y eso ¿dónde se aprende?. Ser hijo es definitivamente más fácil, papayita. Mis 26 años de experiencia como hijo casi único, así lo documentaban. Para ser hijo no hay nada que aprender, total se puede ser egoísta con licencia, se puede joder con libertad y arriesgarse a hacer mil pastruladas, al final, nadie depende de ti. Pero ser padre era otra cosa. Significaba tener una vida a cargo. Alguien al cual estarás ligado el resto de tu vida. Y para toda la vida, a alguien como yo, le sonaba a pena carcelaria.

En ese momento mis amigos se dividieron en tres: los festivos: “felicitaciones Anddy”, los alarmistas: “Y ahora qué vas a hacer” y los pragmáticos: “yo conozco un médico que hace abortos de calidad”.  No juzgo a nadie, total, cuando me tocó estar del otro lado, en más de una oportunidad había ofrecido esas respuestas.

Finalmente decidí seguir adelante. Con dudas aún, pero qué ¡mierda!, había que seguir adelante.  Al principio, como el 95% de futuros padres primerizos deseaba que mi vástago fuera varón. Muchos años de leer a Nietzsche y la teoría del superhombre me hacían tener la pretensión de encontrar en mi futuro hijo la materia prima para llevar a cabo este proyecto.

Un varón. La continuidad del apellido. Un varón. Ir al estadio a ver a Alianza. Un varón. Embriagarnos en mi cumpleaños. Un varón. Alguien con quien hacer dibujitos con la pichi en la calle.

Y en ese momento todo el mundo se volvió obstetra. Que la barriga en punta es mujer. Que la barriga así es hombre, que la barriga asá es niña. Que los latidos, el movimiento, los antojos, todo era síntoma de un sexo u otro. Hasta resucitaron la cábala de la cadenita de la abuelita. Y como ya estaba harto de especulaciones, a los 5 meses llevé a mi mujer a hacerse la dichosa ecografía 4D, esa que sale a colores, con audio y video y en la que no queda dudas porque le puedes ver hasta los pedos a tu bebé.

“Es una niña”. Dijo el doctor. ¿Está seguro?, recuerdo que se lo pregunté tres veces. Yo no entendía como reconocía el sexo en medio de esa marejada de líquido amniótico y el movimiento de las piernas del bebé. “Doctor, yo no lo creo hasta que me demuestre científicamente que ese bebé es una niña”, le dije con cierta dureza. Y efectivamente, luego de varios encuadres, hizo un zoom, y congeló la imagen donde se veía claramente la vulva y escribió con algo de cachita en el monitor: sexo: femenino.

La madre, obviamente saltaba de felicidad. Y a mi me venia a la mente, con cierta mezcla de sentimientos, la canción de Lucho Barrios: “Es mi niña bonita...” Bueno, qué se va a hacer, dije para mis adentros. Pero, con el pasar de los meses, al ver el video de mi hija en el vientre materno, saltando, abriendo la boca y sujetándose los pies, algo en mí comenzó a cambiar.

Por primera vez, a pesar de los meses, había tomado conciencia de lo egoísta que había sido hasta ese momento. De lo mucho que me faltaba aun por aprender y de la difícil tarea que me tocaba en adelante.

El 10 de septiembre nació mi hija. No estuve presente en el parto. No por falta de valor, sino porque en la Maternidad de Lima no le permiten a los padres estar presentes a menos que tengas vara o plata. Como yo no tengo ninguna de las dos,  recibí la noticia mientras veía el ranking de Animal Planet al Extremo.

Pude ver a mi hija recién al día siguiente. Emocionado saqué la cámara fotográfica y casi babeando le tomé todas las fotos que pude. Mi bebé era tan roja el primer día de nacida que no sabía si era mía o la hija de Hellboy. En fin, con mucha torpeza la cargué, mientras al hacerlo sentía todo el temor del mundo en mis brazos, porque se veía tan frágil, que pensaba que un movimiento equivocado podría quebrarla como un cristal.

“Qué tranquila es”. Le dije a mi padre. Y es curioso, porque en ese momento, como si hubiera despertado de un letargo empezó a llorar y a demostrarme que tenía buenos pulmones. Si hay algo desesperante en el mundo, es ver como llora un bebé y no saber como callarlo. Inmediatamente vino su madre a rescatarme y darle su porción de leche materna. Santo remedio. Por el momento.

Los meses siguientes comprobé que mis noches nunca volverían a ser las de antes. Moraleja: si quieres ser padre abre una cuenta de ahorro de sueño, porque es lo que más te va a faltar cuando nazca tu hijo y sufra de gases.

Mi hija tiene ahora 1 año y tres meses. Es una criatura preciosa a pesar de tener un padre tan feo. Y me ha enseñado a lo largo de este tiempo, que el mundo no se acaba en donde termina mi nariz. Me ha enseñado, a pesar de mi terco egoísmo que se resiste a morir, que ya no estoy solo, que ahora debo pensar en dos y hasta en tres. Me ha enseñado que el amor se viste de muchas formas extrañas y que puede estar presente en una (o varias) trasnochadas, en una pataleta por un Barney o un pañal con caca.

Me ha enseñado que hay cosas que están más allá de un libro de Freud, de Feuerbach o Marx. Y que definitivamente no hay nadie que te pueda enseñar a ser un buen padre, porque es algo que no se puede buscar en google, ni se puede instalar como un programa, ni se puede convertir en una cátedra; ser padre es algo que se aprende sobre la marcha, con alegría y sufrimiento, a regañadientes o con intención, con determinación o por azar.

No importa, ser padre es saber que no importa lo que hagas, ni cuanto huyas, siempre tendrás al alguien que te jale de la pierna para que lo cargues, alguien que te despertará en las mañanas con un golpe o con un beso, alguien que te apagará la computadora cuando estés a punto de terminar un texto, y sobre todo, alguien que te recordará en cada sonrisa que la felicidad aun es posible en este mundo.

Por: ANDDY JOEL LANDACAY HERNANDEZ/

VOTOS: 3
Cómo le pareció esta publicación?
Su voto: Ninguno (3 votos)

Opiniones

0

Este es un espacio para la construcción de ideas y la generación de opinión. Este espacio busca crear un foro constructivo de convivencia y reflexión, no un escenario de ataques al pensamiento contrario.

Para opinar en esta nota usted debe ser un usuario registrado. Regístrese o ingrese aquí