



Las modalidades de corrupción política son muy variadas, vinculados unas a la mala administración, otras a la delincuencia organizada y otras, también, al clientelismo. El clientelismo corrupto, se trata de un círculo vicioso clientelismo -corrupción-clientelismo, que se presenta en aquellos casos en que el funcionamiento del intercambio clientelar, requiere o facilita la inclusión de intercambios corruptos para reproducirse.
El clientelismo, ofrece a los seguidores un intercambio directo de votos por favores individuales, y puede ser conceptualizado como la personalización de favores, sino para individuos o grupos singularizados mediante la red de intercambio.
En concreto, los que han estudiado el clientelismo han señalado reiteradamente que lo clientelar, no sólo implica una relación de intercambio de votos por favores, recíproco y mutuamente beneficioso sino, además, que esta relación resulta desigual, ya que implica relaciones de subordinación y por lo tanto de dominación del político sobre aquellos los que se les hace el favor. La razón de esto radica en la peculiar estructura de los recursos de segundo orden de la red clientelar, que se configura como un “capital social”.
El clientelismo refuerza contextos sociales de desconfianza, constituye un mecanismo portador de una economía política de la desconfianza. Esto impide la generalización de capital social basado en un interés común. La ausencia de confianza genera un importante desincentivo para la población ciudadana, pues aislándolos a unos de otros, volviéndolos competitivos entre ellos mismos, se bloquea la cooperación entre los clientes: los actores necesitan no solo tener motivos suficientes para movilizarse políticamente, sino confiar en los demás.
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