

En estas épocas de jolgorio Nacional, todo el país se prepara para participar activamente de las fiestas culturales que nos caracterizan a través del año, asentando nuestra idiosincrasia y las raíces autóctonas de las que hacemos parte. Desde el extremo norte del país hasta los linderos del Amazonas y desde el oriente al occidente de la Nación, engrandece así, lo particular de nuestras culturas rescatando y sosteniendo el valor y la importancia de pertenecer a una etnia ancestral de características y raíces hispánicas multiculturales haciéndonos tal y como somos en nuestra propia particularidad colombiana.
El Carnaval de Barranquilla - la fiesta del Caribe por excelencia - dando sus inicios el pasado viernes 20 de enero, dio paso a la fiesta más importante de nuestro litoral atlántico con su fiesta de comparsas danzantes y cumbias participando en la guacherna y la coronación del Rey Momo, teniendo como antesala la coronación de las reinas, la gran parada de tradición y la belleza inigualable de la batalla de flores, preámbulo de las comparsas y letanías santificando al final, las cenizas de Joselito. Igualmente, Bogotá, se prepara para “vivir la fiesta de las mil caras” en la inauguración del XIII Festival Iberoamericano de Teatro 2012.
Y no es para menos. A la fiesta quieren participar todos preparándose de la mejor forma para ser bendecidos por el incienso renovador, confundidos y confundiéndose entre el raizal, sintiéndose impactados y tocados por la profunda influencia lúdica que carga de energía electrizante a todo aquel ser que se embulle en el zafarrancho de tan importante alegría y felicidad danzante que caracteriza e influye - incluso - en las concernientes “carnavales políticos”, en donde muchos de sus participantes se encuentran en los estrados judiciales por “presuntos” corruptos.
De no ser así, pasaría desapercibido el nuevo “look” que luce el ex-ministro Andrés Felipe Arias - que ha decir verdad, a mi me confundió pasando de lado la impresión fotográfica - ´publicada en El Tiempo del domingo 22 del mes en curso, mostrado en sus últimas audiencias en la Corte. Y la nueva presentación estilista del expresidente Álvaro Uribe Vélez, a modo de empatía de imágenes confundiendo la memoria, ¿O síndrome fantasmal inconsciente de querer ocultar sus verdaderos rostros frente a la opinión, para pasar desapercibidos en el Carnaval...?
Sabrá el Rey Momo de que se tratará. Lo cierto es que es un hecho que alimenta como “anillo al dedo” la suspicacia de la opinión. Y para mayor aclaración y relevancia al hecho cultural en parangón con lo político de nuestra realidad nacional, a la presente nota, comparto con todos ustedes un fragmento traducido de la obra “Detrás de la baranda” del escritor Carlos Rivera para enaltecer nuestro Carnaval:
“... Acariciándose la barbilla y meditando, el Presidente hacia cábalas sobre el logro de sus personales propósitos, la oportunidad y el deseo de poder salir vencedor de la fantasmal danza, y los posibles riesgos y peligros al ser descubierta su identidad. No dejaba de pensar lo fatal que sería tal desliz, un fracaso inminente que de seguro podría en peligro su vida y su proyecto político. Su sexto sentido le daría la mejor der las posibilidades. No en vano había incursionado en los terrenos resbaladizos de la política, no en vano era un hacedor de estratagemas y laberintos indescifrables, asegurándole un total éxito en sus próximas incursiones nocturnas. Samaín sabría quien era él, acariciando la idea, la motivación histórica de atrapar en un descuido al satánico, o tener imposibilitado entre sus dominios a cualquier fantasma errante que le resolviera la cábala para seguir gobernando.
El Presidente se encontraba seguro que la confección de una buena máscara lo transformaría. Sabía además que el rostro era la expresión anímica y como tal debía de ocultarse. Tenía que ser otro, no podía ser él mismo, sentando en ello la falacia del engaño. A fin de cuentas, para realizar sus propósitos debería de cubrirse sintiéndose así, liberado de su ego habitual. Desecharía sus inhibiciones de poder y solo disfrutaría en el anonimato, en la clandestinidad, refugiándose perdido entre la masa, confundido entre el pueblo para lograr sus verdaderos propósitos.
Sería un drama de tercera tragicomedia que saborearía como los sacerdotes egipcios o mexicanos usando máscaras rituales de animales, para poderse comunicar con los dioses de cuerpo humano y cabeza bestial. O igual que los cadáveres ¡Oh primorosas máscaras!; percepción que lo llevaría a entablar conversación siniestra con el reino de la muerte, sus antepasados. Todo lo obnubilaba. Era un drama griego del siglo V, era el desbordar de sus sentimientos, emociones y perspectivas soñadas. Sería dios o demonio - que importaba - Sería como los niños chinos llevando un falso rostro de papel ¡Maravillosa coreografía!, la pantomima del poder corriendo por sus venas, danzando escalofriante y placentera. Sería un guerrero propio de la época feudal japonesa con su máscara de hierro de feroz aspecto, sin vida, pero llena de intenciones malévolas como si trataran de conjurar la verdad.
El ambiente que respiraba encerrado en aquel cuarto de estudio lo acercaba peligrosamente a un plano bastante amplio de brujería, casi un misterio, en donde las máscara que utilizaría dejaría en libertad innumerables fuerzas insospechadas, para volver a tomar su poder menoscabado. El culto que rendiría a Samaín le abriría las puertas de la historia, le permitiría lograr sus propósitos; los espíritus liberados y el uso indebido de las fuerzas ocultas estarían de su lado. La magia oscura era la clave para desatar sus intenciones en la odisea que deseaba recorrer.
Su máscara sería una profecía como la utilizaban los griegos, un encantamiento como lo creían los egipcios y el manual abierto del libro premonitorio del “I’Ching” adorado por los chinos para lograr transformar su personalidad, mutación convenida. El Napoleón personificado le serviría de puente para atrapar en sus deseos al Napoleón de Francia; revés histórico para lograr contrarrestar el lado revolucionario del Libertador, utilizando la magia negra para atraer la muerte y la desgracia de quienes eran sus enemigos y sus contradictores. Sus pensamientos no tenían límite tratando de buscar su acomodo para la fatal presentación que se avecinaba aquella noche.
Para su cometido pensó en mil máscaras. En el rostro de la muerte quebradizo de un amarillo indefinible, rayas oscuras de profundidad afilada y expresión ruda de labios cuarteados. Se extasió con el “Pájaro Emisario de la Eternidad” con sus ojos grandilocuentes y fulgurantes de pinturas punteadas a lo largo de su semblante profundamente emblanquecido, ostentando sus greñas desordenadas de rojo carmesí infernal y su indómita barba conformada por aviesas serpientes. Acarició la opción del tótem, su nariguera protuberante y sus labios enrojecidos de ojos oblicuos y sin brillo reflejando el semblante asesino de un tigre cuyas fauces se confundían con sus misteriosas rayas.
Pensó por un momento en representar los rasgos monstruosos del engendro Encintas, el espíritu envuelto. Una combinación de hombre y bestia de colores y tonos indefinidos y amplias aberturas en sus cóncavas de fuego concentrado, de nariz bifurcada simulando el áspid de una venenosa serpiente. Le dio posibilidad a la inmortal mascarilla funeraria. Arcilla que le cubría todo el rostro con sus pequeñas cuencas, de semblante descompuesto y nariz deformada, rostro manchado y labios arqueados de soledad eterna.
Todas aquellas máscaras le quedaban, pero a todas ellas las desecho, no iban con sus intenciones, quería una representación más auténtica, aún más real, haciéndole el juego a la ficción y la realidad. Sabía que sólo podría servirle aquella confeccionada que fuera la verdadera personificación, de la naturaleza de quien la portara.
El Presidente se tomó el segundo vaso de coñac que se había servido. Insatisfecho por la ambivalencia de su decisión y ante el fracaso de la empresa emprendida, se le ocurrió implantarse el rostro del Libertador. Recordaba lo que decía Borroughs en sus crónicas: “Lo que se necesita es un nuevo Bolívar que arregle las cosas”. No dudó en ningún momento en representarlo. Además, eso siempre había buscado. Él sería su remplazo...
Sabía que el lado que él llamaba oscuro no le agradaba - el espíritu revolucionario que poseía el Libertador - Pero, el poder que ejerció, el carácter, la entereza, lo aguerrido de sus decisiones lo hechizaban. Sin pérdida de tiempo recorrió las iconografías de White, que impresas guardaba en su archivo personal. Mostrando el semblante de aquel hombre de incógnitas manifestaciones en muchas poses haciéndolo singular, a su vez leía con mucha atención las descripciones que hacia Roulin - el médico y pintor francés - sobre la fisonomía del histórico hombre.
Durante varias horas profundamente hechizado aprisionaba el escrito entre sus manos buscando con desespero en su puntuación un espacio, un punto aparte, una coma en donde reposar, devorándolo continuamente, tratando infructuosamente de exprimirlo para beber con placidez su histórica esencia (...sic).
Al terminar fue presa de un incontrolable miedo, un escalofrío indescifrable. Como si la descripción de aquel hombre fuera un ícono sagrado imposible de abordar, un misterio que la historia guardaba recelosa, el mito hecho realidad, intocable, inabordable. Era la antítesis total de todos los que lo habían precedido en el solio, en la dirección de la desdeñosa República. Era único, inimitable e infalsificable. Los numerosos rostros del Libertador lo observaban - tal vez compadeciéndolo - Su paranoia del poder lo llevó a la certeza, al saber que el único reinado sincero y confiable hasta la muerte, era él mismo quedando hundido en la desesperación. Ya no tenía poder, ni siquiera existía súbdito que lo obedeciera. No era nada..., no era nadie. Ninguna le quedaba. Estaba condenado a usar su propio rostro...”

