19 de Abril de 2014
12 Diciembre de 2012 | Noticias | (Colombia)

El excesivo optimismo de la delegada de la ONU

El excesivo optimismo de la delegada de la ONU
Foto:http://colombiaopina.wordpress.com/2012/12/12/el-excesivo-optimismo-de-la-delega

Como muchas ONG y organismos internacionales, la alta comisionada de la ONU la sudafricana Navi Pillay, puede asegurar a priori que Colombia afronta “una coyuntura de posibles cambios significativos” por el proceso de paz abierto entre el Gobierno y las Farc. Tales afirmaciones son pletóricas de buenas intenciones, pero un desconocimiento de las características propias del conflicto colombiano.

Pudieron ser admisibles por allá en los años 70, cuando las Farc apenas comenzaban a incursionar el tortuoso camino del narcotráfico imponiendo el llamado “gramaje” a los comerciantes ilícitos de la marihuana, pero desconocen el grado de implicación de las estructuras criminales que hoy ostentan en la integralidad del cultivo, producción y comercialización de narcóticos, de la mano con las llamadas Bacrim como organizaciones delincuenciales sobrevivientes de las otrora autodefensas ilegales y los cárteles regionales de las drogas.

Lo primero que se observa en el discurso de la comisionada de la ONU, como en el de muchos de los intervinientes en la Conferencia Nacional de Política Pública de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario que se realiza en Bogotá, es que esas intervenciones se fundamentan en una ilusión, un proceso de paz, cuando las partes sentadas en La Habana y con especial énfasis las Farc han señalado que no se trata de un proceso de paz sino de unas negociaciones para intentar poner fin al conflicto armado.

Ya desde esa perspectiva el exceso de optimismo que rodea los discursos y los escritos, intervenciones y demás documentos orales y escritos de los pazólogos a ultranza que consideran que el país está en las puertas del paraíso, se causa confusión y desinformación a la sociedad. Las Farc son expertas en manejar ese tipo de contrapropaganda y lo están haciendo desde La Habana como se evidencia en el hecho de que anuncian un cese unilateral de hostilidades contra la población civil, el ejército y la policía, pero sus estructuras criminales no lo atienden y actúan con perfidia para causar daño y eludir responsabilidades.

Una de las paradojas que no tienen explicación, por ejemplo, es cómo puede ser vocero de la defensa de los derechos humanos y representante de las víctimas del conflicto el hijo (el representante comunista Iván Cepeda Castro) de quien como dirigente comunista (Manuel Cepeda Vargas) introdujo al país la tesis de la “combinación de las formas de lucha”, que precisamente dio origen a la violencia narcoterrorista desde mediados de los años 50 del siglo pasado y que sirviera de fundamento ideológico para el nacimiento de las Farc. Precisamente esa dudosa e ilegítima representación avalada por las Farc y en camino de reconocimiento del gobierno nacional lleva a que en un acto de prepotencia las Farc consideren a sus víctimas como intranscendentes y a señalar que hablar de las mismas es ponerle obstáculos al proceso.

No hay que olvidar que precisamente las Farc bautizaron una de sus estructuras criminales más sangrientas con el nombre de Manuel Cepeda Vargas, como reconocimiento a la actividad política que el dirigente comunista desplegara a su favor.

La exigencia legítima de defensa de los derechos humanos y de reconocimiento de justicia, verdad y reparación a las víctimas debe comprender también la responsabilidad política de quienes dieron origen a esta violencia irracional, los miembros del Partido Comunista Colombiano y ahora de la Marcha Patriótica, que no pueden ser jueces y parte dentro del proceso que se adelanta en La Habana.

El excesivo optimismo de la señora Navi Pillay y los pazólogos fundamentalistas los lleva a desconocer esa realidad que va a impedir precisamente transparencia, claridad y verdad en el proceso de negociación con las Farc o cualquier otra organización criminal en el país. No puede considerarse como una transformación válida en materia de derechos humanos y derecho internacional humanitario que en procura de la paz los victimarios terminan presentándose como víctimas de la violencia que ellos mismos engendraron.

No es por la vía fácil de cubrir de perdón y olvido las acciones criminales contra el pueblo colombiano, como se hizo en el caso del M-19, el EPL, una facción del ELN y otras organizaciones terroristas, como se alcanza la paz; esa es una dura experiencia que nos ha enseñado la historia. Las víctimas de Tacueyó, el Palacio de Justicia y miles más quedaron en el olvido y los victimarios pasaron a ser las víctimas que exigieron condenas para los militares que las combatieron con éxito. La repetición del modelo comunista impuesto en el cono sur latinoamericano.

Precisamente por esa vía absurda el llamado marco de la paz excluyó a miles de víctimas de las Farc entre 1964, considerándola como fecha del inicio de sus actividades criminales y 1985, entre ellas a un grupo de niños scout y unas religiosas que fueron masacrados por Manuel Marulanda en el Huila y de donde obtuviera el alias de Tirofijo por su precisión al dispararles. La excusa posterior del terrorista fue que como iban uniformados no supo si eran del ejército.

Así las cosas, es muy difícil esperar que de un proceso coyuntural como el que se está dando surjan cambios significativos en materia de derechos humanos y derecho internacional humanitario, sobre todo y no hay que cansarse de decirlo, cuando las víctimas de las Farc son invisibilizadas y silenciadas y cuando a sus victimarios se les reconoce una calidad de víctimas que no tienen para justificar la impunidad que graciosamente se les otorgará.

Por: NUEVAS OPINIONES

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