



Juan José Jaramillo
“Si dejas de satisfacer los deseos de tus pasiones sensuales, hallarás sosiego y paz para tu alma.”
-Kempis
La sangre formaba un camino a lo largo de su ante-brazo, manchándole las mangas de su camisa blanca y cuadros rojos. Llevaba mucho tiempo sin sangrar por los cayos pero era obvio que le iba a ocurrir; durante toda la mañana había recolectado moras. Se le avecinaba una ardua tarea lavándolas si quería que el dulce tuviera su calidad habitual, esa calidad que lo destacaba en el pueblo, que infudaba respeto y le permitía sobrevivir. Pero la canasta estaba condenada, no resistiría otra lavada más, ya las fibras estaban demasiado trabajadas y seguro desistirían frente a una nueva estregada.
En la cocina, mientras depuraba las moras de la mancha laboral, recordó el último libro que había leído. Instantáneamente vomitó sobre las moras limpias; fue involuntario e incontenible. El mero recuerdo de los excesos, sobre todo sexuales, de Michelle, destruía a cañonazos sus bases morales, bases que sostenían su desarrollo armonioso del día a día, pero que desafortunadamente en la sociedad habían sido carcomidas con el paso de los años, lo que generaba en él una decepción frente a la humanidad, una tristeza que inhabilitaba la capacidad de contener sus jugos gástricos en el lugar debido, y fue esa repulsión quien ordenó a su desayuno deshacer el camino hecho temprano en la mañana.
Dentro de sí nunca creció esa bacteria que se apodera del subconsciente y en muchos casos del consiente humano y que lleva a los hombres y mujeres a desperdiciar su energía sexual, derrochándola en bacanales, ya sea por necesidad, excesos o extravagancias dionisiacas, y que luego, estaba seguro, erguían un monumento en la cárcel donde se encontraba la moral a Inconformidad y Desesperación.
Inconscientemente destruyó una mora con sus dientes que por pura poesía de la vida era la número 35 que arreglaba, la misma cantidad de años que cumpliría ese Noviembre. Agrio, rancio. Fue lo único que su lengua le grito desesperada. La escupió.
Virgen entre los vírgenes, nunca había siquiera pensado en despilfarrar su bastión de poder hasta encontrar la dama perfecta que fuera capaz de explotar en él su inmensa capacidad de amar. Puro de acto y mente, siempre había sido capaz de ver con claridad cuanto vigor albergaba en él, y sólo penetraría en las profundidades femeninas cuando estas correspondieran su amor.
Pero esa potestad estaba lejos de ser aplicada, pues esa figura, sabía perfectamente, era físicamente inalcanzable. Aparecía siempre que sus parpados se besaban, y la inspiración era para los 33 poemas que había engendrado en su corazón, todos con perfecta rima y simetría. Cada 28 días preparaba una cena para dos, la servía junto a un estanque de agua clara que la reflejaba, donde los patos la acariciaban y de vez en cuando distorsionaban su contorno, mientras las chicharras deleitaban con una serenata conmovedora y melancólica a su luz, por su luz y para su luz. Él comía con gusto, pero intacto siempre quedaba el plato de ella.
Soportaba los días desahogando su amor en postres y dulces de mora que vendía, a mísero precio, los domingos en la plaza del pueblo, siendo este su único contacto con la gente. En las noches se tendía en la hierba y contemplaba, con los ojos cerrados, la belleza de su Belleza, la hermosura de su Hermosa, y podía sentir como siempre era coronada por el Tiempo con una aureola por ser dama entre las damas, por ser la inspiración de los hombres, la marea y del sol; por enloquecerlo a él, más que a los lobos, todas las noches, despertando cada célula de su cuerpo y cada partícula de su alma.
No recordó que era su cumpleaños hasta bien entrada la tarde, en el momento en que regaba sus geranios, todos blancos y rojos, sembrados uno junto al otro, colgados de la casa, junto al estanque, y prácticamente en cualquier lugar que tuviera espacio para albergar el tributo a la bendición femenina, en rojo, y a la clara masculinidad. Un día especial debía ser, pues notó que del tallo de cada mata se engreía una flor, de pétalos al sol, pigmentados como nunca, espectáculo reservado hasta ahora, y que despertó en él la idea de que diferente debía ser ese día.
Lo dominó un afán incontrolable, pues su amor lo encontraría sucio y con las manos llenas de cicatrices, el pelo largo y suelto, pues sólo pensaba cortarselo el día en que debutara en las mieles del amor; la barba larga, y con un olor que milagrosamente no seco los capullos. Entrada la noche, en galardonado como nunca y acicalado como siempre, dio las pinceladas finales a la cena, que producía un orgasmo a las fosas nasales únicamente con rosarlas.
En el cielo despejado no había un astro que interrumpiera la cita fijada para esa noche. La luna, su Luna, siempre incumplida como las pretendidas que saben manejar a los cortejantes, apareció justo cuando la explosión de colores desaparecía por el Oeste. Tenía un resplandor naranja, que contrastaba con la parca que parecía sumir la noche, y que la hacía ver más mística y enigmática que nunca. Presentía que esa velada sería magnifica, distinta.
Después de mucho comer, quedó tendido en el suelo, abrumado por el cansancio, la satisfacción y el amor que merodeaba en el ambiente disfrazado de claridad y frío. Su mente, moldeable e impetuosa como el agua, escurriéndose fue por varios escenarios, inverosímiles algunos, otros más que reales; ideales. De repente se encontró en una playa, donde el silencio gritaba sin parar, creando un sonido nulo que pacificaba el alma y ensanchaba el corazón. Tendido en la arena, sin poder moverse, sin querer moverse, fue siendo arrastrado por la marea nocturna, poco a poco, hasta llevarlo a aguas profundas. En la inmensidad azul, su cuerpo no flotaba; era sostenido por el mar y su espuma, mientras su ropa iba quedando en el camino, atrás, sin regresar nunca a él, o él regresar nunca a su ropa.
En el horizonte marino se podía ver como su amor reflejaba la luz del sol, mientras que con el paso del tiempo se veía cada vez más cerca. De pronto la vio encima, demasiado cerca y sintió que la podía acariciar con sus dedos. Sus yemas se estiraron, se movieron y cuando sintió que la alcanzaba, que su corazón latía fuerte y su animal se despertaba, dejó de respirar. Muerte natural. Muerte de amor. Muerte por amor.
Se apagó sólo, a la luz de la luna, su razón de vivir, la que le privó en vida pero remunero en muerte. Para el entierro, sus clientes hicieron un ataúd de pino, improvisado, donde dejaron un cuadrado de vidrio encima de su cara para que sus ojos pudieran contemplar a su amor, sin saber que él estaba a su lado, acariciándola, venerándola igual que como hizo en vida. Arriba, mientras la despojaba de su aureola, preparándose para una unión entre alma y luz, al cadáver le cortaban el pelo, sabiendo que su sueño se estaba cumpliendo, pues esa noche, noche de luna llena, la dama no se presentaría.



Comentarios
Aracataka
11 Septiembre de 2010
10:24 am
...que cuento!...me gustó! logra despertar el interes y leerlo hasta el final....saludos cordialisimos!!
criticoncolombiano
10 Septiembre de 2010
3:39 pm
Disculpa, mi teclado esta fallando, Por aqui estuve para leerte.
criticoncolombiano
10 Septiembre de 2010
3:38 pm
Por aqui estuve pàea leerte.
criticoncolombiano
10 Septiembre de 2010
3:38 pm
Por aqui esruve para leerte.