



A quienes enseñan la historia del Cristianismo basándose en lo escrito (a su gusto) por el antiguo clero Católico, quiero indicarles, brevemente, la verdadera historia:
Resulta que el "Cristianismo primitivo", instituido por Jesucristo y dado a conocer por los apóstoles, mantuvo su pureza durante algún tiempo, para luego ser deformado por las tradiciones humanas, las doctrinas de hombres, las contaminaciones paganas y otras cosas extrañas y ajenas a dicho Cristianismo. Así fue como este Cristianismo vino a quedar desfigurado, y así se conserva en la Iglesia Católica hasta el día de hoy. Sin embargo, desde aquel entonces, y en todos los tiempos, hubo Cristianos que se esforzaron por conservar sin impurezas su Cristianismo original, y lo practicaron donde quiera que les tocó vivir, arriesgando con ello hasta sus propias vidas. Los valdenses, dirigidos por el italiano Pedro Valdo (1140 - 1217), fueron los primeros en poseer un Biblia, manuscrita, traducida a su propio idioma.
Después surgieron los Reformadores, procedentes del seno mismo de la Iglesia Católica, y casi todos ellos pertenecientes al clero. Los Reformadores fueron muchos, pero solo unos cuantos son bien conocidos. El primero de ellos fue el inglés John Wyclef, en el siglo XIV. Después apareció el checo Juan Huss, teniendo como colaborador y compañero a Jerónimo. Un siglo después de Huss se levantó Martín Lutero, en Alemania, cuyo colaborador más importante fue Melanchton. Asimismo surgieron Reformadores en otros países. En Francia Lefevre, Berquin y Calvino; en Suiza, Zwinglio y Farel; en Holanda, Memno Simonis; en Dinamarca, Tausen; en Suecia, Olaf y Lorenzo Petri; y en España Bartolomé Carranza, Arzobispo de Toledo, además de Domingo de Rojas, Agustín Cazalla, Constantino Ponce y Juan Gil.
Todos estos hombres, movidos por la Providencia de Dios, se adentraron en el estudio concienzudo de las Sagradas Escrituras, hecho que les permitió llegar al conocimiento del Cristianismo bíblico, al cual abrazaron sin dilaciones. Era para ellos algo casi desconocido, pues siempre habían vivido con los ojos puestos en las enseñanzas de la “Santa Madre Iglesia”. Pero ahora se encontraban, frente a frente, con el Cristianismo auténtico, primitivo, consignado en el Evangelio, y no podían hacer otra cosa que acogerlo con agrado. Además, comprendían que era necesario y urgente divulgarlo, ya que estaban seguros de que el pueblo Católico no conocía otro Cristianismo que el que había recibido del clero, pues la tenencia y la lectura de La Biblia les habían estado vedadas desde hacía varios siglos.
Desde luego, este Cristianismo auténtico difería del que profesaba la Iglesia Católica, pero ésta, sabiéndose dueña del poder, había decidido que también era poseedora de la verdad. Así, pues, desde los tiempos de los Cristianos primitivos ya mencionados, la Iglesia había resuelto curarse en salud y blindarse proclamando que el único Cristianismo verdadero era el suyo, y que toda Doctrina que no concordase con él era “corrupta herejía”, y punto. De esta manera, ¿quién que no coincidiese con la Iglesia Católica podría tener la razón?. Obviamente, nadie. Por eso, quienes juzgaban a los Reformadores se limitaban a exigir retractaciones, dando por sentado que estaban equivocados al haber enseñado cosas que diferían de la Doctrina infalible de la Iglesia Católica. Dichos jueces, legados del Papa, ni siquiera intentaban esgrimir un argumento bíblico para probar que los Reformadores estaban en error.
De todas maneras, los Reformadores, no podían retractar las verdades bíblicas que habían enseñado, por que eso equivalía a declarar que las Sagradas Escrituras estaban equivocadas. Por tanto, se mantuvieron firmes. Algunos de ellos terminaron en la hoguera.
Pero los padecimientos de los Reformadores (persecuciones y muerte) no fueron inútiles. Hoy en día el Cristianismo auténtico ha llegado hasta los rincones más apartados del planeta y sus practicantes se cuentan por centenares de millones.


