23 de Julio de 2014
9 Noviembre de 2012 | Noticias | (Argentina)

La clase media que vive en el country

 Con la aparición de los cacerolazos, evento social de estos últimos tiempos, al menos en esta metodología de protesta social organizada, sin más organizador que la realidad y el hartazgo de la gente de ver que no se avanza, que no se puede, que se frena; que se impide y que todo son cargas y más cargas impositivas para la sociedad, impuesto sobre impuesto y soluciones ninguna, han aparecido los subordinados del poder, no del pueblo, a echar culpas a alguien, ya que siempre alguien tiene que tener la culpa de todo lo que pasa, y siempre hay alguien detrás de cualquier asunto que no convenga al gobierno.
Aparece por ejemplo: el dirigente ultrakirchnerista Luis D'Elía difundiendo un video con un mensaje a quienes asistan al cacerolazo del jueves ocho de noviembre, conocido como el 8N contra el Gobierno, que por otro lado fue mundial, ya que miles de argentinos, fuera de la Argentina, adhirieron a la manifestación. En sintonía con la postura oficial, D’Elía aseguró que tras la protesta popular se encuentra el Grupo Clarín y Cecilia Pando, que promocionan la marcha para desestabilizar a Cristina Fernández.
Claro que si uno le preguntara: ¿Detrás de la postergación de los jubilados, del desabastecimiento y desmantelamiento de la salud pública, de la pauperización de la enseñanza pública, de la seguridad, de las graves necesidades de muchas familias de la pobreza, de la falta de justicia, como de muchas otras calamidades que ocurren en el país, quién está: usted?
Dicen que el poder enferma y sin dudas, hay muchos enfermos en el poder y confieso que primeramente creí que era esquizofrenia. Luego pensé: no, más bien es oligofrenia, dado a lo que escuchaba y veía que hacían, pero luego llegué a la conclusión de que no, de que no era ninguna de estas patologías mentales, sino que más bien su enfermedad es el odio. Sí, llegué a la certeza de que están enfermos de odio, de revancha, de «vamos por todo… tengan miedo, que vamos por todo y por todos»… y lo peor es que quienes padecen sus actos de venganza, son muchos de los que los votaron… son quienes creyeron en ellos y lo que prometían con su discurso de «para todos y todas»…
Que son todos y todas que ahora están divididos en grandes brechas sociales y de pobreza. Pero esto ya pasó en el mundo. Dijo una vez un gran periodista muy prestigioso aquí y en el mundo, ya fallecido, que en Rusia, refiriéndose a esta misma ideología que hoy nos gobierna en la Argentina, terminó con todos os ricos, pero no pudo terminar con los pobres.
Y como dicen: la historia se repite… la historia siempre se repite, lamentablemente en este caso, para los argentinos.
Y parece ser, que en esto de buscar siempre un culpable, un responsable a quien echarle la culpa, aparece la clase media argentina… la de las cacerolas de teflón…
No vivo en un country, no soy de alguna clase exitosa en lo económico o social ni me considero de otra clase, que la única clase que reconozco: la de ser persona… ciudadano de este país.
Como fue varias veces recurrente en el discurso de ministros, legisladores, altos funcionarios, bajos funcionarios, piqueteros, hijos y entenados de la obsecuencia del gobierno; esto de cargarle la responsabilidad de estas marchas a las clases medias, me puse a reflexionar ¡qué habrían hecho los de la clase media, para merecer semejante acusación por parte de todo el aparato del Estado… que los acusa nada menos que de golpistas, desestabilizadores del gobierno, de oligarcas, monopólicos, y hasta de ricos y famosos!
Y lo primero que se me ocurrió, fue pensar; ¿por qué, mucha de esa gente prefería vivir en un country, mandar a sus hijos a caros colegios privados, contratar seguridad privada, salud privada, etc. etc.?
Y la reflexión me llevó a observar que la vida en un country es ordenada, en primer lugar. Es una sociedad, o consorcio, que puede ser grande, como Nordelta, por ejemplo, o pequeña, como muchos barrios privados que florecen cada vez más en zonas del sur, del norte, o del oeste de la Provincia de Buenos Aires, que es lo que conozco.
Es una comunidad que respeta, por ejemplo, las normas de tránsito, las velocidades máximas dentro del barrio y no son necesarios lomos de burro para eso. Respetan si alguien cruza caminando la calle. Respetan las señales de tránsito y las indicaciones del personal que lo dirige. Y tienen un sistema de punición, del que no zafa nadie, por más que sea quien sea y lleve el apellido que lleve… allí no hay privilegios. Eso sí, como todo funciona, si excedió la velocidad y debe pagar la multa, le llegará por las expensas, lo que fuera del barrio cerrado, serían: los impuestos.
Es decir: la autoridad, ¡funciona!
Todo está limpio y ordenado, el pasto recortado, los canteros con flores, y nunca se dejan de recolectar los residuos, los que tienen un proceso de reciclado, ya que hay empresas contratadas que se ocupan de todo eso, y al igual que los propietarios del consorcio del country, si no cumplen con lo que figura en el presupuesto y contrato; ¡afuera!
Sus hijos van a caros colegios privados, con excelentes programas de enseñanza, donde sin dudas se preparan seriamente para ser los dirigentes del futuro… serán los profesionales, intelectuales, industriales, empresarios, comerciantes, investigadores o quizás deportistas, muchos de ellos, que veremos en el futuro. Y ojala que no tengan que emigrar, porque en su país, que es el nuestro, la Argentina, «no pueden».
Allí, y me consta, ente otras cosas se les enseña el amor a la patria, el respeto por el otro, por las leyes y normas, y muy especialmente la caridad y el altruismo.
Se los forma en tareas artísticas. Se les enseña el valor de la tierra y lo natural y desde chiquitos aprenden a cuidar el «espacio público» y a respetarlo.
En una palabra y a grandes rasgos, «la enseñanza ideal» que cualquier padre bien nacido querría para sus hijos: una enseñanza de primera.
Luego pensé en la salud de estas «personas de clase media alta», como les gusta descalificarlos a Abal Medina.
Tienen medicina prepaga importante y cara, lo que implica una erogación importante cada mes, sobre todo, si son familia numerosa, como muchos los son, pero gozan de excelentes sanatorios, donde no falta nada. Donde los profesionales y todo el personal de clínicas y sanatorios privados se esmeran por darles la mejor atención, ya sea en consultas externas o en internaciones, intervenciones complejas… en fin… toda la cobertura en salud que cualquier ciudadano merece tener.
Todo está debidamente iluminado. La seguridad custodia y funciona, a pesar de que no es bien vista fuera de los barrios cerrados. Cualquiera que; por alguna razón de trabajo o visita, ingrese a un country, se encontrará que debe dejar sus datos, número de documento, decir a donde se dirige… incluso esperar para que la guardia confirme telefónicamente el ingreso con algún propietario antes de dejarlo pasar, y como no hay costumbre de esto, mucha gente se incomoda e irrita… no está acostumbrada al mecanismo de la seguridad…
Luego de estas y otras consideraciones que hice, como la de que esas personas, no están exentas de impuestos, por lo que; aunque vivan en un barrio privado, hacen sin embargo, su aporte a la sociedad… a la que vive afuera…
Impuestos que servirían para la obra pública, para el mantenimiento de la estructura pública, la seguridad, la iluminación, el estado de las calles, etc. etc… pero que sin embargo, llega muy poco de los aportes de los impuestos a esos destinos. Más bien llegan a bolsillos y cuentas oscuras, que hacen que se produzcan descontentos sociales, como el de 8N.
Y la reflexión entonces me llevó a la conclusión de que las personas que eligen como modo de vida un country, lo hacen porque el Estado, no les provee todo aquello por lo que pagan impuestos… ni a ellos ni a nadie… y si no, basta con pensar en la comunidad de jubilados… como dije, no vivo en un country ni barrio cerrado ni nada. Soy de clase «persona»… «Ciudadano»… más precisamente: ciudadano argentino, que comparte su suerte con el resto de los ciudadanos argentinos, y he allí la igualdad verdadera. En lo demás somos todos diferentes en nuestra propia singularidad.
Talvez sea éste el verdadero motivo del 8N. ¡Que somos y queremos seguir siendo ciudadanos, tratados como tales, sin que se nos manipule ni se nos mienta!
Que no queremos más sentir vergüenza en el extranjero de ser argentinos. No queremos que nuestros políticos y gobernantes nos sigan avergonzando ante el mundo, como lo hacen hoy.
Que se respete y haga buen uso de los dineros públicos, que representa el esfuerzo y la buena voluntad de todo el pueblo… que se hagan las obras necesarias, comenzando por las comunidades más necesitadas… nuestro pueblo es y siempre ha sido un pueblo solidario con la necesidad del que sufre… y aún así, fuimos traicionados en nuestra solidaridad por inescrupulosos políticos que vendían luego en supermercados lo que la gente donaba…
Y luego salen los D’Elía y los Abal Medina a despotricar contra los argentinos, como si ellos no lo fueran o no fueran de «clase acomodada»… Ah, me olvidé decir que tampoco vivo en Puerto Madero ni me hice una quinta de fin de semana con ningún crédito hipotecario… ni tampoco tengo campos…
Lamentablemente no pude asistir al 8N, aunque lo deseaba de todo corazón, pero mi espíritu estaba con cada uno que fue sin otra intención que la de manifestar su descontento con la realidad nacional que nos dibujan desde el gobierno.

Por: Raúl Jorge Butrón Sacchetto

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