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05 de Febrero de 2012
31 Agosto de 2010 | Entretenimiento | (Colombia)

Puñaladas de Amor

Puñaladas de Amor
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Todo fue mucho más fácil de lo que pensé. Si bien es cierto que sentí que me crecía una yuca dentro de mí, sé de historias donde les duele las primeras 5 o 6 veces, otras sangran por meses, y las peores, no quieren volver a hacerlo. Jamás. Puede ser punzante, enloquecedor, traumático, pero no fue así. El tubérculo crecía, me lastimaba, pero en el momento en que salía, el dolor desaparecía, dejándole espacio sólo a ese olor que nos consumía.

Trauma no hubo, pues lagrimas no emanaron de mis ojos, que cerrados, sólo se apretaban cada vez que arremetían contra mí, por más suave que fuera. La respiración se me entre cortaba, pero me mantuve firme, sin gritar, sin ceder, como toda una mujer que es capaz de soportar las pruebas más duras por amor. Por este sentimiento cálido que crece en mi interior me deje apuñalar con carne en la carne, como escape a esa percepción que es mezcla de hormonas y detalles, pues se estaba anudando en mi interior, haciéndome pesada, con ganas de explotar. Necesitaba esa intromisión a mi soberanía, la cual invite y recibí con honores, saludo militar y trompetas, que terminaron entonando un minuto de silencio en honor a mi virginidad que había sido asesinada, o mejor dicho, que se había suicidado, al encontrar una daga de amor que me perforara, con cabeza fría, o no tan fría, para marcarme el resto de la vida, para partirme a mí y a mi historia en dos.

Después de la ceremonia inaugural él se dispuso a cumplir su misión. La primera arremetida fue, según él, suave y con amor, de lo cual estoy segura, pero la sentí en los más profundo de mi pelvis, en el ombligo, y creo que hasta en la garganta. No sabía qué hacer, si parar, o con coraje y amor, armarme para poder recibir de la mejor manera ese batallón que llegaba a mí, pero que en este momento, más que cumplir su meta de complacerme, me estaba afectando la vagina, y sobre todo, mi inocencia, me infancia, que estaba siendo masacrada por los soldados del amor. Fue el único momento en el que entendí ese dicho popular de ‘porque te quiero te aporrio’.

Marque la sabana, que fue blanca pura, y luego quedó como testigo de un encuentro puro, amoroso y doloroso, donde fue sellado nuestro amor, nuestra relación. Un rastro de sangre fue creado en el centro de la sabana, y cual se fue multiplicando, hasta llegar a la almohada, donde sus huellas quedaron impresas, huellas que nunca se volvieron a quitar y que permanecerán tanto en el cobertor como en mi espalda, y cada rincón de mi cuerpo que tocó aquella noche.

El tiempo tocaba en nuestra puerta, pero nunca logro entrar a nuestra pequeña burbuja, donde éramos inmunes a todo, tiempo, calumnias, y hasta de mi conciencia matemática de niña chiquita que gritaba desde afuera que parara, que la estaba destruyendo con cada penetración.

En el punto en que no pude más, y pepe salió de mí por el resto de la noche, o día, no estoy segura, comenzó una conversación sin palabras, sólo entre nuestros pensamientos, que se podía conectar de manera perfecta después del acto de amor que había acontecido. Su corazón y el mío estaban unidos en un unilatir, al mismo ritmo, con la misma taquicardia de saber que era una mujer, y que era una mujer que tenía al lado al hombre que en medio de la faena le había dicho ese mítico te amo. Fue como descansar, después de un día perdido en la selva, en una laguna llena de nubes densas, que se adhieren y moldean el cuerpo, que lo único que hace es dejarse caer y ser consentido por el celaje que te recibe de manera bella, de la manera como sólo puede descansar una mujer. Nos acostamos encima de la pincelada de sangre, y nunca volví a dormir de la manera en que lo hice aquel 28 de Marzo del 2010.

Por: JuanJoseJ

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