

Cursaba primer semestre de Administración Ambiental en la Universidad Tecnológica. Creo que era el año 1999. Mi único contacto con la política lo había tenido mediante un trabajo fugaz con una entidad pública, en la que tuve que ver a los funcionarios de dicha entidad favoreciendo manzanillos con dineros públicos en época electoral y prometiéndole a la gente más humilde cosas que nunca se cumplirían. Un grupo de señores que solo había visto en afiches, de lejos, al verlos en el día a día, de cerquita, me generaron una apatía gigantesca por la política y los políticos.
Entré a la universidad pensando y diciendo lo que todo el mundo expresa. “Que todos los políticos son iguales”. Recordaba como estos tipos eran paredes para adentro, la antítesis de sus discursos llenos de sensibilidad social y preocupación por los débiles. Hábitos decadentes, incompetencia, mentiras, arribismo y fantochería.
Recuerdo haber entrado desprevenido a la cátedra de administración general. Llegó un tipo delgado, con un blazer de cuadros y paso acelerado que se acomodaba las gafas a cada rato. Dijo que se llamaba Aurelio Suarez, y en tono ameno y apasionado nombró una por una, y sin mirar un solo apunte, cada una de las escuelas de la administración. Siempre me pareció que tenía algo distinto a las demás personas.
Con el paso del tiempo me dí cuenta que ese profesor participaba en política, por que lo ví casualmente por uno de los canales regionales, dando un debate contra la privatización de una empresa del municipio. Tras un tinto casual con él, entendí que lo que lo diferenciaba de los demás era ser el mismo las 24 horas del día. Vivir de acuerdo a su discurso.
Una vez, lo abordé en un restaurante y le dije sin saber absolutamente nada de política que quería acompañarlo en “eso que él hacía”. De ahí en adelante, me reconcilié con la política y entendí que no participar de esta nos aleja como ciudadanos de los temas más importantes de la sociedad. Comprendí la importancia de tomar parte activa de la historia, de acompañar las movilizaciones de aquellos colombianos marginados del desarrollo, y entedí ante todo, que no todos los políticos son iguales.
A estas alturas, creo que ya olvidé las escuelas de la administración. Pero de ese profesor me quedó la sensibilidad social, la constancia, y la convicción profunda de que es posible transformar este país en un mejor lugar del que heredé.
Por las calles de Bogotá se ven unos afiches amarillos del ahora candidato a la alcaldía preguntando ¿Quién es Aurelio? Pues bien, yo lo supe hace mucho, y estoy feliz de formar parte de esa lista interminable de personas cuya vida fue influenciada por sus enseñanzas. Ojalá los bogotanos sepan valorar al mejor candidato a la alcaldía que hayan tenido jamás.



Comentarios
Elsa Tobon
3 Septiembre de 2011
8:33 pm
Tienes razón: no todos los políticos son iguales y es necesario que todos nos involucremos más en los procesos y entendamos que todo es político. Me apena que un político bueno como él, sufra por las inconsistencias del Polo, que no supo deslindarse a tiempo del carrusel de la corrupción. De verdad, sigue participando y creyendo.
osgir
3 Septiembre de 2011
2:03 pm
Lástima que aquí eso no se reconozca sino que sea motivo de mofa.
luisalejandrodiaz
3 Septiembre de 2011
11:08 am
Sócrates me ha educado en el favorecimiento de la buena fe política. Marx, Engel, Platón y muchos más estudiosos de la correcta política.