24 de octubre de 2014
3 Febrero de 2013 | Recomendaciones | (Colombia)

¿Es usted un infantil? - Ojalá que sí

¿Es usted un infantil? - Ojalá que sí
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“Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón” 

Jorge Luis Borges 

Dicen que no hay amor sin sufrimiento, yo no sé. Pero creo que son pocos los desafortunados que no han sentido amar a alguien y luego por innumerables razones versen enfrentados al adiós, a una disolución amorosa; condenar su amor al olvido, si es que se puede, y continuar cómo si aquí no hubiese pasado nada. ¿Le ha pasado? ¿Cómo reaccionar? ¿Qué es lo indicado y lo incorrecto? Pues si alguna vez se entera no olvide contarme el secreto; por lo pronto con la tesis que aquí presento sólo quiero defenderme.

Borrar del corazón y de la mente, aquello que ha sido escrito con la tinta indeleble de la memoria… Tarea difícil. Renunciar a continuar… Imposible. El camino se comienza a ciegas y seguramente sin ruta clara, y es innegable que de ésta forma es fácil dar varios pasos en la dirección equivocada y corremos el riego de perdernos, pero es mucho mejor que quedarnos inmóviles, congelados por el miedo de chocar con la realidad o enterrar el muerto. ¿Pero de qué valernos? ¿Es que no hay derecho a una pequeña luz o a un bastón?

Hasta el más sensato acudiría a sus amigos, a su familia o se encerraría en su oficina a esconderse tras las ocupaciones. Sin lugar a dudas herramientas necesaria pero un poco equivocadas, en primer lugar porque nadie conocerá nunca la historia tan bien cómo el individuo que la ha padecido y por tanto no puede ser nunca un buen consejero y en segundo lugar porque depende sólo de nosotros replantear el horizonte y decidir, no con poca valentía, de continuar. ¿Pero si nuestros vínculos afectivos o el encierro laboral no son la respuesta indicada, quién puede ayudarnos?

Hay una herramienta que la sociedad nos ha hecho olvidar, una herramienta más cerca, más letal e infalible: Nuestro instinto. Sí, ese olvidado en los años de la caverna, ese malmirado, descalificado y para algunos grosero instinto animal de la raza humana. Sí, yo hablo del instinto animal, no hay otro cómo él para guiarnos en la oscuridad, en el desconocimiento absoluto, en ésta maldición de Saramago de ceguera colectiva; nuestra única salvación son nuestros orígenes, aquellos que hemos intentado borrar para aparentar ser más civilizados.

Ahhhh pero si no se necesita un doctorado para reconocer la sabiduría animal o ¿Cómo puede el recién nacido saber buscar la teta de su madre bajo el desconocimiento y ceguera total? ¿De dónde se inventa la necesidad de llorar cuando algo no le place o cuando siente dolor? ¿Quién le dijo que durmiendo se recuperan las energías? y ¿Quién le enseñó tantas otras cosas? Mmmm parece que vienen cargadas en ese chip animal llamado instinto, ese que puede responder a lo ilógico, reaccionar a lo impensable y lograr lo imposible, que es en otras palabras lo que nos proponemos en nuestra tarea al intentar reparar nuestro corazón roto.

Ahora bien ¿Cómo puede ayudarnos el instinto a superar un duelo, a sobrellevar una pérdida, a sanar el dolor? Simple, el niño es el mejor maestro de vida, un niño a corta edad no puede ser más que instinto (un animal), no puede ser una cosa que no es; es sincero, no conoce más que la verdad, no ve más allá del presente, no recuerda el pasado. Come, duerme, aprende, escucha, ríe, llora, ****, ama. Vive. Nada posee y se conforma con el mínimo vital que le permite vivir, no conoce otra necesidad. Será la sociedad, la que muy a su pesar, y en poco tiempo le enseñe a cargar con su ego, le inculque el sentido de posesión, muy pronto le enseñe a decir ¡mío!, a desear el juguete del otro y a creer que no basta la teta de mamá y su manta para vivir.

Desde ahí, bien temprano, nos aseguramos de ir creando ese monstruo humano (“No animal”) que se llama adulto, que entrará cómo pieza de engranaje de una sociedad civilizada, magistrada, evolucionada; pero incapaz de satisfacer tantas necesidades creadas para simplemente intentar recuperar ese estado inicial: ser feliz… Triste, pero al parecer inevitable.

Es entonces el niño, ese aún no tan humano, el indicado para guiar nuestros pasos en la oscuridad. Les pregunto entonces ¿Qué hace un niño cuando no está contento con algo? ¿Si la persona que tiene al frente no lo comprende? O peor aún ¿Si esta persona le hace daño? ¿Acaso el niño por naturaleza se queda allí para aburrirse pudiendo dar la vuelta y buscar algo que le cause alegría? ¿Acaso se queda esperando a ser ofendido de nuevo, a sufrir de nuevo, sin pedir auxilio, sin llorar, sin intentar escapar del dolor? No, yo no creo. El niño se aleja, el niño llora, el niño pide auxilio, el niño se aleja y si no puede, alejará esa persona de su corazón. Hasta una rata sabe reconocer aquello que le hace daño y aprender a no volver a acercarse nunca a ello. Y entonces ¿Por qué no hacer igual? ¿Por qué seguir una y otra vez tocando la puerta del dolor clamando por más? ¿Por qué no sabemos alejarnos y cerrar la puerta? ¿A qué horas se inventaron que madurar era guardar silencio, quedarnos inmóviles y aparentar que ni lloramos, mientras el otro nos duele, nos quita la alegría, destierra la paz y siembra el dolor?

Ese es el adulto, el maduro, aquel que aprendió a no llorar como niño, que sabe fingir, mentir, portar mascaras, quedarse impávido mientras sigue al lado del otro, mientras vuelve a meter el dedo en la llaga, mientras mantiene su recuerdo vivo y su mente atormentada. El otro, el que no quiere sufrir, que se aleja y grita, el que llora e intenta olvidar, que no quiere volver a saber de su dolor, el que no quiere tocar la herida para permitirle sanar, el que se quiere salvar, quien no planea quedarse inmóvil a observar el espectáculo de su dolor, ese último que intenta volver a jugar y reír cómo antes, que no quiere guardar rencores, a ese lo llamamos niño, esa terrible enfermedad que hemos llamado infantilismo, enfermedad mortal si se presenta en edad adulta. Esa conducta “inapropiada” que aprendimos a detestar. No de gratis nos duele que nos llamen infantiles, no de gratis usamos la misma palabra para ofender al otro. Muy a nuestro pesar nos duele ser infantiles.

¿Pero a qué horas? ¿Qué hemos hecho? ¿En qué momento hemos decidido matar la niñez? ¿Cuándo nos convertimos en esta terrible condición de adulto? ¿Dónde se pone la denuncia de la sabiduría asaltada? ¿De cuando acá la mariposa hace su metamorfosis hacía la oruga? No lo sé, pero deseo que si algo me queda de niño, nunca lo pierda. Ojalá nunca maduráramos, es más, les deseo de todo corazón que sean bien infantiles y que dejen de ser tan triple adultos.

Ahhh y si todavía me quiere decir que soy un infantil, me daré la vuelta para decirle:

¿Infantil yo? Sí gracias a Dios. Más adulto será su madre.

Por: Johnatan Marín

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Comentarios

luifernd

luifernd

4 Febrero de 2013
3:39 am

Alguien decía que la verdadera patria es la niñez.Buna nota Johnatan.Felicidades!!!

Sandra Mercedes

Sandra Mercedes

3 Febrero de 2013
6:56 pm

Todos tenemos ese niño adentro de nuestros corazones. Hay que dejarlo salir siempre, a veces uno se transforma en un ser acartonado,una lástima. Qué vivan los niños niños y también los adultos niños.-

jogafi

jogafi

3 Febrero de 2013
5:27 pm

Johnatan, como co_compañero de portal: cordial bienvenida !
Soy infantil !! Gracias a Dios como lo concluyes, el problema de muchos es que maduran tanto que se "dañan".... Sin lugar a dudas la niñez nos enseña mucho, y no es lo contrario como se cree...
Buen tema, buena nota!
Saludo cordial.