

“Buscar la felicidad en la satisfacción
sensual es una equivocación porque
siempre se queda uno insatisfecho.”
- Irala
Malditas hormonas,
pues son soldados capacitados
de corromper hasta el más fuerte de los iniciados.
Enfilan, firmes como yegua trotona.
Mis ganas de entrar para eyacular
no tenían par.
Con una pastilla abordo
saco la represión de lo más hondo.
Su vulva ardiente en mi espalda
hace reverberar mi sangre helada.
Se toca y gime;
se nota que finge.
Sin más, exploto fuerte y decidido cual cohete
que lanzaron sin mayor deleite.
La babaza recorre su vientre
y súbitamente para atrás echa su frente.
Mis instintos, reprimidos en jaula de bronce, se saciaron
y de paso conmigo acabaron.
Su presencia, latente e insípida, se hace insoportable
y la insatisfacción se cree indomable.
Me volteo para continuar
con su farsa de su masajear.
Me monta;
sabiendo que de ella brota
un carácter forjado insatisfecho
por mi corto, simple y aburrido trecho.
Su vulva ardiente en mi espalda
me hace desear, más que la inmortalidad, que cubierta esté por una falda.
Mi conciencia, fresca y rencorosa, me tortura
por ese imperdonable acto de locura.
Finalmente a bañarme salgo
cubierto por una densa capa de apestoso fango.
La emanación, con penetrante aroma a pescado, de sus jugos
todavía me recorre a jurgos.
Estúpido jabón con estropajo;
ninguno cumple con su trabajo,
dejándome envuelto, como muerto en mortaja, en su-ciedad.
Confieso que espero que lo sucedido ustedes lamentad.
Mi miserable lengua,
que estuvo dentro su roja y clara cuca que mengua,
pudriéndose cree estar por debajo,
y de repente soy un asqueroso y baboso renacuajo.
Me juro que esa barbarie
repetida jamás será.
A los otros viejitos se la dejare,
pues soy joven y más capaz.
Entiendo cuando cursimente decían mis padres
“Juan: sexo sin amor no vale,”
y ahora les profiero que si vale,
pero pa´ meterse un tiro!
Y la culpa de todo es de las
malditas hormonas.


