

Por Latinoamérica soplan vientos de cambio en algunos países que por décadas habían sido gobernados por regímenes “democráticos”, mismos que durante décadas han manejado las riendas de la política en algunos países sudamericanos que en su inmensa mayoría han sido víctimas de la explotación económica, bajo la égida de líderes que en representación de los partidos políticos tradicionales (conservadores y liberales), han mantenido el statu quo de determinadas clases dominantes.
Esa alternación histórica en los destinos de los países bolivarianos, ha contado desde luego con la aquiescencia de las más rancias burguesías nacionales y de los gobiernos estadounidenses, que de suyo vienen alumbrando desde antaño el camino por el que deben trasegar todas las naciones subdesarrolladas de esta región, controlada y manejada por la potencia norteamericana, constituyendo a éstos países y a sus gobernantes, en dependientes y áulicos de aquellos que trazan los parámetros y las políticas económicas a implementar, so pretexto de los millonarios préstamos de la banca internacional, que sólo buscan endeudar a las naciones más pobres, atentando incluso contra las soberanías nacionales.
De suerte que durante varios lustros los pueblos latinoamericanos han experimentado gobiernos bipartidistas corruptos y hasta dictaduras militares que han sido impuestas por el “Tío Sam”, arguyendo la fementida seguridad nacional para los “colosos del norte”, patrocinadas por castas de criollos y pequeño- burgueses, que miran con buenos ojos las acciones intrépidas y desalmadas de muchos gobernantes que tratan con desdén a las clases proletarias, en el entendido de que éstas son un cáncer para la sociedad contemporánea, el cual debe ser erradicado antes de que decidan sublevarse ante sus superiores, por lo que debe acudirse a formulas tales como la “seguridad democrática”, al estilo de nuestro hipnotizado e idiotizado país.
De ahí que hoy por hoy se advierta un clima de transmutación política por los lados de Latinoamérica, donde se vislumbran un tipo de democracias populistas, que más que levantar las banderas del caduco izquierdismo dogmático, plantean una nueva propuesta de gobierno para la dignificación de los oprimidos, aplicando un socialismo democrático que se alimenta de las fuentes de la sociología popular, en procura de Estados Sociales y democráticos que luchen por el bienestar de sectores fundamentalmente deprimidos y marginados.
Por manera que tanto hombres como mujeres de todos los países de Latinoamérica, empiezan a sentir que es la hora de dar paso a gobernantes y gobiernos que pongan su empeño en la preservación de la justicia social, determinando que el capital y la propiedad privada que se estila en nuestros países sean invertidos por otros valores sociales que redunden en beneficio de toda la comunidad, repartiendo de manera equitativa la riqueza que no la pobreza, a fin de que los ricos sean cada vez menos ricos y los pobres sean cada vez menos pobres.
Huelga entonces sostener a voces con Marcos Kaplan, cómo “El Estado es el único que puede asumir la solución de los problemas de armonía y conflicto del país o de algunos de sus sectores con la potencia hegemónica, sus corporaciones multinacionales y las de otros países desarrollados, y la regulación de las relaciones entre todas ellas. En sus políticas nacionalistas, el Estado busca canalizar hacia el exterior fuerzas, reivindicaciones y tendencias internas que son o pueden volverse amenazantes para el sistema, y contar con bases nacionales movilizables que refuercen la capacidad de maniobra del grupo gobernante respecto a los Estados y corporaciones de la potencia hegemónica y de los países desarrollados, que permitan reducir o renegociar la dependencia, y al mismo tiempo fortalezcan la autonomía relativa del Estado y del grupo gobernante respecto a las clases altas nacionales”; porque en todo tiempo se ha visto presente y hecho necesaria la inexorable lucha de clases.
No cabe duda entonces que el fenómeno que afrontan los países latinoamericanos que han optado por el advenimiento del socialismo democrático, sea una verdadera alternativa de poder y de gobierno, como que es una acción dialéctica que la historia la registra hoy, mirando de cara a una realidad social, política y económica, presta a ser resuelta de manera autónoma e independiente por todos los gobiernos bolivarianos, inspirados en el Libertador Simón Bolívar, y muchos otros prohombres que han dejado huellas y semblanzas de libertad.
Cabe destacarse con Kaplan, también, que “América Latina se ve además afectada por su situación de atraso y dependencia y por su heterogeneidad interna como bloque, que dificultan o casi imposibilitan su articulación en un sector regional dotado de coherencia y solidez suficientes para defender sus necesidades y aspiraciones comunes e imponer soluciones favorables a las mismas frente a la superpotencia hegemónica y demás países avanzados”; todo lo cual significa a simple vista que refulge un momento propicio para sacudirnos del yugo imperial y proponer otras alternativas democráticas que vienen reclamando desde tiempos inmemoriales miles de latinos.
Todo lo anterior es necesario para derrotar decididamente la política neoliberal y la globalización, que sin lugar a equívocos, han hecho desastres en las economías de los países tercermundistas, que como los latinoamericanos, son cada vez presas del “capitalismo salvaje”, que no se compadece de pueblos sumidos en la miseria y el hambre. Por ello resuenan las frases de uno de los líderes más controvertidos de los últimos tiempos en Latinoamérica, cuando expresa que si queremos acabar con la pobreza le demos poder a los pobres, a aquéllos que jamás han tenido la oportunidad de saborear las mieles de la democracia, porque siempre han sido excluidos y abandonados a su propia suerte, en una clara demostración de la insensibilidad social que siempre han esgrimido los gobiernos detentadores del poder a favor de las minorías.


