19 de Diciembre de 2014
28 Enero de 2013 | En Imágenes | (Estados Unidos)

La posesión del Presidente Obama

Imagen asociada
Imagen asociada

El 20 de enero del 2009, cuando el Presidente Obama se posesionó, el mundo respiró con alivio, la celebración recorrió los 5 continentes y el pueblo estadounidense se detuvo para ver la ceremonia y mostrar su orgullo, hubiese o no votado por él. Mientras un millón ochocientas mil personas lo hacíamos apiñadas en el 'National Mall' para combatir el frío y compartir la esperanza, 34 millones lo hicieron en sus casas, sitios de trabajo y en la calle, reunidos con familiares, amigos y extraños.

En  Washington DC, en el 'downtown', cerca al Centro Verizon y en el barrio chino,  los jóvenes danzaban, 'rapiaban' y vendían a manos llenas afiches, pines, vasos, fotos, almanaques, afiches, camisetas: una alivio económico para ellos y una oportunidad para nosotros, ansiosos de materializar el recuerdo de ese día histórico. En otras ciudades del país y del mundo sucedió lo mismo. Fue una celebración de risas y de llanto, de alegría y de esperanza.

Este lunes, cuatro años después, solo la mitad acudimos al ‘Mall’ y solo 20 millones lo vieron en televisión. No hubo llanto, ni risas, ni cantos, ni esperanza. Solo la sonrisa del triunfo y la afirmación de cada uno, a veces compartida con el vecino, de ‘ahí lo pusimos’, ‘ahí lo queremos’, sin saber ni especificar por qué ni para qué.

Quienes concurrimos y celebramos fuimos  las mujeres de todas las razas y edades. Los afroamericanos. Los jóvenes. Algunos latinos y bastantes miembros de la comunidad LGBTQ. En otras palabras, la amplia coalición que nos la jugamos con nuestro voto de confianza para asegurar su continuidad. Curiosamente, todos hacemos parte de esas minorías que no han tenido ni voz ni participación pero que entendemos el poder, el inmenso poder del voto libre. Y nuestro voto sumó.

El presidente lo sabe. Lo demostró en las decisiones anteriores a la posesión y lo enfatizó en su discurso. Myrlie Evers Williams, afroamericana y viuda de Medgar Evers, un activista de los derechos civiles asesinado en Mississippi en 1963, fue seleccionada para la el preámbulo  inicial; Richard Blanco, poeta gay de origen hispano compuso y leyó la oda para celebrar la posesión; Eva Longoria, importante actriz, hizo parte del Comité de Campaña por Obama fue la presentadora de la “Gala Latina Inaugural” en el Centro Kennedy, y Sonia Sotomayor, Magistrada de la Corte Suprema, primera hispana en el cargo, fue escogida para juramentar al vicepresidente, tanto en privado como en la ceremonia pública. Personajes que representan a esa coalición de minorías responsables de la reelección y que por primera vez se incluyeron.

También estuvimos en su discurso y los presentes lo vivimos: al  mencionar 'Seneca Falls', el aplauso fue grande. Al incluir 'Selma', el grito calentó el ánimo. Y al referirse a 'Stonewall', las banderas del arco iris salieron de la nada y llenaron el espacio, ondeando con las miles de banderas del país repartidas entre la multitud.

Seneca Falls, Selma, Stonewall. Esos tres nombres no son poesía. Son la referencia precisa a tres momentos claves en la lucha por los derechos: en Seneca Falls, en el Estado de Nueva York, el 20 de julio de 1848, la convención y lucha de las mujeres para ganar el derecho a elegir y a ser elegidas; en Selma, donde un primer grupo de 600 líderes intentó marchar hacia Montgomery, capital de Alabama, el 7 de marzo de 1965, pidiendo la igualdad plena de derechos para los afroamericanos y a su reconocimiento como personas humanas y dignas; y Stonewell, el hotel del Greenwich, en la ciudad de Nueva York, donde desde el 28 de junio de 1969, la comunidad gay protagonizó violentas protestas contra el hostigamiento policial y para exigir respeto a su opción sexual.

Seneca Falls, Selma, Stonewall. Tres momentos claves en la historia de los derechos civiles de estados Unidos. Tres nombres que representan años de lucha, de muertes, de protestas. Tres nombres que todos los abanderados por el pleno reconocimiento de los derechos de las minorías entendemos sin necesidad de que nos menciones que, como, cuando y donde pasó. Por sí solos evocan la cadena de hechos y circunstancias que los produjeron y su desarrollo posterior.

Tampoco se olvidó de los hispanos y prometió la reforma migratoria que todos deseamos para nuestros compatriotas indocumentados. Un total de 12 millones que viven en las sombras, sin ningún derecho, sin protección de salud, y esperando que caiga sobre ellos la deportación a países que no los quieren, que los han expulsado con sus políticas económicas de empobrecimiento y sociales de violencia.

Sabemos que el presidente es un político. Que sus promesas se pueden quedar solo en eso: simple retórica. Que no tiene control ni sobre el Senado, donde se requieren 60 votos y solo se tienen 54 más dos independientes. Menos en la Cámara, donde solo hay 201 demócratas, no todos a favor de una agenda progresista, y la mayoría se hace con 219 votos.

Pero está ahí. Nos representa. Es el último muro que tienen que pasar los otros poderes, en especial el legislativo, para quitarnos hasta el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, para coartar el voto con reformas que lo hacen más difícil para las minorías, para expulsar el talento joven, y para impedir que las ayudas sociales en salud y en apoyos económicos se supriman. El tiene que ser ese muro. Lo ideal sería avanzar hacia una sociedad más incluyente e igualitaria, como él lo planteó en su discurso, llamando a que seamos partícipes activos. Pero mis esperanzas mueren ante el poder del capital y la fuerza ultraconservadora que recorre el mundo. Esa es la triste realidad de nuestra época. 

Por: Elsa Tobon/

VOTOS: 6
Cómo le pareció esta publicación?
Su voto: Ninguno (7 votos)

Opiniones

0

Este es un espacio para la construcción de ideas y la generación de opinión. Este espacio busca crear un foro constructivo de convivencia y reflexión, no un escenario de ataques al pensamiento contrario.

Para opinar en esta nota usted debe ser un usuario registrado. Regístrese o ingrese aquí