

Se recita en las iglesias católicas una oración que invita a pedir perdón por los pecados en cuatro niveles; pensamiento, palabra, obra y omisión. La corrupción funciona de la misma manera. Y todos hemos participado de esa corrupción en alguno de esos niveles.
Se ha vuelto común hablar sobre la corrupción que carcome nuestras instituciones públicas, para lo cual no ha habido reparos a la hora de describirla. Esto hace pertinente que nuestra sociedad tome acciones que busquen erradicar este mal arraigado en nuestros estamentos, para lo cual, se formalizan propuestas para castigar ejemplarmente este tipo de conductas; creyendo que esa es la salida a esta problemática.
Estas medidas no son nuevas en la historia de las naciones y sus resultados no son propiamente exitosos en materia de lucha contra la corrupción. De hecho, esto nos lleva a tratar de comprender el fenómeno de la corrupción como algo más profundo; algo más allá del simple deterioro de las finanzas públicas a favor de unos pocos, o el tráfico de influencias en detrimento del bienestar común.
Para empezar, sería bueno cuestionarnos a nosotros mismos, como ciudadanos del Estado Social de Derecho si actuamos en consecuencia de la transparencia que exigimos de nuestros gobernantes. De hecho, en nuestro país escogemos a nuestros gobernantes con menos del 35% del potencial electoral, a pesar de que las elecciones ocurren en día domingo y solo hay que presentar la cédula de ciudadanía en la mesa en que el ciudadano decide inscribir de manera gratuita. Es fácil ver en las estadísticas de los canales privados de televisión el número de votantes que participan por la salida o permanencia de un competidor en uno de sus reality show, para lo cual tienen que pagar dinero por cada mensaje de votación enviado.
La participación de votantes en un programa de televisión podría perfectamente ser un plebiscito que revocara el mandato de cualquier Presidente y Congreso de la República, además de los alcaldes y gobernadores del país. Sin embargo, cuando a ese mismo pueblo se le invita a que vote para decidir por la salud de su familia, el empleo, la educación, la riqueza de la nación, su representación en las corporaciones públicas, este pueblo se muestra indolente; en su inmensa mayoría no asiste. De los pocos que asisten a las urnas, muy buena parte vende su voto excusándose en la pobreza y necesidad, otra parte se niega a razonar su voto, otros por mantener un puesto público para sí mismos o su entorno y una muy pequeña parte lo hace a conciencia.
Con este balance de indiferencia hacia lo público por parte de nosotros como ciudadanos, es muy poco posible que las mejores personas, en capacidad e integridad, lleguen a la administración pública. Si a esto le sumamos el hecho de que no utilizamos de manera frecuente ni adecuada los mecanismos constitucionales de control ciudadano a nuestros representantes, tenemos como resultante a unos servidores públicos ineficientes, inoperantes, corruptos, sin temor de ser castigados o reconvenidos por sus acciones.
Esa es la corrupción de la cual nos quejamos, pero son resultado de una ciudadanía mediocre como la nuestra. Se recita en las iglesias católicas una oración que invita a pedir perdón por los pecados en cuatro niveles; pensamiento, palabra, obra y omisión.
La corrupción funciona de la misma manera. Y todos hemos participado de esa corrupción en alguno de esos niveles. La cosa empeora más aún cuando nosotros, en un acto de hipocresía, nos vemos favorecidos de ese actuar corrupto al encontrarnos emparentados de alguna forma con estos dirigentes.
Nos quejamos de la corrupción, pero aspiramos soterradamente a tener algún tipo de influencia personal con quienes detentan el poder público para obtener beneficios en primera persona, porque lo peor de la rosca es no estar en ella. En resumen, como ciudadanos somos desidiosos, poco o nada participativos, ventajosos, clientelistas, no pensamos en el bienestar público sino en el personal; es decir, somos iguales a los políticos de que nos quejamos escandalosamente, presumiendo una superioridad moral que realmente no tenemos.
Hasta ahora esto es superficial, ya que este tipo de conductas son replicadas y transmitidas a nuestras nuevas generaciones con enseñanzas dañinas como “El vivo vive del bobo”, “por la plata baila el perro”, “Deje así. ¿Para qué se pone en esas?” entre otras, encaminadas a perpetuar conductas corruptas en nuestra sociedad, que posteriormente se hacen visibles en la administración pública.
Es esa misma actitud que aplaude el contrabando, la elusión y evasión de impuestos, el negocio leonino y el narcotráfico como una gran proeza y muestra de inteligencia por parte de quienes los cometen y no se dejan atrapar.
Puede sonar muy duro e hiriente, pero muchos de nuestros dirigentes nos representan legítimamente porque son tan corruptos como somos la mayoría de quienes les hemos confiado los cargos de representación. Es esa misma razón por la que se pasean impunemente cometiendo sus fechorías sin temor a ser castigados por sus reprochables acciones. Si en verdad queremos acabar con la corrupción en los estamentos públicos, deberíamos empezar a acabar nuestras actitudes corruptas en el día a día. No solo los pueblos merecen sus gobernantes; esos gobernantes son la muestra fiel del carisma de ese pueblo.
Algo de lo que podemos estar seguros es que siempre va a llegar al poder público alguien que sea tan honorable como la ciudadanía que vota por él.


Comentarios
Miguel Galvis
22 Febrero de 2013
11:40 pm
La cultura de la ilegalidad se viene afianzando, durante el anterior gobierno se le hizo una apología a la ilegalidad. El funesto ex-presidente sigue defendiendo a ex-funcionarios presidiarios o fugitivos, invita a no cumplir fallos de las cortes nacionales e internacionales.
Aracataka
28 Julio de 2012
8:14 pm
..contundente! certero! queda una sin esperanza! ..los pueblos en su desarrollo como sociedades avanzadas pasaron por situaciones similares, no ha habido una sociedad perfecta! el trabajo en comun, por un bien comun, pensando en comunidad, ha permitido que a travez de los tiempos se haya depurado el pensamiento abusivo del individuo como tal...es una tarea dificil, tediosa, engorrosa, pero los pocos o muchos que piensan como Ud piensa, son la esperanza para encontrar un bien comun..el gran problema de esta sociedad, por las circumstancias que nos ha tocado vivir, es que practicamos el individualismo, el primero yo, segundo yo, tercero yo...eso es lo que nos tiene en este caos moral...la educacion integral es necesaria para cambiar el comportamiento de los colombianos!
osgir
28 Julio de 2012
3:54 pm
SANA REFLEXIÓN .
Francaditalia
28 Julio de 2012
6:36 am
Las roscas son tablas de supervivencia, la corrupción, lo que hay que hacer para atraparlas.